lunes, febrero 05, 2007

Velentin Puig, La ley seca del zapaterismo

martes 6 de febrero de 2007
La ley seca del zapaterismo

VALENTÍ PUIG
EN el mejor momento vitivinícola de nuestra historia, al Gobierno se le ocurre una ofensiva formal contra el vino. Es como la LOGSE: en el punto más intenso en la necesidad de mayores conocimientos, la ley decidió propagar la ignorancia pupitre a pupitre, aula por aula. Habrá causado alarma en La Moncloa que los vinos españoles cada vez tengan más prestigio y compitan mejor. Vamos de tan buena embocadura que ha llegado la hora de aplicar una ley seca por fases. Al republicanismo cívico, tan austero como la entelequia krausista, los «sommeliers» se le antojan el abogado del diablo. Acabemos con el pecado antes de que incluso los vinos blancos españoles alcancen el don de la perfección. Multemos la pasión por el vino en el momento en que los nuestros son de cada vez mejores.
Con el Gobierno de Rodríguez Zapatero hemos llegado a un extremo anunciado por Jardiel Poncela: para hacer una vida higiénica que beneficie a la salud hay que tener una salud a prueba de bomba. Demonizaron el aceite de oliva y ahora todo vale con la dieta mediterránea. Cuando nos dimos cuenta de lo sano que era el aceite de oliva, ya lo estaban embotellando los italianos. A este paso, después de alertarnos de todos los males que conlleva el consumo de whisky, acabaremos finalmente por tener que comprar el «scotch» como medicina, en las farmacias, entre estantes con jarabes de gárgaras, desodorantes y preservativos. Lo mismo va a ocurrir con el vino. Felipe II se recuperó de algunos achaques precisamente gracias al vino.
En una peculiar encrucijada, la sanidad pública opta por priorizar el combate contra los males del vino y dejar para otro día los horrores de la heroína, el hachís o la cocaína. A modo de primera respuesta, las organizaciones agrarias piden al Gobierno que se mantenga la consideración del vino como producto alimentario y no como bebida alcohólica. El sentimentalismo puritanista programa gran parte de nuestras vidas: nos obliga a fumar en la calle como animales rabiosos, critica las mega-hamburguesas, amaga con prohibir los toros. La «Ley de medidas sanitarias para la protección de la salud y la prevención del consumo de bebidas alcohólicas por menores» tiene la autoría de la generación que del «prohibido prohibir» ha pasado a tutelar los pasos ajenos con un paternalismo demagógico. Son la «nueva clase», la que programa museos con pintura que prácticamente no gusta a nadie y contrata montajes de ópera en los que donde originalmente había un trono hoy se sitúa una letrina.
Tampoco tomarse unas cañas es lo más saludable. Quizá porque el introductor de la cerveza en España no fue un intelectual republicano del Quebec, sino Carlos V. De vez en cuando, la consumía por litros. Según los historiadores, al retirarse a Yuste incluso se hizo acompañar por su cervecero flamenco. Amadeo I de Saboya se bebía unas jarras cuando iba por las tertulias del café Fornos. Siglos de historia van a evaporarse por ley. Protección al menor, desde luego, pero que no coarten la dulce libertad de los adultos. Tanto proteccionismo sanitario comienza a dañar trazos de una cultura que concentraba en torno a la caña de cerveza las maneras sociales de una convivencia encomiable. Esas leyes secas cierran unas puertas, pero no abren otras.
¿Hacen falta leyes que cambien las costumbres o leyes que se adapten a la costumbre? En el venerable silencio de las bodegas, miles de barricas resguardan el aroma de esos vinos españoles que van entrando en los mercados mundiales. Es un silencio que pronto cesará al aparecer el «panzer» legislativo de la ministra Salgado. Uvas sutiles, esquejes refinados, potencias aromáticas, sabores delicados: cuántos siglos de gloria y paciencia para llegar a esos caldos benéficos que son los vinos españoles de hoy. Después de ejecutar al zar Nicolás II y los suyos, el pelotón bolchevique descubrió una bodega con miles de botellas de jerez español. De haberlo encontrado antes del magnicidio, seguramente la revolución soviética no hubiese ido adelante. Ese precedente explica que el zapaterismo vaya casi directamente a por las bodegas, las cepas y los secretos de la enología. Nada importa dar esa ventaja a los vinos franceses, californianos, neozelandeses o surafricanos.
vpuig@abc.es

1 comentario:

Enrique Gallud Jardiel dijo...

Gracias por la referencia a mi abuelo en su escrito. Un saludo.