martes 13 de febrero de 2007
Esos gobernantes que no viajan
VALENTÍ PUIG
RODRÍGUEZ Zapatero no nos ha salido viajero. Prefiere vigilar de cerca sus prados, mantener a la vista la custodia de los intereses de España, no traspasar la lontananza. Seguramente comprende que más allá existe todo un orbe de competitividad brutal abierto a todo tipo de emboscadas y a las alianzas más injustas, pero coge poco el avión. Al contrario de lo que ocurrió con anteriores ocupantes de La Moncloa, no ha llegado a entretenerse más con el rompecabezas europeo que con la cucaña nacional. Pero lo que ocurre es que la cucaña nacional, por efecto de traslaciones y cesiones de soberanía, hoy pasa en gran parte por mover ficha todos los días en la Unión Europea. Sin duda, para eso está el servicio exterior, pero cualquiera sabe que la diplomacia personal de los dignatarios es la realmente decisoria en el Consejo Europeo. Por parte de Zapatero, hasta ahora no ha dejado rastro alguno en la hierba del Consejo Europeo, precisamente cuando se están jugando partidas fundamentales a pesar de una cierta paralización del convoy político-institucional a consecuencia del «no» francés y holandés al Tratado Constitucional.
Frente a la diplomacia de puente aéreo, Zapatero resulta ser un gobernante sedentario, casi nostálgico de la autarquía que permitía representar al pueblo como el pastor que conoce intrínsecamente los comportamientos de su manada. En su día no quiso saber nada de Angela Merkel y ahora resulta que la canciller alemana es la única que articula posiciones en esa Europa renqueante. Ella está planteando los consensos practicables aquí y ahora. A la espera del nuevo inquilinato en el Elíseo francés, ha hecho los gestos imprescindibles para mejorar las tan mejorables relaciones trasatlánticas o para pararle los pies a Putin en la medida de lo posible. Ha intervenido en la agenda de las futuras presidencias, portuguesa y eslovena. Pendiente la sustitución de Tony Blair por Gordon Brown en el Reino Unido, Angela Merkel viaja, y no sólo en virtud de su condición de presidenta semestral de la Unión Europea. Es un notorio contraste con el inmovilismo de Rodríguez Zapatero.
Inicialmente, la Administración alemana se cuidó de no exaltar las expectativas de esa presidencia semestral, pero visto lo visto es una presidencia que preside, que ocupa eficazmente sus espacios y sus funciones, aunque sea tan difícil en las actuales circunstancias obtener resultados concretos sobre problemas concretos. Putin acaba de lanzar el mensaje más hostil desde la Guerra Fría y el Ejército ruso busca dar mucho más músculo a su fuerza convencional, con incremento del gasto en fuerza nuclear. Es lo que da el petróleo. Mientras tanto, en España avanzan los trabajos de la Alianza de Civilizaciones, pero no se vigila el norte de Africa, perdemos dimensión iberoaméricana, poco existimos para Washington y estamos de vacaciones en la Unión Europea. No corre el cuentakilómetros. Zapatero no viaja.
Hay algo despampanante en ese modo de saltarse a la torera los deberes de un gobernante europeo. Quizá sea un casticismo de izquierdas, algo casi precursor, pero lo cierto es que a los españoles les va a salir caro, muy caro, cuando caigan en la cuenta de que no moverse bien en Europa es lo mismo que no moverse en España. Claro está que ese mundo exterior, erizado de armas y de personajes indeseables, da cierto vértigo. Seguramente genera admirables escrúpulos morales. Aun así, gobernar consiste en sobreponerse a ese vértigo y en ejercer la ética de la responsabilidad incluso pisando fango y mugre. Dicho de otro modo: hoy en día, gobernar es viajar.
Viajar es competir, abrir mercados políticos para los intereses del propio país, ocupar posiciones, atajar avances de los adversarios, olfatear alianzas y llegar el primero, siempre que se pueda. Todo eso sería de buena ayuda para que España recuperase su peso como actor en la escena europea, un peso que ha perdido con la aclimatación al zapaterismo. España pudiera hacerse elemento necesario para la organización duradera de dos ejes benéficos: eurorealismo y euroatlantismo. Incluso tal vez pudiera participar activamente como contrapeso de aquellas iniciativas que sugieren un retorno al Tratado Constitucional ya perdido y archivado. En fin: no siempre se viaja bien, pero lo evidente es que para hacer las cosas bien hay que viajar.
vpuig@abc.es
martes, febrero 13, 2007
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