sabado 17 de febrero de 2007
El movil en
Por Ignacio Camacho
MUCHOS enseñantes españoles sintieron una cosquilla de sana envidia al enterarse de la frase con que Nicolas Sarkozy resumió la idea de respeto y jerarquía moral que aspira a implantar en su más que probable Presidencia francesa: «Quiero una Francia en la que los alumnos se levanten cuando entra el profesor en clase». Primero, porque en España hace mucho tiempo que ningún candidato se preocupa de la educación en sus discursos de campaña y segundo, porque jamás se atrevería nadie a hacerlo en esos términos, so pena de perder el voto joven y ser tildado de autoritario y/o fascista. Nuestra escuela languidece en el marasmo logsiano con un profesorado desmotivado o directamente deprimido, y un alumnado cuya crecida indisciplina corre paralela a la ausencia de conocimiento y rigor que han propiciado unos planes educativos basados en la pedagogía de la banalidad.
En ese contexto de abandono y desidia resulta perfectamente posible que se abra un debate mediático cuando Esperanza Aguirre anuncia que va a prohibir el uso de los teléfonos móviles -¡y videoconsolas!- en las aulas de la Comunidad madrileña. Cualquier entendimiento razonable daría por supuesto que ya estaba prohibido y, en todo caso, que tan elemental medida de sensatez no requiere de la intervención gubernativa, sino del simple ejercicio de una primaria disciplina escolar. Empero, no sólo es menester formularla por decreto, sino que se han oído en los medios de comunicación voces contrarias, y desesperadas advertencias de profesores desamparados que temen ser denunciados por hurto si requisan a los alumnos cualquier aparato indebidamente usado en clase.
Por lo visto, lo moderno, lo pedagógico, consiste en impedir cualquier coerción a la libertad expresiva -y por supuesto, lúdica, palabra esencial en el entramado LOGSE- de los chavales, que pueden quedar seriamente traumatizados si se les priva de su sagrado derecho a desatender las explicaciones del maestro. Sólo políticos de la derecha cerril pueden atreverse a formular esta clase de normas represivas, en vez de procurar la creación de climas de convivencia pacífica libremente establecidos por consenso entre alumnos y docentes. Al fin y al cabo, las nuevas tecnologías son una herramienta esencial en la sociedad del conocimiento y ningún educador chapado a la antigua debe restringir la creativa virtualidad de su uso y disfrute. Antes al contrario, sería de gran utilidad que el profesorado procurase adecuar sus métodos a las nuevas posibilidades tecnológicas, elaborando juegos educativos susceptibles de ser usados en formato mp3 o distribuyendo apuntes por sms. «Kln dscbrio Amrka».
En esta España desvertebrada y desquiciada -país de locos, que dice Ibarretxe-, ningún político podría aspirar a que los alumnos se levanten cuando entre el profesor. Todo lo más, se considera un logro que cuando empieza a explicar la lección no se queden hablando por teléfono. Menudo futuro.
viernes, febrero 16, 2007
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