martes 6 de febrero de 2007
Contra calentamiento, investigacion
JOSÉ MARÍA GARCÍA-HOZ
EL problema no es que el planeta se esté calentando, sino la calentura mental que con tal motivo padecen los profetas de la catástrofe. Como todo el mundo sabe, el viernes pasado, y después de endiabladas negociaciones científico-político-económicas, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, auspiciado por las Naciones Unidas, consiguió consensuar su cuarto informe quinquenal sobre la materia, cuya principal -y muy importante- conclusión era que nuestro atormentado y querido planeta azul sufre un proceso de calentamiento debido «casi con seguridad» a la acción del hombre.
A partir de ese momento los repetidos gestos cotidianos de conectar la televisión, arrancar el coche, encender la luz o pulsar el botón del ascensor se han convertido en agresiones contra la humanidad, en la medida de que, al perjudicar la estabilidad climática de la Tierra, provocarán terribles consecuencias, como la desertización de la Península Ibérica y regiones limítrofes, la multiplicación de tormentas y tsunamis, el avance de las aguas y la disminución de la superficie seca... En definitiva, es un mensaje tan catastrófico y tan desproporcionado que sólo permite dos reacciones: meterse debajo de la cama y esperar a que llegue el anunciado fin del mundo o ignorar por completo al mensaje y a los mensajeros.
Hasta el viernes pasado, los riesgos de la vida moderna eran tres: corazón, coche y cáncer. Frente a los tres caben respuestas individuales que disminuirán sensiblemente las posibilidades de ser fulminados por tan expeditivos verdugos: apuntarse a la dieta mediterránea, a la prudencia al volante y a dejar de fumar. ¿Pero qué puede hacer una persona para evitar este nuevo jinete del Apocalipsis? Nada; como tampoco pueden hacer nada las naciones individualmente, pues de poco le serviría a Portugal dejar de emitir gases de efectos invernadero si España y Francia continuaran aumentando sus emisiones.
Precisamente porque el problema necesita una respuesta global, se articulan iniciativas y reuniones multinacionales, empezando por este mismo Panel Intergubernamental de las Naciones Unidas, que se constituyó en 1988, y terminando por el Protocolo de Kyoto. El inefable Jacques Chirac, presidente de la República Francesa, se ha apresurado a proponer que Naciones Unidas constituya una agencia permanente, dedicada a monitorizar el medio ambiente, al estilo de la Unesco para la educación o la FAO para la alimentación. Desde luego que siempre resulta positivo dialogar y negociar para afrontar conjuntamente problemas que afectan a todos, pero vistos los resultados de Kyoto o de cualquiera de las mencionadas agencias de las Naciones Unidas, poca esperanza se puede tener que con una herramienta semejante se pueda conseguir una solución conjunta. De momento, Estados Unidos, China e India han comunicado que la chiraquiana no les parece ni medio buena.
De acuerdo, el planeta se calienta por la acción del hombre, pero establecer el «cómo» reducir las emisiones de gases con efecto invernadero, el «quién» debe reducirlas y «cuánto» y «cuando» debe reducirlas es una misión que seguramente desborda las capacidades negociadoras de los países, que ni siquiera han conseguido ponerse de acuerdo en algo que procuraría beneficios inmediatos para todos, como la liberalización mundial del comercio.
¿Estamos, pues, inevitablemente abocados a la catástrofe? En absoluto. En primer lugar, porque el consenso científico no es garantía de acierto y, se diga lo que se diga, en una materia tan compleja en la que inciden múltiples variantes -empezando por el impredecible factor humano-, es más lo que se ignora que lo que se conoce. Y en segundo lugar, porque esta voz de alarma supondrá un estímulo para la investigación científica y el progreso tecnológico. Es muy sencillo y seguro pronosticar que, a partir de ahora, los gobiernos de todo el mundo dotarán con generosa financiación a cualquier proyecto de investigación en los numerosos sectores en los que se puede descomponer el problema global. Al calor del calentamiento global, valga el mal chiste, nacerá un próspero sector de actividad investigadora y empresarial... Casi se me olvida: la causa verde también provocará un calentamiento general de impuestos.
josemaria@garcia-hoz.com
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