viernes 20 de julio de 2007
PERDÓNAME LECTOR
Félix Arbolí
H AY veces, sin saber el porqué, le salen a uno las cosas mal una y otra vez. Es como si un maleficio o ese gafe que dicen que existe y se nos presenta sin ser llamado y deseado, nos estuviera rondando sin que por mucho que lo intentemos podamos superarlo. Me ha ocurrido con mi anterior artículo sobre el chiste. Lo he tenido que escribir íntegro cuatro veces. Pero lo peor del caso es que cuando lo tenía terminado y a punto de enviarlo, por no sé que extrañas causas de mi ordenador, en el que declaro que soy un “pardillo”, se me borraba todo el trabajo y por mucho que me empeñaba, escudriñando en las intrincadas ventanas y teclas, no podía abrir el texto en cuestión, que quedaba relegado a la primera letra tecleada. Incluso ya guardado en un disquete, cuando intentaba leerlo y comprobar que ésta vez había tenido suerte, me encontraba con idéntico y fatal resultado. Estuve a punto de tirar la toalla y dedicar mi artículo a otra cosa, por si acaso el mal se hallaba en el tema elegido, aunque he de aclarar que no soy nada supersticioso. Pero no me satisfacía la idea ya que ello suponía mi claudicación ante la máquina y erre que erre volvía a intentar la epopeya, porque de eso se trataba ya, para demostrar y asegurarme que el hombre es superior a este complicado artefacto que llena tantas horas de mis días. Era ya una cuestión de pundonor y cabezonería. Cuando escribo estas líneas, aún no se si mi cuarto intento ha tenido éxito y ha llegado a las firmas invitadas de esta semana. Sería la primera vez desde que llevo colaborando en estas páginas, que estuviera ausente de ellas. Pensaba escribir sobre diversos temas que rondan en mi mente, pero no sé cual de ellos desarrollar. De momento, debo empezar por pedir público perdón ante mi inadecuado proceder y el vocabulario inapropiado que utilicé en una de mis contestaciones en el foro de mi artículo “Busco un hombre como Diógenes”, en contestación a los comentarios de Eduardo y Miguel Ángel. No es que me arrepienta de expresar mis más sinceros sentimientos hacia esta España que me tiene obsesionado y enamorado y mis creencias, de los que no quiero se tenga la menor duda. Con ellos espero morir en la paz que pido al Señor. Pero si me pesa la forma poco correcta con la que trataba a los que no sintieran de idéntica forma. Me dejé llevar por el acaloramiento del momento y me olvidé de ese respeto que se debe al que no comulga con nuestras ideas, aunque en el fondo nos duelan sus ofensas y equivocadas maneras,- según nuestro punto de vista-, de hablar y sentir a España. A veces, pecamos de lo mismo que tan duramente censuramos. Trastadas que nos gasta el corazón y que a veces nos cogen desprevenidos. Espero pues, que sepáis olvidar esta “metedura de patas” y esta falta de tacto y tolerancia por mi parte. Si hay algo que no puedo soportar y amargarían mis noches insomnes donde suelo hacer balance de la jornada, es haberme creado una enemistad, haber inducido a una interpretación torcida y rencorosa o no haber sabido llevar el mensaje de solidaridad y tolerancia que quiero hacer lema de los años que aún me queden de vida. Porque por encima de mis ideales y teorías, que para mi son muy importantes, está el respeto y la compresión hacia el prójimo como norma fundamental y cristiana. “Ama al prójimo como a ti mismo”, mensaje que a pesar de mis dudas, negligencias y pecados quiero cumplir a rajatabla, aunque a veces cueste un gran esfuerzo. Esta es la causa de que me duela cuando alguno interpreta equivocadamente un comentario, pensamiento o teoría en mis artículos y me ataca justificadamente indignado. No me duele la crítica, que a ella nos exponemos los que nos enfrentamos al público y abrimos nuestro rincón de las intimidades, sino el hecho de que esa persona se haya sentido ofendida por mi falta de claridad y se pueda convertir en un enemigo, cuando yo solo pretendo aumentar el número de mis amigos para que me puedan recordar como una persona que pasó por la vida como una pluma que se mueve suavemente por el viento, llenando de poesía y dulzura el ambiente que la roza. Quisiera abrazar a los que me odian, para transformar su rencor en amor; fundirme con los que me aprecian para sentir su calor y yo brindarle el mío y ser capaz de poder desterrar del mundo las guerras, atentados, crímenes y amarguras de una Humanidad que va directa e irrevocablemente a su Holocausto final, cuando podríamos vivir tan felices y hermanados. . Como siempre, la lectura de la prensa es el vomitivo que me convulsiona cada día. Es el único momento que me devuelve a la triste realidad. Desde hace años cuando regresé de mi viaje a lo desconocido, he querido vivir como en una especie de burbuja y disfrutar cada instante como si fuera el último de mi vida. He aprendido a amar como jamás lo había hecho, a agradecer el más mínimo gesto o una dulce sonrisa y a humedecer mis ojos con una simple canción, unas frases cariñosas o una ilusión que ya creía perdida. No uso reloj, ni tengo calendario a la vista. El tiempo no tiene significado para mi, a excepción de cuando considero lo vivido y lo que por ley natural me debe quedar por estar entre vosotros. Por ello mi anhelo de saborear los muchos alicientes y momentos agradables que Dios me sigue dispensando, a pesar de mi poca generosidad para con El. Y me duele que los que están en edad de disfrutar plenamente de una vida tan maravillosa, se empeñen en buscar fricciones, rencores, revanchas y maldiciones, sin percatarse de la fuerza y el poder tan extraordinario que tiene al amor y la solidaridad universal. No me gusta nada la época que les ha tocado vivir a mis hijos y menos la que vivirán mis nietos. Algunos piensan que merece la pena desprenderse de lo noble y lo ético en aras de conseguir una libertad que nos hace esclavos de absurdas y bastardas teorías. No se quieren percatar que sin Dios, al que se empeñan en atacar, renegar y no respetar, no hay generosidad, belleza y bondad. Estamos acostumbrándonos con excesiva indulgencia y naturalidad a que se usen los símbolos más sagrados como objeto de mofa y escarnio. Y cuando alguna voz aislada pretende salir en defensa de esos ideales, se la tacha de energúmena, facha, retrógrada y pasada de rosca. Como si la fe en Dios y la asimilación de sus mensajes, sea sinónimo de meapilas, beatón y objeto de burla y menosprecio. Dice Jesús Higueras, articulista de El Mundo que “ La Pasión de Cristo se prolonga en la Historia, y esto no sucede solamente en aquellos que sufren enfermedad, abandono o pobreza, sino en el mismo Cristo, quien después de dos mil años, sigue siendo objeto de burlas y desprecios e injuriado por parte de los hombres …. Una sociedad que no sabe defender el principio más básico de la convivencia, que es el respeto entre las personas, es una sociedad que amenaza ruina”. Comentario que hago mío y suscribo palabra por palabra. Estamos en la época del positivismo. No existen valores fundamentales. Han matado a la fe y han adulterado la poesía. La que subsiste tiene poco lirismo. Ni reglas, ni rimas, ni medidas, ni fundamento, ni pretensiones. Hileras de frases inconexas que nos hablan de temas banales como si fueran trascendentales y de los importantes con la ligereza que contamos nuestros ligues juveniles. Y sin fe y sin poesía el hombre se diferencia poco de las bestias. Se ha perdido la salsa de la vida. Somos robots que ejercen sus funciones programadas sin emoción, ni interés, sin el menor atisbo de sensibilidad y pasión. Marionetas que mueven políticos sin escrúpulos y educadores que han olvidado la satisfactoria sensación de su misión. Y el pueblo aborregado, creyéndose liberado de “antiguas ataduras”, marcha dócilmente al redil sin darse cuenta que está siendo engañado y manipulado. Hoy se suceden los crímenes, accidentes y tragedias, como algo inevitable y natural. Es horrible estar comiendo tranquilamente y esperar las noticias para tener una idea aproximada de lo que ocurre en el mundo y en España, y recibir una larga retahíla de atentados sangrientos, hambrunas infantiles, fanfarronadas de políticos más atentos a sus intereses personales que a los de la comunidad que dicen representar y defender, los cada vez más frecuentes crímenes pasionales, esas pateras cargadas de muertos y miseria, y los estragos demoledores de la droga, como el que está asistiendo a una sesión de cine negro. Ya ni nos inmutamos, ni se nos quita el apetito. En lugar de sentimientos tenemos una coraza, más resistente que la de las tortugas, por donde suelen resbalar las malas noticias para no tener siquiera tiempo de llegar a alterar nuestra mente. Estamos insensibles ante el dolor y la tragedia del prójimo y hemos cerrado nuestro entorno solidario y sensible en un círculo muy limitado e imaginario, pero impenetrable, para que no nos afecten tantas y tremendas calamidades.
jueves, julio 19, 2007
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