martes 6 de febrero de 2007
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
La CIG no sale en la foto
Poco a poco, la Confederación de Empresarios, UGT y Comisións Obreiras se han ido acomodando a la nueva situación creada con el advenimiento del bipartito. Quienes esperaban de Antonio Fontenla una hostilidad cerril contra la izquierda gobernante se equivocaron, tanto como los que creían que el sindicalismo se convertiría en la clac de las políticas de Touriño. Ni el empresariado es un apéndice de la derecha, ni las centrales una sucursal de la izquierda.
Todo eso era previsible. Había sin embargo una incógnita referida al sindicato nacionalista. A diferencia del BNG, la CIG no tuvo un Beiras, ni un Quintana, es decir, un líder con peso en la organización que la ayudara a pasar el Rubicón. La complejidad del sindicato hace que subsistan núcleos importantes que acarician la revolución pendiente y ven en la Central Intersindical Galega algo más que un mero sindicato.
Curiosamente, la relación entre partido y central sindical en el nacionalismo gallego es diferente a la que suele darse en otros movimientos de la izquierda europea, donde el sindicalismo aporta pragmatismo y dosis de sentido común. Sobran ejemplos: en España, Comisiones Obreras y UGT son decisivos en la maduración del PCE y el PSOE, y en Alemania las organizaciones obreras de la socialdemocracia inspiran el histórico giro de Willy Brandt que da esquinazo al marxismo. En el nacionalismo es al contrario. Aquí, la principal resistencia a los cambios se encuentra siempre en la CIG.
Su ausencia en el Acordo polo Emprego ratifica la postura de enfant terrible. Podría pensarse que es un desmarque circunstancial, o que sólo se debe a que el patrocinador es un conselleiro socialista, y que por lo tanto el plantón es una escaramuza más de las que tienen todos los días los socios de Gobierno. Pero no es así.
El padrino de la privatización de Navantia-Fene es tan nacionalista como la CIG, y a pesar de todo la dirección comarcal del sindicato critica con vehemencia la apuesta de Barreras y las Cajas. En un capítulo más anec- dótico, en la tele se sulfura con el retorno de Superpiñeiro, entendido como especie de claudicación ante la cultura pailana del fraguismo. Hay más casos, pero estos sobran para no darle a la ausencia de la CIG en la ceremonia de ayer un carácter casual. ¿Tiene entonces carácter sindical?
No lo parece. El Acordo es sólo un principio a desarrollar que, sin embargo, incluye el germen de ese marco gallego de relaciones laborales cuyo defensor tradicional ha sido la CIG. Es decir, que haber estampado la firma y aparecido en la foto no hipotecaba a la central nacionalista, incluso podía haber reclamado la paternidad de la criatura.
Es como si el sector dominante en la central quisiera reservarse el papel de única oposición de izquierda al bipartito. En el nuevo escenario, la CIG sería una organización que, además de desempeñar las mismas tareas sindicales que UGT o Comisións, tendría la misión de mantener vivo el espíritu de lucha. Funcionaría también como una especie de refugio para grupos divorciados del BNG o de su núcleo dirigente, una casa común de todo el nacionalismo.
Si eso fuera así, el choque con el nacionalismo político sería cuestión de tiempo. Se repetiría en versión galaica la estruendosa ruptura entre Felipe González y Nicolás Redondo. Por el momento, el nacionalismo sindical prefiere no salir en la foto que da fe de un éxito indudable de la Xunta de Touriño. No tiene reforma estatutaria, y a cambio ofrece una laboral. Antes el malo fue el PP, ahora lo es la CIG.
lunes, febrero 05, 2007
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