domingo, enero 21, 2007

Manuel de Prada, Algo mas qeu Cine de barrio

lunes 22 de enero de 2007
Algo más que Cine de barrio

Siempre me ha perturbado mucho la ocultación concienzuda, a menudo aderezada con sus ribetes de escarnio caricaturesco y tergiversador, que se hace del cine español de la época franquista. Las generaciones más jóvenes poseen una idea estrafalaria y absolutamente desnortada sobre el cine de aquellos años; una idea que chapotea en los tópicos más camastrones, azuzados por cierta complacencia ambiental que quiere convertir el franquismo en un vasto (y basto) ‘páramo cultural’. Salvo esporádicos islotes redimidos de la general incuria (pensemos en Berlanga o Bardem), el joven cinéfilo piensa que todas las películas que se hicieron bajo la dictadura de aquel señor triponcito y con bigote son ‘españoladas’ casposas, comedietas de poco fuste en las que triunfa un humor costumbrista y mojigato, cuando no directamente pestífero, con el añadido de algún melodrama tremebundo y ridículo, alguna evocación histórica de cartón piedra y alguna ruborizante incursión en el subgénero patriotero o de exaltación nacional. Naturalmente, en la configuración de un cliché tan burdo y simplificador subyacen razones ideológicas. Resulta sumamente aleccionador descubrir que, en una época en que el DVD ha facilitado hasta extremos inimaginables el acceso al cine clásico, el aficionado apenas puede encontrar películas de aquellos años que se escapen a los estereotipos mencionados, muy habilidosamente inoculados en el subconsciente colectivo a través de programas como Cine de barrio. Pero en aquellos años desempeñaron su labor los más geniales artistas y artesanos del cine español. Algunos, como Ladislao Vajda o Edgar Neville, han sido tibiamente rehabilitados; pero aún resulta muy difícil encontrar sus películas. De Neville, por ejemplo, sólo ha sido editado en DVD El último caballo y se anuncia El baile; en cambio, no existe posibilidad (salvo que uno sea rata de filmoteca) de ver obras maestras incuestionables como La torre de los siete jorobados o La vida en un hilo, quizá la más portentosa comedia española, a la altura de Preston Sturges o Ernst Lubitsch. De Vajda el cinéfilo inquieto puede disfrutar de Marcelino Pan y Vino, Mi tío Jacinto y la excelsa El cebo, pero una parte nada exigua de su filmografía aún se nos escamotea. Pero bastan los títulos mencionados para que cualquier persona no demasiado obturada por los prejuicios ideológicos y no exenta de sensibilidad reconozca que en aquella época se completaron obras que desmienten esa imagen cutre, desoladora y pachanguera que se pretende proyectar. Una época que fue la verdadera edad de oro del cine español. Otros magníficos cineastas de entonces han corrido aún peor suerte que Vajda o Neville. Quizá el caso más hiriente sea el de Rafael Gil, a quien se soslaya como si se tratara de una estantigua, un prolífico charcutero del cine más apolillado y cavernario. Y, si bien es cierto que en su muy copiosa filmografía figuran algunos bodrietes de ocasión (sobre todo en las postrimerías de su carrera), mucho más lo es que Rafael Gil dirigió entre las décadas de los cuarenta y los cincuenta un puñado de películas prodigiosas que abarcan casi todos los géneros, desde la comedia más desquiciada y screwball al drama religioso de connotaciones sociales: causa bochorno que títulos como El clavo, El hombre que se quiso matar, Viaje sin destino, Huella de luz, Eloísa está debajo de un almendro, Una mujer cualquiera o La guerra de Dios permanezcan arrumbados en los almacenes de la incuria. Pero quizá sea un designio así planeado por los arquitectos del maniqueísmo y la desmemoria histórica, a quienes no conviene que los topicazos sobre los que se asienta una visión reduccionista y estereotipada de aquellos años sean puestos en entredicho. Muchos son los nombres que a las nuevas generaciones de cinéfilos les son escamoteados (o sólo revelados parcialmente, siempre en la parte que les perjudica): José Antonio Nieves Conde, Juan de Orduña, Antonio Román, Carlos Arévalo y tantos y tantos otros. Cineastas que, con sus desfallecimientos y concesiones al clima de la época, también incorporan a su filmografía películas que no merecen la recompensa del silencio. Pero sólo mientras se mantenga el silencio podrá sostenerse el chollete ideológico del ‘páramo cultural’.

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