lunes, febrero 05, 2007

Julia Hernandez, La conquista democratica de la calle

martes 6 de febrero de 2007
La conquista democrática de la calle
JULIA HERNÁNDEZ-VALLES/ADJUNTA AL ARARTEKO

Los acontecimientos acaecidos en Alcorcón hace poco más de dos semanas me traen inevitablemente de nuevo a la mente las reflexiones que ya apunté hace aproximadamente un año en un artículo publicado con ocasión de la tragedia acaecida en Basurto. Reflexiones acerca del modelo de ciudad. Desgraciadamente, lo afirmado en aquellas líneas se ha puesto nuevamente de actualidad, suscitando el inevitable debate social, ante nuestros aterrados ojos de forma más dura y convulsa si cabe. Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que es el modelo de ciudad el que está fallando, el que ya no integra, sino que desintegra, el que tribaliza y convierte parte de la ciudad en guetos, de exclusión social o racial.Hemos sometido nuestro entorno a la tiranía del progreso, perdiendo en detrimento de ese mal entendido avance los lugares de encuentro. Les privamos a nuestros jóvenes de todo aquello que favorece el conocimiento del otro, igual o diferente, pero del otro. Eso sí, nuestros hijos son los mejores formados con sus clases de inglés, danza, pintura, etcétera, pero sin espacios donde se encuentren y se conozcan, donde se desarrollen como personas. Les educamos en un vasto iter curricular pero a la vez les impedimos ser hombres autónomos. Y cuando, en alguna ocasión, por el motivo que sea, nos paramos a reflexionar sobre la juventud lo hacemos desde la sospecha, les examinamos como sujetos 'peligrosos', nuestros jóvenes nos asustan, no cabe duda. Y luego nos sorprende que ocurran a nuestro alrededor ciertas conductas y buscamos sus causas, pero nunca sus orígenes. Eso sí, se realiza tal despliegue de medios ante dichas situaciones que sólo contribuye a provocar una alarma social innecesaria y, a la vez, a hacer de altavoces de las mismas, con el peligro que ello conlleva en una sociedad tan mediática como ésta y con unos valores tan desdibujados y contrarios como los existentes. Hay que decir que en la inmensa mayoría de estos medios, por no decir en todos, poco se ha analizado sobre la culpa de todos nosotros, de la sociedad adulta, de la responsable, en última instancia y en primera en algunos casos donde los jóvenes son menores, al ser la única capaz jurídicamente.No sólo es necesario, sino urgente y perentorio, hacer todo el esfuerzo posible en el desarrollo de una cultura de paz, como antítesis de la cultura de la violencia en la resolución de conflictos, que es la que impera en nuestros días. Es la cultura de la violencia la que se ha hecho fuerte entre nosotros, porque, ¿qué podemos esperar de un mundo donde el 20% de la población dispone del 86% de las riquezas mundiales, donde la fortuna de unos 358 hombres supera los ingresos conjuntos de 2.300 millones de personas? Evidentemente, no podemos cargar sobre los débiles hombros de nuestros jóvenes nuestras inmensas culpas, ni tampoco esperar que operen de manera distinta a como lo hacen. Por tanto, la verdadera crisis es la de la ciudad del siglo XXI, lo vivimos en París (en sus guetos), en El Ejido y últimamente en Alcorcón (ciudad periférica de Madrid). Mañana, ¿dónde ocurrirá?Se comienza a hablar de la Cultura de la Paz en el Congreso Internacional sobre la Paz en la Mente de los Hombres (Yamusukro 1989) instando a la Unesco «a la construcción de una mejor concepción de la paz, mediante el desarrollo de la paz, fundada en los valores universales de respeto a la vida, la libertad, la justicia, la solidaridad, la tolerancia, los derechos humanos y la igualdad entre hombres y mujeres». Y la Asamblea General de la ONU aprobó que el año 2000 fuera declarado Año internacional de la Cultura de la Paz, y en un documento posterior, el Consejo Económico y Social señalaba que los objetivos principales del referido año eran y son fortalecer el respeto a la diversidad cultural y promover la tolerancia, la solidaridad, la cooperación, el diálogo y la reconciliación, basados en actividades de ámbito nacional e internacional.Principio básico y en el que se sustenta la cultura de la paz es el derecho de las personas a ser o tener una existencia pacífica y segura dentro de sus comunidades. Y uno de los objetivos fundamentales es el logro de un mundo en el que la diversidad de culturas sea motivo de enriquecimiento mutuo y cooperación.No es, por tanto, la paz simplemente la ausencia de guerra, sino otro concepto mucho más amplio. La paz es convivir y, por ende, compartir. La paz es justicia social. Y en ese trabajo es donde deben volcarse todos los estamentos que confluyen en la vida de los jóvenes, agentes educadores, agentes económico-sociales, movimientos sociales, la ciudadanía en general, asumiendo el papel de protagonistas activos. Debemos convertir las ciudades en espacios para la paz, para el diálogo y la tolerancia. Cada generación, cada joven tiene que hacer su aprendizaje de la democracia (con mayúsculas y con minúsculas). Necesitan del aprendizaje, y éste tiene que darse también en la calle, es necesaria una conquista de la calle como referencia, como el espacio de encuentro que ha sido a lo largo de la historia. No por casualidad la esencia de la democracia se gesta en el ágora.Quisiera terminar estas reflexiones compartiendo la declaración de la Asamblea General de la ONU de 6 de octubre de 1999 que dice textualmente «puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz» (Asamblea General de la ONU, 1999).

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