Las consecuencias de un error
Arturo Vinuesa (*)
9 de enero de 2007. La muerte por ahorcamiento, con la posterior e indignante difusión de sus imágenes y sonido del ex dictador iraquí, Sadam Husein, consecuencia de un juicio más que discutible por su legalidad, ha supuesto un nuevo error en la política seguida por los actuales ¿mandatarios? del que muchos opinan que es un gobierno títere establecido en Bagdad, tras la guerra. La actuación del tribunal, de cuya imparcialidad se duda -pese a los lógicos desmentidos del gobierno de Estados Unidos-, acusándole de una indirecta manipulación por parte de éste, ha sido puesta en solfa durante el transcurso del juicio por muchos dirigentes y analistas políticos, lo que ha llevado a destacados juristas internacionales a presentar públicas protestas por diferentes motivos de carácter formal y legal. Ha constituido un grave error, en primer lugar porque desde el preciso momento de la ejecución de la sentencia el gobierno ha hecho del antiguo tirano, para sus mayoritarios seguidores entre los sunnitas, un mártir para la causa de la insurgencia iraquí, y no debe olvidarse que la población sunnita es abrumadoramente mayoritaria en diversas regiones de Irak. Lo que aumenta el riesgo –ya existente- de un posible intento de secesión de la nación iraquí que habría de ser sometido posiblemente por los mismos medios que, en su día, utilizó Sadam Husein contra los insurgentes chiítas y los independentistas kurdos. En segundo término porque una buena parte de los observadores políticos del mundo árabe creen ver en dicha acción una especie de venganza del gobierno republicano de la Casa Blanca contra los dirigentes de la insurgencia. El fracaso al que dicha insurgencia ha llevado, tanto a los que ordenaron la política a seguir con Irak, de cambiante orientación según los intereses económicos y los objetivos estratégicos de Washington, como a los que diseñaron la estrategia para alcanzarlos, ha sido manifiesto. Como consecuencia, las fuerzas armadas estadounidenses, meros ejecutores de las órdenes recibidas, pero cuyos excesos con prisioneros y población civil ha supuesto la repulsa pública internacional, han alcanzado cotas tan bajas de popularidad como las de los peores tiempos de Vietnam y más de uno sospecha que la decisión judicial se ha llevado a cabo con la oculta intención de mejorar la delicada situación del gobierno republicano tras la pérdida de la mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado. En último lugar, pero no el menos importante, porque la ejecución de la sentencia y la forma de llevarla a cabo no han hecho más que complicar la ya de por sí peligrosa situación de toda la región del Medio Oriente, donde el radicalismo islámico parece ganar terreno ante los políticos más moderados, tan necesarios para tratar de llevar a buen puerto la nave de la esperanza de paz en toda la zona. Hoy día no presenta un aspecto mejor el futuro de un Irak, actualmente mucho más dividido por motivos étnicos y religiosos, que en la era del dictador Husein. La infraestructura de todo tipo ha sido prácticamente destruida por una guerra sin justificación legal, que priva de la necesaria paz al pueblo y de la estabilidad política precisa para su reconstrucción. La libertad en un sistema de control militar impuesto por un ejército extranjero no es libertad y la falta de los medios esenciales de vida –de los que en otro tiempo dispusieron- no puede hacer a los ciudadanos de un país más felices. La continuación de la ocupación por quienes destruyeron el país y no han sabido ofrecer una solución al problema creado, ni dar fundadas esperanzas a un pueblo dominado por una insurgencia feroz y un terrorismo permanente, no son otra cosa que un magnífico caldo de cultivo para las organizaciones terroristas y un excelente campo de maniobras para las mafias internacionales del crimen. La situación actual en este país, en el que Estados Unidos se encuentra políticamente atrapado, es tan caótica que se vislumbra la posibilidad de una división territorial entre sunnitas, chiítas y kurdos. A más abundamiento, si en la mayor parte de Oriente Medio y de los países islámicos, según los analistas políticos, parecía haber crecido de forma apreciable el apoyo de las masas a los partidos más radicales, en Palestina ya no cabe la menor duda de ello. Las elecciones generales celebradas el 25 de enero de 2006 confirmaron estos supuestos. El partido de Yasser Arafat, Al Fatah, en el gobierno, obtuvo un amplio rechazo viéndose obligado a entregar el poder a los radicales de Hamas. En estos momentos, los enfrentamientos entre dichas formaciones, alimentados de forma solapada por el gobierno israelí, a quien le interesa esa división interna entre los palestinos, son de forma abierta y brutal. Tal situación está poniendo en ascuas a todos los grupos extremistas y terroristas en Afganistán, Irán, Siria y Líbano, acuciados por su ansia de expandir la revolución islámica, pero esgrimiendo la supuesta necesidad de resolver tanto el viejo problema de Palestina como el creado tras la invasión norteamericana de Irak. (*) Último Agregado de Defensa de España en Irak.
lunes, enero 08, 2007
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