lunes 12 de febrero de 2007
El polo ruso
Vladímir Putin ha querido desempolvar los fantasmas de la Guerra Fría en la elitista Conferencia de Seguridad que se ha celebrado este fin de semana en la ciudad alemana de Munich. El presidente ruso ha utilizado el altavoz que se le brindaba para pronunciar una alocución inusualmente explícita y reprobadora para los hábitos diplomáticos, en la que presentó la proliferación nuclear como una consecuencia casi inevitable de la expansiva política exterior de Estados Unidos, desechó por antidemocrática la concepción de un 'mundo unipolar' y dio por probado que existe un intento de cercar a su país por parte de la Administración norteamericana, bien directamente, bien a través de la OTAN. Resulta del todo exagerado temer por un rebrote de las hostilidades que dividieron a la comunidad internacional hace medio siglo: «No habrá una segunda Guerra Fría», se ha apresurado a tranquilizar el secretario de Defensa de EE UU, Robert Gates. Pero el agitador discurso de Putin sí evidencia su voluntad de erigir a la Federación Rusa como un polo alternativo a la preeminencia estadounidense, apoyándose en una progresiva recuperación de su poderío económico y en su capacidad de influir en áreas sensibles del planeta, cultivando algunas relaciones inquietantes como las que mantiene con el régimen iraní.Es cierto que el Gobierno ruso puede haber encontrado motivos fundados para sentirse agraviado. Especialmente ante decisiones discutibles como la instalación de parte del escudo antimisiles norteamericano en Chequia y Polonia, dos estados de la antigua órbita soviética hoy hostiles a Rusia, o la pretensión de la OTAN de que Georgia se incorpore a la Alianza Atlántica. Pero la intervención de Putin en Múnich vuelve a revelar la eterna vacilación rusa sobre su posición, sus necesidades y sus objetivos en el mundo junto a una renovada voluntad de responder a la misma con una mezcla de perplejidad, desconfianza y ensimismamiento. No deja de constituir un ejercicio de descaro y doblez que Putin justifique su diatriba contra la estrategia unilateral de Estados Unidos porque vulnera la esencia de la democracia, cuando el país que gobierna adolece de un sistema de libertades verdaderamente asentado.La incomodidad rusa podría hallar alivio en la consolidación de una relación privilegiada con la UE, al tiempo que Moscú no debería renunciar a un eventual partenariado estratégico con la OTAN por el que batalló Javier Solana cuando dirigió la organización. Los nuevos retos y amenazas globales precisan de una Rusia fuerte dispuesta a comprometerse con alianzas multilaterales, que no trate de recobrar la influencia perdida aprovechándose del actual debilitamiento de EE UU por la perpetuación de la crisis iraquí, de las indecisiones y fisuras de la Unión Europea y de su propio ascendiente sobre regímenes radicalizados.
domingo, febrero 11, 2007
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