miércoles, febrero 07, 2007

Valentin Puig, El intelectual masoca y los impuestos

jueves 8 de febrero de 2007
El intelectual masoca y los impuestos

VALENTÍ PUIG -Si hace treinta años me dicen a mí que hoy íbamos a estar pidiendo lo mismo, no me hubiesen decepcionado nuestros políticos con tanto retraso.
LA sospecha de que los intelectuales son la vanguardia del declive europeo no llevaba hasta suponer que estén por pagar más impuestos. Pero todo es posible, como podemos constatar en las elecciones presidenciales francesas. En un gesto de fraternidad ilimitada que seguramente tendrá eco en España, en Francia algunos intelectuales, todavía más seguidores de Sartre que de Aron, firman un manifiesto nada menos que en defensa de los impuestos. Es decir: votan a favor de que el ciudadano prescinda aún más de los ingresos por su trabajo para cedérselo a un Estado que luego lo despilfarra. Votan por restar a la iniciativa privada lo que ha demostrado hacer mejor que el Estado. El instinto igualitario le puede a la pasión de la libertad y, sobre todo, a la experiencia política de las últimas décadas, desde que con Reagan y Margaret Thatcher el mundo comprendió que privatizar lo nacionalizado y reducir impuestos generaba riqueza y daba libertad de elección a los ciudadanos. Luego cayó el comunismo.
En una monografía del «Círculo de empresarios» de hace unos años se estudiaba el contenido de los libros de texto para llegar a la conclusión de que se desentendían de la lógica evolutiva del capitalismo y en general impartían un odio manifiesto a la economía de mercado. Todo el sistema educativo español, con escasas excepciones, imparte una noción de la economía a contrapelo de la realidad histórica y empírica, desde el jardín de la infancia a las aulas universitarias. La hostilidad al mundo empresarial, como ahora a las características de la globalización, es la huella que el «establishment» universitario e intelectual impone en la sociedad española, donde si hay alguien que crea riqueza y libertad son los empresarios.
Ya podemos dar por seguro que en nuestras próximas elecciones generales, el manifiesto francés pro-impuestos tendrá un efecto mimético y muy probablemente magnificado. Desde luego, en Francia no todo el pensamiento es igualitario e intervencionista. Raymond Boudon, por ejemplo, tiene un libro muy estimulante, «Por qué los intelectuales no aman el liberalismo». Entre otras cosas, el dogma marxista daba muchas facilidades para explicarlo todo y llegar con el alma pura al paraíso del proletariado. Claro: es más fácil de comprender -como decía Hayek- un orden «construido» que un orden «espontáneo». El esquematismo cunde con más facilidad que practicar el cotejo de las teorías con la complejidad de las cosas. Nótese que esa distinción puede ser de matiz o llegar a convertirse en fuente de intolerancia.
De todos modos, la izquierda ha logrado con soltura que lo que se critique popularmente del capitalismo sean sus caricaturas y no su complejidad natural. De ahí que periódicamente aparezca una nueva denominación para lo que viene siendo lo mismo: neocapitalismo, liberalismo salvaje, ultraliberalismo y así, como si Adam Smith no hubiese dejado dicho que no hay libre mercado sin valores morales y marco legal. En realidad, el liberalismo está siendo víctima de sus propios éxitos. Casi podría decirse que son éxitos inversamente proporcionales a la dimensión negativa que todavía le dan la mayoría de intelectuales europeos, el mundo universitario y su subcultura mediática.
Existe de otra parte la versión picaresca del manifiesto pro-impuestos. Corresponde al provecho que extrae de los presupuestos generales todo un colectivo de intelectuales y artistas cuyo horizonte es la subvención y no la competitividad. Quizá crean que sus ideas, en virtud de un pluralismo «sui generis», son más dignas de recabar dinero público procedente del bolsillo de los ciudadanos o tal vez no sean más que buscadores de renta -«rent seekers»- que de su dedicación al taller literario, el teatro sin espectadores, la agitación cultural, los museos sin obras, la música sin sentido, la pantomima o el arte transgresor extraen el beneficio de una subvención a fondo perdido que les permite ir tirando. Para ellos el esfuerzo y la autodisciplina no pueden ser origen del arte o del conocimiento. Estos también estarán entre los firmantes del manifiesto pro-impuestos. Tanta perversión de la fiscalidad logra ahí un «mix» inaudito de placer hedonista y masoquismo intelectual. En realidad, esos agentes del igualitarismo laboran todos los días para que la cultura del monopolio no se convierta en cultura de la competencia. Más que izquierda caviar es la izquierda robavacas.
vpuig@abc.es

No hay comentarios: