miércoles, febrero 28, 2007

Serrano Oceja, El abismo educativo

jueves 1 de marzo de 2007
EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA Y MORAL DE ESTADO
El abismo educativo
Por José Francisco Serrano Oceja
La propuesta educativa del PSOE coloca al ciudadano español ante el abismo en lo concerniente a la educación y a la cultura. Con la excusa de la renovación pedagógica, de la necesaria integración de la diversidad y de la pluralidad de valores, la nueva ley educativa, y su síntesis en la asignatura de Educación para la ciudadanía, supone la ruptura del consenso constitucional en esta materia, amén de la deslegitimación, por la vía de los hechos, de la más pura e integradora laicidad.
Es un capítulo más de la sistemática problematización de lo humano. Un proceso que tiene una estación final del trayecto ilustrada con grandes letreros: manipulación. Educar a la ciudadanía para la ciudadanía es, probablemente, una buena idea que se ha convertido en una coartada para manipular la realidad. Una vez más, la ideología supera la ficción. La decisiva batalla social no está en la política de los territorios, de las autonomías, en la economía del bienestar. La principal pugna está en la educación. Lo que España sea dentro de unos años, quizá no muchos, lo empezamos a saber ahora con la legislación que moldeará a las futuras generaciones. De sus supuestos dependerá la calidad democrática, las formas de convivencia, la capacidad de resolver los problemas, de afrontar los retos y de confrontar las expectativas.
Las debilidades del pasado se han tornado en imposibilidades en el presente. El principio de la voluntad, individual o colectiva, aupó a las diversas formas de Estado al protagonismo social en aras de lo común. ¿Qué significa educar a los ciudadanos en los principios comunes de la convivencia? ¿Cuáles son esos principios?
Hemos entendido que lo común, aquello que nos une, que permite nuestra convivencia, era lo estatal, es decir, lo que compete al Estado, lo que propone el Estado, lo que nos permitía e incluso favorece el Estado. No, lo común es lo que nace de la autonomía y de la iniciativa social. La primera geografía de lo común era, y es, la educación y los fundamentos de la educación. Pero aquí se sigue equivocando el Gobierno, amén de equivocar a la sociedad. El concepto de educación como servicio público no es más que el empeño por continuar instalados en un tiempo anterior que tiene el riesgo de arrastrar las lecciones más oscuras de la historia. La educación no es una geografía, un espacio, un tiempo del Estado para la persona; es un derecho de la persona para sí misma y para la sociedad.
El diputado del PP, Eugenio Nasarre, lo explicó en el IX Fórum europeo para la enseñanza de la Religión: "Lo que resulta esencial en las modernas democracias es la existencia de un espacio público que no puede decirse que forme parte del Estado, sino que vertebra una fuerte sociedad civil. El espacio público es el lugar al que concurren los diferentes grupos significativos que componen la sociedad pluralista. Es el ágora de las modernas democracias."
Con insistencia se acusa de fundamentalistas a quienes se preguntan por las fuentes que inspiran la nueva asignatura de moral ciudadana, en la medida en que indagan en el fundamento; o se les tacha de arcaicos, crédulos de unas religiones que se constituían en fuente de moral única en la sociedad y en el Estado. Hoy, paradójicamente, podemos dar la vuelta al argumento y considerar que lo que la citada asignatura esconde es una moral del Estado, que no hay que confundir con los principios éticos comunes a todas las formas de vida que inspiran la acción humana, basada en una concepción del hombre que se sustenta sobre una concepción del poder del hombre sin límites, capaz de alterar la definición sobre su naturaleza.
La Iglesia en España se enfrenta ahora a una nueva cuestión histórica que la pone en cuestión: la educación. Es consciente que sus fuerzas están mermadas; que existe cierta hipoteca histórica en quienes han sido los principales titulares de la creatividad educativa de lo cristiano. Pero, sobre todo, la Iglesia conoce a su natural aliado: el sentido de los padres respecto al valor de la educación para sus hijos. No es la primera vez que los experimentos de la política denominada de progreso se ceban en la educación. Y tampoco será la primera, ni la última con toda probabilidad, en la que la Iglesia alce su voz para defender el primer patrimonio del hombre, su primera inversión: la inteligencia y la razón en diálogo con la verdad.

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