jueves 5 de abril de 2007
Operación «salvar la cara»
Por Valentí Puig
LAS arenas movedizas engañan por su apariencia de solidez hasta que, alteradas por alguna tensión especial, revelan su inestabilidad. Sirven como símil para la actual situación de Zapatero: políticamente, creyó andar sobre las aguas, pero en realidad estaba pisando un arenal movedizo. Esas arenas son -dice la publicación «Scientific American»- de una estructura comparable a un castillo de naipes en el que los huecos son mucho mayores que el espacio que ocupan las cartas. El fenómeno tiene sus equivalencias en dos grandes asuntos -de naturaleza muy distinta- que acaban de poner al gobierno del PSOE en posición apurada, incómoda y desventajosa: lo que se llamó proceso de paz con ETA y la opa contra Endesa. En ambos casos, lo que ahora mismo se está produciendo por parte del gobierno es una elemental operación para salvar la cara. Huir hacia delante o marear la perdiz: hay pocas alternativas cuando el gobernante no ha intentado explicarse ante la sociedad, apretando demasiado el acelerador para alcanzar a toda costa objetivos que iban más allá del perímetro de su mandato electoral, de los consensos históricos, de los modos de la Unión Europea o de la mera realidad.
Ni un gato con capacidad satánica podría haber liado tanto la madeja de la opa contra Endesa. Queda tocada la credibilidad del gobierno en Bruselas -un grave percance para Pedro Solbes- y el desprestigio salpica instituciones como la Comisión Nacional del Mercado de Valores, cuyo presidente habrá de ir a explicar su dimisión a un programa de salsa rosa porque el PSOE no le da cabida parlamentaria. Lo asombroso es que en los mentideros políticos se hable de Miguel Sebastián como sustituto de Solbes en el futuro -si no de Manuel Marín-, siendo como es candidato ignoto a la alcaldía de Madrid y actor de peso en el gran lío de Endesa.
¿Mandan o no mandan los ministros en el gobierno de Zapatero? ¿Le debía algo Zapatero a Romano Prodi para que Italia salga ganando?
Sobre todo, a Zapatero se le ha visto perfectamente ajeno a los pros y contras del intervencionismo, más entregado a las pulsiones del poder rudo y puro. Lo que menos importaba era el mercado eléctrico español. De naturaleza habitualmente tibia, ayer los editorialistas del «Financial Times» describían la batalla por Endesa como una lucha épica pero abundante en bajas y escasa en héroes. Uno de los claros perdedores -decían- es la aproximación intervencionista del gobierno español. Ahí, en la Unión Europea, casi nadie puede tirar la primera piedra, pero en nuestro caso las cosas difícilmente podían hacerse peor. No se ve un plan B: a lo sumo, pretender salvar la cara. Eso no es tan hacedero como en otros tiempos porque ahora los mercados financieros son globales y todo se sabe en seguida en todas partes.
La debacle del llamado proceso de paz aflora de forma ineluctable en las demandas de la Fiscalía contra el partido que buscaba aposentarse como sucesor de la ilegal Batasuna. Ahora resulta que Arnaldo Otegui pinta poco, que ETA está dispuesta y preparada para matar cuando sea, que habrá candidaturas de la izquierda proetarra en las elecciones municipales, en forma de agrupaciones electorales. Mientras tanto, el ciudadano no tiene la seguridad de que no prosiga de uno u otro modo una negociación con ETA, lo que el presidente del gobierno llama final dialogado de la violencia. ¿Quién va a contárselo al comando Donosti? Las iniciativas de Rodriguez Zapatero en el País Vasco están hasta la cintura bajo las arenas movedizas. Puede intentar una nueva pirueta, acercarse al PP o salvar la cara con el método de pan para hoy y hambre para mañana.
En muy poco tiempo se han llevado una notable andanada el Tribunal Constitucional y la Comisión Nacional del Mercado de Valores, instituciones que en sus diferentes ámbitos han de ser un paradigma de transparencia y ecuanimidad. No estaba en el manual que la política tuviese que consistir en ampliar a toda la sociedad la inestabilidad de las arenas movedizas. Peculiar Zapatero, dispuesto a salvar la cara o bien con inmovilismo o bien con un exceso de intromisión. Bueno, ya se sabe que usualmente el plan B es que no hay plan B.
vpuig@abc.es
jueves, abril 05, 2007
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