miércoles, julio 18, 2007

Felix Arbolí, Mis personajes inolvidables

jueves 19 de julio de 2007
Mis personajes inolvidables
Félix Arbolí
E RA una cafetería tipo “pub, al que puse de nombre “Sicania” en homenaje a mi tierra, ya que según estudios realizados ese había sido uno de sus antiguos nombres. Se hallaba en la calle Luis de Góngora, esquina a Gravina, en pleno barrio de Chueca, antes de que esta zona se convirtiera en el buque insignia de los del “arco iris” y se abrieran tantos armarios de los que en lugar de polillas, por tanto tiempo cerrados, están saliendo personas de las más insospechadas profesiones. De hecho los que me lo compraron años más tarde lo convirtieron en un local gay porque ya el barrio iniciaba su nueva orientación. Hoy no se que rótulo ostentará ni a que tipo de actividad se dedicará aunque no es difícil imaginárselo. Conste que opino que cada cual es dueño de hacer con su vida y sentimientos lo que le venga en ganas, aunque confieso que padezco” claustrofobia”. No me agrada estar en sitios cerrados. Alfredo Marquerie, el prestigioso crítico teatral de “Informaciones”, “ABC” y “Pueblo”, antiguo profesor de la Escuela Oficial de Periodismo, además de autor de gran número de libros, poemas y obras teatrales, era un diario asistente a las tertulias de la tarde. Al finalizar su trabajo, acudía al local y mientras bebía su “cuba libre”, nos contaba las aventuras y anécdotas más curiosas de su dilatada vida profesional, con esa simpatía y naturalidad que le caracterizaba. Oírle era un auténtico deleite y nos hacía pasar momentos inolvidables. A veces, acudían también actores y actrices conocidos de él, entre los que recuerdo a la entonces joven viuda de Antonio Casal, los ojos más bonitos que he podido contemplar en una mujer, José María Escuer y su encantadora esposa, el popular José María Iñigo, en sus días de famosa actualidad y hasta el que fue una leyenda en el mundo taurino, el Pipo, representante y mentor de Manuel Benitez El Cordobés, del que ya estaba alejado. Tuvimos que prohibirle la entrada, a causa de sus bravuconadas y empeños en ir aumentando excesivamente una cuenta que nadie le había autorizado, ni él había solicitado previamente. Fue invitado de forma cortés a abandonar el local y no volver más. . Marquerie, mi antiguo profesor y posterior amigo y contertulio, tuvo la deferencia de dedicar un poema al local, en el que aparte de citarnos a mi mujer y a mi, así como a los empleados, hacía un cálido elogio resaltando sus peculiaridades, ambiente y hasta los distintos objetos decorativos que lucía. Es uno de los recuerdos más entrañables que conservo de este ser tan excepcional al que tuve el privilegio de conocer y tratar. Éste y un ejemplar de su libro “Memorias informales de Alfredo Marquerie”, donde me escribió una cariñosa dedicatoria en jocosos versos que jugaban con mi apellido y nuestros nombres. La víspera del trágico accidente de carretera que le causó la muerte junto a su mujer, estuvo con nosotros y al despedirse le noté un tanto contrariado y con inexplicable temor. Enormemente nervioso. Su abrazo fue cálido, entrañable, como si en él abriéramos nuestro corazón y dejáramos salir libremente nuestros sentimientos en “un hasta la vuelta”, que sonó como una despedida definitiva. -- Salimos mañana a primera hora, para no coger todo el bullicio de la carretera. Estoy bastante disgustado y no se me apetece nada ir en coche, pero mi mujer se ha empeñado y no hay forma de convencerla para que utilicemos el avión o el tren. A mi, sinceramente, me dan pánico las carreteras en estas fechas. Dios quiera que podamos llegar a nuestro destino sin ningún contratiempo. Me marcho con mucha inquietud.. Nada tranquilo…. Su muerte me causó un verdadero trauma, no ya sólo por ese ser tan fabuloso que desaparecía de mi vida y que tan buenos momentos me había proporcionado, sino por la sorprendente premonición que había tenido y confesado en los últimos instantes en que nos vimos. Me costó trabajo y hasta lágrimas leer tan triste noticia en la prensa al día siguiente. Al llegar al local, la noticia era unánimemente comentada y profundamente sentida, pues se trataba de un gran amigo de todos. Por lo visto era ella la que conducía y se estrelló al salir de un túnel (creo recordar), junto al puente de Contreras en dirección a Valencia. Era por estas fechas aproximadamente, a los sesenta y seis años de edad en plena vena creativa y recursos mentales. Todos perdimos un ser irrepetible, sencillo y extraordinariamente inteligente. A los 34 años del suceso me sigue impresionando su profético y trágico comentario. Otro cliente bastante especial de mi cafetería era Santiago. Un vivo retrato del rey Alfonso XIII, del que afirmaban sus amigos era hijo ilegítimo. Alto, señorón, serio, con un bigote idéntico a su supuesto progenitor, pulcro y educado en grado sumo y con una elegancia natural que no podía disimular, todo lo contrario reafirmar, su alto origen. Su vida era un tanto misteriosa, pues era poco amigo de confidencias y aventuras. Vivía, al parecer, de intervenir mediando en negocios importantes dadas sus buenas relaciones y caballerosidad. Nos contaba que iba a recibir una importante cantidad de dinero, aunque no revelaba su procedencia. A veces pasaba rachas un tanto estrechas que él solía disimular y sobrellevar con dignidad. Era extremadamente cuidadoso en no llamar la atención en ningún aspecto. Un hombre, en suma, muy especial. Murió en la solitaria habitación de un hospital, en compañía de Juan Antonio su único amigo, un buen cliente y excelente amigo nuestro también que le ayudaba en sus momentos difíciles y le trataba asiduamente. Cuando nos contó su final, tranquilo y sereno, como todo aquel que vive honestamente, sin causar daño, ni mostrar rencores, nos dejó un tanto sorprendidos al indicarnos la verdad sobre ese dinero que esperaba desde hacía tanto tiempo y que algunos le achacaban a un simple farol. ---Mira en el cajón de la mesilla … Juan Antonio abrió el citado cajón y quedó enormemente sorprendido con lo que se encontró en su interior.. --.- Efectivamente, allí estaba un cheque nominativo y conformado por el banco. Se trataba de un importe muy considerable. Su vida había sido una continua y dura espera a recibir ese dinero que le hubiese permitido vivir sin preocupaciones, pero le llegó tarde. Había sufrido estrecheces y cuando ya no necesitaba ayuda material, solo la de Dios, le llegó esa inmensa fortuna que no se pudo cobrar ya que su titular había dejado de firmar. Paty era sevillano y “cuchichí”, según se definía al ser mezcla de gitano y paya y ella, Petri, extremeña y gitana de pura cepa en cada poro de su morena, que no negra, anatomía. Vivían frente a la cafetería y formaban lo que hoy día se llama una pareja sentimental.. Ella trabajaba en una barra americana y él se dedicaba al trapicheo, los negocios, las juergas y saraos, como buen calé. Fiestas en los que siempre terminaba el señorito calavera y “tontorrón” dormido profundamente a causa de la borrachera y más pelado que un “marine”, abandonado por su cohorte de bufones que desaparecían como por encanto en cuanto olían que el grifo no daba más agua. . A Paty, era todo un espectáculo oírle cantar con esa voz bronca y profunda del gitano andaluz, en esas fiestas que organizábamos en horas nocturnas a puerta cerrada, libres del público. El local se hallaba insonorizado. Nadie cobraba por esas actuaciones. A veces, ni la caja las consumiciones servidas. Era el clásico sevillano gracioso y ocurrente, algo trapala, capaz de estar contando chistes horas enteras en las que no podíamos permanecer sin soltar continuas carcajadas más de dos minutos, que era el tiempo necesario para aclararse la garganta con un trago de whisky y pasar de un chascarrillo a otro. Los celos de ella eran memorables pues se trataba de un personaje más enamoradizo que su ficticio y literario paisano inmortalizado por Zorrilla. Al final se fueron a Sevilla donde tengo entendido que se casaron. Petri, su pareja, emocionaba con su cante, pues no sólo intervenía la garganta, también el corazón, las entrañas y hasta el sexo, diría yo, ya que en sus gestos y movimientos instintivos había arte y erotismo de puro sentimiento. No se la podía oír cantar y permanecer indiferente. Una especie de temblor recorría el cuerpo y a veces hasta atenazaba la garganta con sus letras de celos, tragedias y amores exaltados expuestas con el temperamento y la emoción que solo las de su raza son capaces de transmitir. Era tan fuerte el hechizo y la emoción que producía esta mujer que más de una vez, algún presente influido y dominado por esa costumbre gitana cuando llegan al paroxismo ante lo genuino y profundo, se rasgaban la camisa de un fuerte tirón, aunque se tratara de una marca cara y elitista de la calle Serrano. El citado Juan Antonio, presente en todos estos eventos lo hizo en varias ocasiones. Era verdaderamente electrizante e irrepetible la actuación de esta mujer cuando se hallaba en su ambiente, con su hombre, entre amigos. Fueron personajes habituales en una época diferente a todas, que a veces afluyen a mi memoria y me dan la impresión de haber protagonizado varias vidas en una serie de reencarnaciones en las que hay momentos que me sorprendo al rememorar seres tan extraños entre sí con los que vivido, unas veces como protagonista y otros como simple espectador.

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