jueves 19 de julio de 2007
El olor de Dios
Como Borges, yo también me figuro el Paraíso bajo la especie de una biblioteca. Una biblioteca populosa que incluya los pocos libros que mi ávida memoria reconoce, los muchos libros que mi ferviente entusiasmo espera leer antes de que la muerte me visite y también los incontables libros que nunca podré leer, no al menos mientras dure mi travesía mortal. En mis visiones de ultratumba, siempre me imagino espigando libros escritos en lenguas que ahora no entiendo, pero que allá en ese estado de beatitud perpetua me serán reveladas por ciencia infusa, como nos serán revelados todos los misterios que ahora sólo acertamos a atisbar confusamente. Me imagino escoltado de libros, alumbrado de libros que refulgen en la noche como luciérnagas, arrullado por su enjambre de palabras que vienen a posarse sobre mí, como pájaros que buscan su nido. Me imagino, eternamente joven y eternamente insomne, paseando entre anaqueles que se comban bajo el peso de cientos, miles, millones de volúmenes, aspirando ese aroma cándido y eucarístico que tiene el papel recién salido de la imprenta, aspirando ese aroma incorrupto y balsámico que tienen los códices en los que se atesoran saberes antiquísimos. Me imagino sacudido cada día por una metáfora inédita, por una delicadeza del pensamiento que ensancha mi espíritu, por una fulguración de belleza que exorciza las tinieblas. Y así día tras día, por toda la eternidad. Hace unas semanas, Benedicto XVI revelaba que en cierta ocasión solicitó a su antecesor en la sede de San Pedro que le permitiera retirarse a la Biblioteca Vaticana, para consagrarse al estudio de los libros que allí se custodian. Su solicitud no fue atendida; otra misión más ardua le había sido reservada para los años postreros de su andadura terrenal. Sospecho que también el Papa Ratzinger se figura el Paraíso bajo la especie de una biblioteca, una biblioteca amena como un prado en primavera, en la que podrá retozar alborozado como un niño, en coloquio eterno con los maestros que guiaron su andadura intelectual. Benedicto XVI hacía esta confidencia en el transcurso de una visita a la Biblioteca Vaticana, que permanecerá cerrada durante los tres próximos años, mientras duran las obras de apuntalamiento de sus cimientos. La Biblioteca Vaticana, que custodia más de millón y medio de volúmenes, ha comenzado a agrietarse, abrumada por el ingente peso de su tesoro. Creada en el siglo IV, la Biblioteca Vaticana alberga decenas de miles de códices en los que se compendia la memoria del hombre: dos mil años de sabiduría acumulada que constituyen el auténtico genoma de la Humanidad. Porque, por mucho que algunos se empeñen, somos mucho más que meras agregaciones de ADN; somos, sobre todo, un afán nunca saciado de sabiduría, codicioso de misterio, sediento de belleza. Somos criaturas en busca de su Creador que dejan en su peregrinaje testimonios incesantes de su pesquisa. Hace un par de años visité los depósitos de la Biblioteca Vaticana, por empeño José Martínez Gil, de un fraile hospitalario bullicioso y cordial. Nos acompañaba en la visita monseñor Raffaele Farina, prefecto de la Biblioteca, un salesiano enjuto, de mirada monástica, como lavada por millonarias sabidurías. Mientras recorríamos las galerías atestadas de volúmenes, embalsamadas por ese silencio rumoroso que desprenden los libros, ese silencio elocuente de los templos que no han sido nunca profanados, tuve la sensación de estar caminando por el Paraíso; fue apenas un segundo lo que duró la ilusión, pero en esa fracción minutísima de tiempo se contenía una felicidad del tamaño del universo, una felicidad apretada como un diamante, intrépida como el mismo sol. Enaltecido por esa felicidad que nunca había experimentado hasta entonces, le pedí a monseñor Farina que me dejase tomar entre las manos uno de aquellos volúmenes encuadernados en pergamino que se alineaban en los anaqueles. Monseñor Farina sonrió aquiescente; en su mirada monástica se copiaba mi felicidad. Extraje con reverencia y temblor uno de aquellos volúmenes, crujiente de humedad y de siglos, y lo abrí al azar; deslicé la mirada sobre las columnas manuscritas, de una caligrafía que parecía labrada por un orfebre, y aspiré su olor, que era a la vez viejísimo y recién estrenado, un olor de pan candeal y también de reliquia, nutritivo y reparador, un olor que todavía recupero cuando cierro los ojos y pienso en mi vida futura. Tal vez sea el olor de Dios.
jueves, julio 19, 2007
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