lunes 12 de febrero de 2007
La religión del dinero
JUAN MANUEL DE PRADA
POR JUAN MANUEL DE PRADA
MIENTRAS dura mi estancia en Estados Unidos, me he impuesto la lectura de una vieja novela de Ayn Rand, La rebelión de Atlas, un mamotreto de más de mil páginas de muy dudosas virtudes literarias, pero fundamental para entender la idiosincrasia americana. Ayn Rand, una exiliada de la revolución bolchevique que hallaría cobijo en los Estados Unidos, alcanzó en los años cuarenta un éxito descomunal, arrasador, con su novela El manantial, una exaltación a ultranza del individualismo. En La rebelión de Atlas, novela también de éxito multitudinario, Ayn Rand completa la exposición de su filosofía, resumida en el derecho de las personas a procurarse su propia felicidad y en el principio moral de que la persona es un fin en sí misma, y no un medio para los fines de otros. Bajo estas proclamas tan sugestivas, Rand condena por abusivo el «altruismo estatal» que defiende el derecho de los necesitados a ser mantenidos y la obligación de los triunfadores a mantenerlos. El Atlas del título constituye una suerte de emblema de aquellos hombres que, tras obtener la prosperidad económica a través del esfuerzo, son obstaculizados por legislaciones intervencionistas que pretenden poner freno a su crecimiento; cuando esos hombres se niegan a seguir siendo «sostenes del mundo», la sociedad degenera en un caos de consecuencias apocalípticas, dejando a los abusadores que han impedido su prosperidad a merced de las consecuencias de sus actos.
La rebelión del Atlas, escrita en plena Guerra Fría, constituye una execración sin paliativos del comunismo; pero también de lo que hoy denominamos «Estado del bienestar». Rand se erige así en una suerte de Nietzsche del capitalismo. Mediada la novela, uno de los personajes principales de La rebelión de Atlas hace un alegato en favor del dinero, soliviantado por quienes lo consideran el origen de todos los males: «El dinero -sostiene-no es instrumento de los pordioseros, que exigen llorando el producto del trabajo ajeno, ni de saqueadores que lo arrebatan por la fuerza; el dinero se hace sólo posible gracias a quienes producen. ¿Es esto lo que considera malvado?», sostiene, y a continuación añade: «Permita que le dé un consejo clave sobre el carácter de los seres humanos: quien maldice el dinero lo ha obtenido de manera deshonrosa; quien lo respeta se lo ha ganado honestamente». Para Rand, el dinero es el barómetro que mide el grado de virtud de una sociedad. «Cuando vea que el comercio se hace, no por consentimiento de las partes, sino por coerción; cuando advierta que para producir necesita autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare en que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada». Y remata su alegato: «Para gloria de la humanidad, existió por primera y única vez en la historia un país del dinero y no me es posible rendir un mayor tributo a los Estados Unidos de América, porque eso significa un país donde reinan la razón, la justicia, la libertad, la producción y el progreso. Por primera vez, la mente y el dinero de los hombres quedaron libres, dejó de existir la fortuna como botín de conquista al servicio de los parásitos y, en lugar de guerreros y esclavos, surgió el verdadero producto de la riqueza, el gran trabajador convertido en el tipo más elevado de ser humano: el industrial estadounidense».
No sería exagerado afirmar que Ayn Rand ha sido uno de los personajes más influyentes en la configuración de la idiosincrasia americana. Todo americano nace con el propósito de convertirse en ese Atlas de la novela de Rand, una versión americanizada del «superhombre» nietzscheano. Pero allá donde hay superhombres surgen también, inevitablemente, infrahombres. Para Rand son «parásitos»; otro Filósofo menos elemental que ella los denominó «prójimos».
lunes, febrero 12, 2007
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