lunes 23 de julio de 2007
EL FUNERAL DE MI SUEGRA
Félix Arbolí
A YER estuve en la iglesia de mi barrio, donde me casé hace cuarenta y siete años, y oí misa. Eran las ocho de la tarde y estaba el templo lleno. No sólo de personas mayores y las clásicas beatonas que están perennes en todos los eventos y actos que se celebran, sino de jóvenes y maduros aun sin marchitar. Hacía tiempo que no me hallaba tan arropado en la Casa de Dios. Mis visitas suelen ser a una capillita anexa, con Sagrario incluido, donde suelo sentarme a dialogar con Dios, como si fuera ese hermano o confidente al que contamos sin reservas todas nuestras inquietudes. Me gusta sentirlo cercano y amigable y establecer una comunicación informal con ese Ser omnipresente que soy consciente me está oyendo allá donde se encuentre, que es el corazón y la mente de todos los que le buscan. La misa fue con ocasión del funeral por mi suegra. Estuvimos la familia en pleno, hasta los que no creen con total convencimiento, aunque tengan ciertas inclinaciones hacia la imagen y naturaleza de ese Dios que en esos instantes nos había reunido y hermanados. El sacerdote, que era el párroco, de morado, ayudado por el coadjutor. Una “capillista” con bastantes arrugas, - de esas que te encuentras en la iglesia a cualquier hora que vayas y en todos los eventos que se celebren-, con esa voz característica de las beatonas estiradas que se creen privilegiadas y parte importante en el discurrir eclesiástico de cada día, leía las oraciones y entonaba unos cánticos que a mi, con todo respeto y sin ánimos de ofender, me parecen ridículos, un tanto afeminados y excesivamente infantiles en sus letras cursilonas. Y además lo hacía con una oreja en Gibraltar y la otra en las Malvinas, por citar dos iniquidades de la Rubia Albión. La misa en castellano, de cara al público y dándole la espalda al Sagrario donde se hallaba lo más importante de todo cuanto albergaba el sagrado recinto. Sigo siendo un ferviente partidario de la misa en latín, de espalda a los fieles y de cara al altar y con las evoluciones y rezos acostumbrados. Los tradicionales que sin saber la causa han sido modificados. En eso me siento Lefebvriano, aunque no en otros de sus postulados y sobre todo, en el cismático alejamiento del Papa. Menos mal y gracias a Dios que Benedicto XVI , en el que nadie creía y parece que incomodaba a muchos, ha implantado de nuevo el latín en alternancia con la lengua vernácula para decir las misas, intentado un acercamiento y unidad entre todos los católicos. Laus Deus. Lo que sí me agradó sobremanera es que el padrenuestro de la misa lo recitaran el sacerdote y los fieles según la primitiva versión. Esa que nos enseñaron de pequeños como algo inmutable y luego nos introdujeron unos cambios, que a lo mejor dicen lo mismo pero de otra manera que en mi opinión resulta un tanto más confusa. No lo se porque nunca he rezado la nueva versión y moriré aferrado a la primera. Me sorprendió el “Yo pecador” recitado al principio, con un texto distinto al que estaba acostumbrado y que es el que recé internamente sin hacer caso de esos retoques y nuevas expresiones cuya finalidad ignoro, ya que a mi corto entender la oración y la liturgia debieran ser inalterables y no modificarse con cambios nada aconsejables cuando se trata de ritos y oraciones que dan origen a divisiones y dolorosas separaciones nada difíciles de haber podido evitarse. . Me he sentido cómodo y transformado en esos instantes de mágica y sincera comunión con Dios y le he pedido con humildad, pero con confianza y terquedad incluso, que no me abandone, que me devuelva la integridad de la fe y que proteja a los míos y a los que me quieren y haga que desaparezca el rencor entre los que no me aceptan con amor. Tengo plena confianza de que mis ruegos han sido aceptados. He sentido una sensación especial e íntima de que mis palabras eran gratas a Dios y que El me aceptaba entre los suyos. No me he atrevido a comulgar, sin haber pasado por el confesionario y haber limpiado mi conciencia de errores y pecados en tan larga ausencia. Tampoco me gusta prometer falsamente no volver a hacer cosas y actos que hago a diario, ni tener esos pensamientos y deseos oscuros y nada buenos que nos atosigan cuando menos lo esperamos. La iglesia estaba llena, con predominio del elemento femenino. Como ha sido siempre y lo seguirá siendo. No sé por qué la fe y las cuestiones religiosas prenden con más fuerza entre las mujeres. En eso nos diferenciamos del musulmán que lleva su religiosidad con toda intensidad, sin prejuicios ni frialdades, demostrándola en todo momento y ante todo el mundo. Así como los “Testigos de Jehová” y los mormones, que recorren calles, plazas y casas explicando sus doctrinas y captando adeptos, sin que les importe realizar su misión en una sociedad descreída e indiferente. Muy distintos a los católicos que nos avergonzamos de que puedan vernos santiguar o inclinar respetuosamente la cabeza al pasar ante una iglesia o demostrar nuestras creencias públicamente. No me agrada tampoco que todo un Cardenal de nuestra iglesia luciendo sus mejores y más llamativas galas, incluidos su cruz pectoral y su descomunal y artístico anillo, se dedique a agasajar y hacer rendibú en el bautizo de una neófita por muy descendiente de Príncipe y periodista que sea, e incluso de sangre real (que es igual de roja que la del obrero de la construcción), como si en la Casa de Dios sus ministros y hasta un Príncipe de la Iglesia, tuvieran que inclinarse y rendir pleitesía ante alguien que no sea el mismo Santísimo. Cuando observo estos actos me acuerdo de un párroco de la iglesia de San Fernando, en mis años de infancia y clericalismo, que nada más terminar la misa dominical se desvestía rápido en la sacristía metiendo prisa al sacristán o monaguillo para que le ayudaran, y salía corriendo por el lateral, como alma que lleva el viento, para despedir en la puerta y dar las gracias por su presencia al Almirante y Capitán General del entonces Departamento Marítimo de Cádiz, (la máxima autoridad de toda la zona en aquellos años), como si ese señor fuera más grato e importante a los ojos de Dios que el sencillo trabajador que había asistido al Santo Sacrificio sintiendo su fe y devoción, posiblemente, con mayor intensidad que el portador de tan artísticos entorchados en su bocamanga y de esas condecoraciones que cubrían la delantera de su azulado uniforme. Esa actitud, recuerdo, era enormemente criticada por el pueblo y muchos de los asiduos fieles. Seguro estoy que al propio Almirante le debería resultar enojoso tanto servilismo cuando había acudido al templo sin otra pretensión que cumplir con sus obligaciones de cristiano. De todas formas reitero que me agradó y alegró este encuentro con la misa y la liturgia con los que no me hallaba, esta es la verdad, muy acostumbrado últimamente. No quiere decir que ha sido un golpe de fe como la sufrida por Paulo de Tarso, ¡ojalá!, pero me ha llenado de serenidad y de sentirme más cercano a ese Dios en el que quiero creer firmemente, sin fisuras ni dudas, pero del que aún me encuentro algo rezagado.
domingo, julio 22, 2007
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