martes, febrero 12, 2008

Miguel Platon, Las canas de los titiriteros

martes 12 de febrero de 2008
Las canas de los titiriteros

Miguel Platón
Desde las primeras elecciones libres de 1977, cada vez que llega una nueva campaña electoral hay un grupo de artistas —algunos de probados méritos— que se transforman por unos días en titiriteros de la política.
Muchos de ellos son los mismos de hace 31 años, con lo que el espectáculo habitual ha terminado por convertirse, mayoritariamente, en una exhibición pública de sexagenarios. Sus canas son hoy una metáfora del envejecimiento ideológico de la izquierda, desarbolada de sus mitos tanto como de sus profetas.

El cabello plateado o tintado, empero, es ley de vida. Son más inquietantes las canas artísticas. Gran parte de los titiriteros dieron lo mejor de sí mismos hace 20, 30, 40 o incluso 50 años: el primer gran éxito de Conchita Velasco —Los tramposos— es de 1959. Desde hace ya más de una década, muchos dedican los veranos a recorrer el país con “galas” cuyo plato fuerte son, las más de las veces, sus antiguos triunfos, casi nunca posteriores a los años 80. Y que duren.

Sólo desde la lógica de la publicidad puede entenderse que, en materia de elecciones, la opinión de artistas famosos pueda considerarse de mayor interés que la de los dentistas o los fontaneros. Es lo mismo que ocurre a la hora de promocionar un detergente, un automóvil o un cepillo de dientes. Como en estos casos, la consistencia del mensaje y su impacto tienen el calado y la duración de un “spot”: algunos segundos de imágenes brillantes destinadas a estimular el consumo del producto.

Los titiriteros del 2008, por ello, suelen poseer el mismo conocimiento de los asuntos públicos que el que puedan tener de cualquier otro producto que anuncien. De esa insolvencia original surgen sus peores canas, las ideológicas. El envejecimiento fue, en este caso, prematuro. Cuando su risa era aún fresca y en el arte servían al amor, muchos prestaban apoyo público al totalitarismo comunista o, en el mejor de los casos, a un pseudomarxismo anacrónico. No había en ello consistencia alguna: seguían la moda, de igual forma que pocos años antes podían cantar los méritos del dictador, a quien Víctor Manuel dedicó una pieza inolvidable, titulada Un gran hombre, allá por 1966.

De aquella época les ha quedado un ramalazo sectario y la acomodación al poder. Es muy difícil, si no imposible, encontrar en cualquier otra democracia del planeta que artistas consagrados tachen a un partido democrático, como es el Partido Popular, de “imbécil”, y a sus por lo menos diez millones de votantes de “turba mentirosa y humillante”, sin que tampoco falte una referencia a la “teocracia estúpida de los obispos”. Resurge así la escuela propagandística de Lenin y Goebbels, que a fin de cuentas son “memoria histórica”.

Lo que resulta menos verosímil del espectáculo es la eficacia electoral de estos titiriteros. Con sus alardes generan el rechazo de la mitad de la población, lo que se ha traducido ya en la crisis de espectadores que padecen las películas españolas y la caída de las ventas de música. Contra los más elementales principios jurídicos, el Gobierno de Zapatero les ha ofrecido el salvavidas del “canon digital”, aliciente que explica el entusiasmo de la actual comparecencia pública. Pero al mismo tiempo ese canon le ha ganado al Partido Socialista la hostilidad de la mayor parte de la población, en particular de las nuevas generaciones. Es precisamente Mariano Rajoy y el Partido Popular quienes se han comprometido a suprimir ese atropello legal si ganan las elecciones. Y en eso descansa el meollo del asunto: ni ideología, ni ideales y, sobre todo, ni p. idea. Lo que hay es pura y simple defensa del interés corporativo, contra los intereses de la mayoría. El espectáculo que hoy se representa lleva el nombre de farsa.
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=12/02/2008&name=platon

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