jueves 19 de julio de 2007
Félix inventado
Blanca Sánchez de Haro
H ACE días, con su primera colaboración en O Desván, Félix me envió una preciosa carta que egoístamente, decidí no publicar. A pesar de la insistencia del director del periódico, que como es mi propio esposo, tuvo que asumir, que la carta había llegado a mi correo, que era mía, y que yo que hacía con ella lo que venía en gana. Es algo que guardo de forma personal y que no me apetece compartir. Ni siquiera le pedí permiso a Félix para hacerlo, sencillamente lo hice, por los mismos motivos que esgrimí con Nacho; llegó a mi correo y es mía y hago con ella lo que me viene en gana. Hoy quiero escribir algo a ese compañero que ahora cumple 75 años, un año más que mi padre. Quiero felicitarle en primer lugar por llegar a esa edad con la mente tan despierta y el corazón tan abierto, tan abierto que se ha instalado en el latido de las yemas de sus dedos para entrar a través de estos sistemas informáticos en las emociones de los demás. No se si yo llegaré a esa edad con lo que fumo y lo mal que me cuido. Así que es motivo de orgullo haberlo conseguido. De Félix quiero decir muchas cosas pero mi corazón no es tan sabio como el suyo. Aún me faltan años como para no sentir un poco de vergüenza por lo que pudiera entenderse como halago gratuito. He leído alguno de sus libros, voy haciéndolo a medida que tengo tiempo, igual que hago con las publicaciones de mis otros compañeros. No se nada él, nunca lo vi más que quieto en la foto que encabeza sus artículos. A veces lo imagino en movimiento, y gesticulando, y lo imagino como me apetece porque también es mi propia imaginación y la desarrollo a mi antojo. Mi antojo imagina movimientos pacíficos, gestos dulces, un poco dolidos, inquietud interior que apenas si se nota salvo cuando se sienta frente al teclado y pone en movimiento sus manos. Lo imagino pensando casi todo el día, con la cabeza en sus escritos, en el bullir de mil pensamientos al tiempo, redactando para sí mismo eso que va a escribir hoy o aquello que quisiera escribir mañana. Lo veo mirando por la ventana y no viendo nada salvo lo que hay por encima de las cosas visibles. Imagino a Maribel, recordándole que es la hora de comer o de cenar, besándole la frente apacible y resignada a que pierda horas de descanso por volcar en sus escritos todas las palabras que aún le quedan dentro. Imagino las visitas de su familia, las conversaciones de hombre cariñoso, sabio y humilde, cercano a todos. Contando y recordando a los más pequeños las cosas que el vivió, las escribió, las que conoció. No se si ese será el verdadero Félix Arbolí, tampoco me importa. Hace tiempo que asumí el hecho de que hacer amigos que nunca han tenido un status presencial, y hacerlos a través de lo que escribes o lees en un ordenador, es una forma tanto o mas válida que hacerlo mientras esperas el autobús o tomando una copa en cualquier pub. Pero siempre queda pendiente de esos amigos ínter nautas, aprenderse sus gestos, el tono de su voz, su forma de caminar, el olor personal que tienen y que los identifica. Yo soy una persona de sentidos, me gusta tocarlo todo, olerlo todo, escucharlo y degustarlo todo, incluso a las personas. Y cuando no puedo conocer de otro tantas cosas como los sentidos nos aportan, utilizo la imaginación. Imaginaba a Félix antes de conocerlo, como un personaje de ficción, como una figura lejana por su saber y por su posición, ¿quien me lo iba a decir a mí? Ahora lo imagino como un amigo; desayunando despacio, caminando por su casa o dando un paseo por la calle. Enfadándose con las cosas que le hacen enfadar y congratulándose con las que le gustan. Una persona de cerca. Un inquieto contador de historias, que se mueve despacio y piensa deprisa. Mi Félix imaginado se pasó vida y media pensando sobre lo divino para descubrir que sus pensamientos quieren volver a lo humano, que es al fin y al cabo de donde todos los pensamientos parten. Mi Félix imaginado me ha enseñado eso cuando y mientras lo leo. Imagino a Félix suspirar a veces de hastío, de indignación, de cansancio, de alegría, de ilusión, de felicidad. Suspiros que se unen como sucede siempre entre los amigos, al aliento de quien te entiende y de quien has aprendido a entender. Yo tengo un Félix que invento, porque tengo un Félix no inventado que me llama amiga, y mi deseo de aprenderme a ese amigo es también mío y con el hago cuanto se me antoja. Por eso me he aprendido un tono de voz, unos gestos, una forma de sonreír o fruncir el ceño para tenerlo aún más cerca. Así porque sí, porque es mi amigo y con mis amigos hago cuanto lo que me apetece. Y porque siempre he creído que el mejor regalo que alguien puede hacerte es aprender de ti aquellos que haces sin darte cuenta. Yo le regalo a Félix Arbolí Martínez, en el día de su cumpleaños el aprendizaje imaginario de sus manías gestuales, de su voz alegre, de su tono de disgusto, un caminar particular, una forma de saborear la comida o de sonarse la nariz, una costumbre de rascarse la barbilla mientras piensa, o de besar a sus hijos en la mejilla de determinada forma, una amplia sonrisa, unas manos de dedos huesudos y hábiles, algo torcidos, y hasta una costumbre de peinarse siempre de la misma manera y con el mismo peine…yo le regalo a Félix mi imaginación para aprenderlo. Feliz cumpleaños Maestro, Feliz, cumpleaños compañero, Feliz cumpleaños querido amigo.
miércoles, julio 18, 2007
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