jueves, febrero 07, 2008

Ismael Medina, España necesita catolicos valientes

jueves 7 de febrero de 2008
España necesita católicos valientes

Ismael Medina

E L título de esta crónica me lo ha sugerido una afirmación rotunda de Nicolás Sarkozy, presidente de la República francesa, defensor de la laicidad del Estado, no católico, excéntrico matrimonial y ni tan siquiera filiado a otra confesión cristiana: “Francia necesita católicos convencidos que no teman afirmar que lo son y en lo que creen”. Lo dijo en el discurso que pronunció el 20 de diciembre de 2007 en San Juan de Letrán durante la ceremonia de toma posesión de la dignidad honorífica de canónigo de la misma, la cual confirió la Santa Sede hace bastantes siglos al monarca galo Enrique IV y los Jefes de Estado galos han conservado hasta hoy. Suena a paradoja, pero el que habla así no lo hace a título personal sino como Jefe de Estado al que compete velar por la armonía en la sociedad a que se debe.

No fue el discurso de Sarkozy un ocasional y retórico brindis al sol para salir del paso. Fue en realidad un extenso y riguroso análisis sobre laicidad y religiosidad. Y mucho más. También sobre las raíces cristianas de Francia a las que no puede volver la espalda sin desnaturalizarse, sobre las limitaciones y riesgos de la ética laica, sobre el derecho natural, sobre la libertad de la Iglesia a defender sus postulados morales y enseñarlos, sobre el deber del Estado de protegerlos, sobre la exigencia de superar la quiebra laicista del necesario equilibrio entre Estado e Iglesia que impregnó a la Revolución francesa y sus excesos …

El discurso del presidente de República francesa, antológico, pasó casi desapercibido en los medios de comunicación españoles pese al rudo contraste de sus argumentos con el retorno del gobierno Rodríguez y sus acólitos laicistas al virulento y montaraz anticlericalismo reavivado por la II República, en el que se mezclaban recuelos tardíos de la Revolución Francesa, instigaciones masónicas y el ateismo exterminador comunista y anarquista. Y que desembocó en la más sangrienta y feroz persecución que los cristianos han sufrido en toda su historia. O acaso fuera un recóndito sentimiento de culpable y de partidista animosidad el que aconsejó el ocultamiento en vísperas electorales.

Emilio Alvarez Frías, incansable en la defensa de la fe, recuperó días atrás el discurso de Sarcozy en San Juan de Letrán en su entrega digital “El Brocal”. Gracias a él lo tomo como soporte indispensable para intervenir en la polémica suscitada por la declaración del episcopado español sobre lo que un creyente en Cristo debe tomar en consideración a la hora de emitir su voto.

SUFRIMOS EN ESPAÑA NUEVOS TIEMPOS DE PERSECUCIÓN

EL Evangelio del pasado domingo versaba sobre las Bienaventuranzas. De todas ellas, exigidas de severa meditación por los creyentes, extraigo una que guarda estrecha relación con la animosidad persecutoria de la izquierda celtibérica contra la Iglesia, exasperada a raíz del comunicado episcopal: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentiras digan contra vosotros todo genero de mal por mí. Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa, pues así persiguieron a los profetas que hubo antes de vosotros” (Mateo 3.2).

Vivimos los católicos españoles nuevos tiempos de persecución como consecuencia de la siniestra regresión histórica a que se ha dado Rodríguez por algo más tangible que la esquizofrénica interiorización del fantasma de su abuelo. Se cree el rojo vengador cuando es tan sólo instrumento. Un pelele en el guiñol del poder oculto. Y siempre hay a su alrededor títeres con aún menos talento y sin el parapeto de la estúpida sonrisa encubridora que rejurgitan sus insidias. No me refiero sólo al aprendiz de jabalí político Pepino Blanco para quien “la Iglesia es el nuevo brazo armado del PP”, sin parar mientes en que, a fuerza de negociaciones claudicantes, ETA se ha convertido en brazo armado del P(SOE) en el juego procaz de la zanahoria permanente y de la estaca ocasional.

Otro energúmeno de bolsillo agradecido, Alberto San Juan, premio de los Goya de un mediocre cine subvencionado, lo expuso con el descaro característico de los necios sometidos. Definió la Iglesia como “una catástrofe que insiste en jodernos la vida”. Y respecto de cómo concibe España: “Un lugar. Sin más. Todo lo que tenga que ver con esta idea de patria me repugna profundamente”. El tal San Juan (¡Qué carga para él llevar ese apellido!) tradujo en términos tabernarios los dos objetivos fundamentales encomendados a Rodríguez: la liquidación simultánea de la Iglesia y de España. No hay margen para el engaño.

DIOS ES UN RIESGO

HEMOS de aceptar, al igual que durante los años treinta, que, como titulaba Giusseppe Prezzolini uno de sus libros, “Dios es un riesgo” (“Dio è un rischio”, Longanesi & C., 1969). El acceso a Dios era para Prezzolini algo así como un privilegio personal. Un don reservado a unos pocos elegidos. Ahí se equivocaba. Aunque no en que esos presuntos pocos son difícilmente asimilables por quienes creen que el progreso consiste en la satisfacción hedonista de cualesquiera apetitos. Y a esos elegidos, que son multitud, es precisamente a los que se quiere silenciar, aunque por ahora sólo mediante la muerte social y política de un implacable totalitarismo a media socialnazista y socialcomunista.

También España, y más aún que Francia, necesita católicos que no teman afirmar lo que son. Católicos con la valentía indispensable para no arrugarse frente a las agresiones del poder, para enfrentarlo con entereza y para dar testimonio de la Verdad a que se deben. La Verdad inmutable de Cristo por la que como El tantos sufrieron martirio y murieron en la cruz que cada tiempo histórico les deparó. Incluso de parigual manera que Jesús, como aquel párroco de un pueblo aragonés al que crucificaron en la puerta de su iglesia y le hacían mofa mientras expiraba. Católicos como los que no negaron su fe ante los piquetes de sus asesinos o aquellos otros que en sus casas, convertidas en multitud de recoletas catacumbas familiares, mantuvieron viva y acrecentada la llama de la fe.

Hay que haberlo vivido y sentido en toda su crudeza para entenderlo desde un hoy enletrinado por un laicismo redivivito cuyos orígenes vienen del krausismo, las masonerías y el anticlericalismo revolucionario, según denunciaba Gustavo Bueno Sánchez en una reciente entrevista de Albiac sobre Educación para la Ciudadanía. Aquellas trágicas vivencias las relaté para el documental “La Cruz, el Perdón y la Gloria”, realizado por Círculo Hispanoamericano Isabel la Católica y al que me referí en otra crónica. Omití, sin embargo, una referencia de índole familiar de la que soy deudo y que guarda estrecha relación con el título de este artículo.

Corría el mes de febrero de 1937 y tampoco en Jaén habían cesado encarcelamientos y asesinatos. Eran tiempos de hambruna y mi madre, profesora de la Escuela Normal del Magisterio y encargada de la cantina escolar, acudió un día a la jefaturas de Abastos para hablar con su responsable, un sujeto al que se temía por sus antecedentes. Reproduzco la conversación según la oí contar más tarde:

“¡Salud, compañera!”, espetó el jefe de Abastos mientras alzaba el puño cerrado. “Yo no soy una compañera. Soy una señora”, respondió mi madre sin inmutarse. El responsable, sin duda desconcertado por la firmeza de su interlocutora, le preguntó desabrido: “¿Y qué quiere usted?”. Tras explicarle la función que ejercía, mi madre le pidió un racionamiento extraordinario de leche, arroz y otros productos. Y luego del asombrado “¿Para qué lo quiere usted?”, mi madre le explicó imperturbable: “Para que los niños guarden la vigilia de Semana Santa”. La sorpresa del responsable debió ser mayúscula. Respondió airado: “¡Usted, señora, no sabe en qué mundo vive!”. A lo que mi madre retrucó: “Por desgracia lo sé. Pero como los niños no tienen la culpa de lo que ocurre, guardarán la vigilia de Semana Santa a dieta o con el racionamiento extraordinario que usted me va a conceder”. Desconozco lo que pasaría por la cabeza de aquel sujeto ante la entereza de mi madre. Pero es lo cierto que accedió a su exigencia. Pareja fortaleza cristiana evidenciaría terminada la guerra para salvar de represalias políticas o de rencores personales a algunos de los vencidos, aunque no le fueran próximos.

No fue el de mi madre una acto excepcional ni heroico. Tan solo una valerosa afirmación de la fe que profesaba. Y una de las muchísimas que se dieron en aquellos tétricos tiempos de persecución, tantas de ellas desembocadas en el martirio. Pero a mi parecer es ilustrativa. Se ha hecho tópica la afirmación de que la fe mueve montañas. Y es metafóricamente cierto. Pero hay que sentirla con hondura y asumir que, en efecto, Dios es un riesgo. Esta fue mi escuela. La de un “povero cristiano”, que escribiera Silote, con no pocas caídas durante su larga existencia y fiado en la misericordia infinita de Dios.

Se ha escrito con frecuencia que la persecución fortalece la fe y es semilla de resurgir. Parece adormecerse y hasta debilitarse en tiempos de bonanza. E incluso engendrar desviaciones acomodaticias a lo temporal, como las que proliferaron a lomos de las interpretaciones subvertidoras del Concilio Vaticano II, de las que el taranconismo fue manifestación corruptora en España. Pero yerran quienes, como ahora desde el gobierno y sus ramas de ateismo militante, creen que a la Iglesia, que somos todos los creyentes y no solo la jerarquía eclesiástica, se la acorrala y amedrenta con insultos y amenazas.

EL DOCUMENTO DEL EPISCOPADO ERA NECESARIO

LA polémica sobre el documento de la Conferencia Episcopal se ha centrado en el párrafo que advierte a los electores católicos sobre negar el voto a los partidos que apoyan a los terroristas o chalanean con ellos. En definitiva a los que amparan el asesinato bajo presunciones políticas, sean secesionistas o de otra índole. Incluso hay creyentes que lo consideran imprudente e inoportuno. El PP ha orillado entrar en la polémica, acaso movido por similar desenfoque y ajeno a que la mayoría de su electorado más fiel lo integran católicos, practicantes o no. Barrunto que quienes así opinan no han leído en su integridad el documento episcopal. O que si lo leyeron, han preferido componer la figura del avestruz.

Se trata en realidad de un resumen de la Instrucción Pastoral aprobada el 26 de noviembre de 2006 por la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal. Y cada uno de los apartados del documento, incluido el 8, anota la referencia numérica al texto correspondiente de dicha Instrucción Pastoral. ¿Por qué entonces no se registró una algarabía análoga a la actual? Faltaban quince meses para las elecciones. Así de sencillo.

EL TERORISMO ES INTRINSECAMENTE PERVERSO Y TAMBIÉN NEGOCIAR CON ÉL

LA mención al terrorismo se contiene en un solo párrafo, el 8, que parece obligado reproducir por su coherencia con depósito doctrinal de la Iglesia católica y con algunos de los otros temas abordados: “El terrorismo es una práctica intrínsecamente perversa, del todo incompatible con una visión moral de la vida justa y razonable. No sólo vulnera gravemente el derecho a la vida y a la libertad, sino que es muestra de la más dura intolerancia y totalitarismo. Una sociedad que quiera ser libre y justa no puede reconocer explícita o implícitamente a una organización terrorista como representante político de ningún sector de la población, ni puede tenerla como interlocutor político”.

Y ahí duele con especial intensidad al gobierno Rodríguez y a sus cipayos y sostenedores en el poder. La advertencia episcopal se produce cuando es cada vez más evidente que, como explica el jurista José Luís Manzanares, las acciones emprendidas tardíamente y con sello de urgencia pudieron acometerse en su momento y difícilmente podrán sacar de sus remunerados sillones a quienes los ocuparon gracias a las legalizaciones parciales que, de cara a las elecciones municipales, forzó la Fiscalía General del Estado en cumplimiento de las órdenes recibidas del presidente del gobierno.

Tampoco es fiable la vía penal emprendida por el titiritero Baltasar Garzón, para quien lo que hoy tiene por parte inequívoca del terrorismo etarra, era una cándida “izquierda abertzale” cuando a Rodríguez convenía amparar las negociaciones con los bandidos y reforzar los nauseabundos pactos de Loyola, la publicación de cuyos más hediondos secretos amenaza ETA con sacar a la luz. “Esto huele a tragicomedia de intriga”, avisa Lorenzo Contreras. “Y en esa intriga –añade- se incluye el misterioso tratamiento judicial y policial aplicado al portavoz y dirigente de Batasuna”. Se refiere, obviamente, al trato de favor y a la libertad de acción de que gozó siempre Barrena. Hasta que Garzón montó un nuevo tenderete de la comedia en el ámbito de la campaña electoral de un P(SOE) tembloroso y desquiciado. Pero mientras Rodríguez y sus huestes la emprenden con los obispos y con la Iglesia en general, el PSE de López persiste en negociar con los terroristas. Como el tero, Rodríguez canta en una parte y en otra pone los huevos de la disolución de España, a la que no renuncia.

HAY MUCHO MÁS QUE TERRORISMO EN LA NOTA EPISCOPAL

NO son sólo los crímenes de ETA los que repudia la nota episcopal, sino todos aquellos que atentan contra principios esenciales de la doctrina de la Iglesia y el derecho natural. Algunos de ellos se enuncian en otros apartados. Lo explica en el 6, con la siguiente cita pontificia: “Es preciso afrontar con determinación y claridad de propósitos, el peligro de opciones políticas y legislativas que contradicen valores fundamentales y principios antropológicos y éticos arraigados en la naturaleza del ser humano, en particular respecto a la defensa de la vida humana en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural, y a la promoción de la familia fundada en el matrimonio, evitando introducir en el ordenamiento público otras formas de unión que contribuirían a desnaturalizarla, oscureciendo su carácter peculiar y su insustituible función social”.

Es innecesario que me detenga en destripar la que algunos llaman “cultura de la muerte”, uno de los signos inquietantes de la decadencia del ciclo histórico abierto por el relativismo. Un millón de criaturas son asesinadas en el seno materno cada año en el presuntuoso mundo occidental. Y 100.000 en España, al parecer dispuesta a encabezar el Guiness del más execrable de los genocidios bajo amparo y estímulo gubernamental. Lo evidencia el anuncio hecho por la Fernández de la Vogue de que si el P(SOE) permanece en el gobierno amparará la confidencialidad de las madres abortistas. Y por ende, de los matarifes.

SARKOZY DESMONTA DESDE LA LAICIDAD EL LAICISMO DE RODRÍGUEZ

¿Y por qué la jerarquía eclesiástica no ha de advertir a los fieles, sea en periodo electoral o no, sobre sus deberes sociales y políticos como católicos frente a gobiernos que los conculcan? Responderé con una cita del discurso de Sarkozy en San Juan de Letrán: “En este mundo paradójico, obsesionado por el confort material y que al mismo tiempo busca cada vez más el sentido y la identidad, Francia necesita católicos convencidos que no teman afirmar lo que son y en lo que creen”. ¿Y no es éste el contenido del llamamiento que los obispos españoles han hecho a los creyentes?.

La diferencia de fondo y forma entre Sarkozy y Rodríguez radica en el muy distinto entendimiento que ambos tienen de la laicidad en una democracia de hombres libres. “Si incontestablemente existe una moral humana independiente de la moral religiosa, sin embargo la República tiene interés en que exista también una reflexión moral inspirada en las convicciones religiosas. Primero, porque la moral laica siempre corres el riesgo de agotarse o de derivar hacia fanatismo cuando no va vinculada a una esperanza que llene la aspiración a lo infinito. Y además, porque una moral desprovista de lazos con la trascendencia está mucho más expuesta a las contingencias históricas y finalmente a la fragilidad. Como escribió Joseph Ratzinger en su obra sobre Europa, “el hombre sea la medida de la acción. El principio hoy en curso es que la capacidad del hombre sea la medida de su acción. Lo que se sabe hacer, se puede hacer”. Pero al final el peligro es que el criterio de la ética ya no sea intentar hacer lo que se debe hacer, sino hacer todo aquello que sea posible hacer. Es una enorme cuestión”.

Cuando la laicidad se convierte en laicismo, en principio dogmático de la increencia, en “La fe del ateo”, título de un reciente libro del filósofo marxista Gustavo Bueno, fustigador incansable de la deriva anticristiana y antiespañola de Rodríguez, desemboca en un rupestre totalitarismo más visceral que ideológico. O ambas cosas a la vez. Un totalitarismo de negación sistemática de los fundamentales valores humanos y del derecho a defenderlos.

CUANDO LA DEMOCRACIA DEJA DE SERLO

Y de nuevo retorno al discurso del Jefe de Estado francés: “”Conozco bien los sufrimientos que su ejecución (de la laicidad) provocó en Francia entre los católicos, entre las congregaciones antes de 1905. Sé también que la interpretación de aquella ley de 1905 como un texto de libertad, de tolerancia y de neutralidad es en parte una reconstrucción retrospectiva del pasado”. De la Revolución francesa que fue todo lo contrario.

También Rodríguez, como los legisladores franceses de 1905, esconde bajo ambigüedades y falsas apelaciones a la tolerancia y a la neutralidad una insana y retrospectiva vocación republicana. Su virulenta reacción y la de su cohorte frente a la declaración episcopal enlaza directamente con el sesgo ateísta y masónico de la II República. Lo confirma una cita de nuestro pensador José Ortega y Gasset que José María García Tuñón extrae en su comentario a la nota de los obispos en El Risco de la Nava.

Proclamó Ortega en una conferencia pronunciada en Madrid en diciembre de 1931: “Yo que no soy católico no estoy dispuesto a dejarme imponer por los mascarones de proa de un arcaico anticlericalismo. El Estado actual exige la colaboración de todos sus individuos. Por eso gobernar hoy es contar con todos para fundirlos en uno. Esta fusión se llama democracia. La democracia es el presente, pero no es que en el presente haya democracia”.

No la hubo durante la II República, parapetada tras duras mordazas a la libertad de quienes no comulgaban con sus criterios “progresistas”. Y no sólo respecto de la Iglesia y sus fieles, aunque fueran el objeto prioritario de la persecución. Me refiero a la Ley de Orden Público, a la censura de ella derivada, a la Ley de Vagos y Maleantes y a una insistente suspensión de las garantías constitucionales. Y los últimos rescoldos que restaban de las libertades democráticas fueron radicalmente aniquiladas cuando, a raíz de las bastardeadas elecciones de febrero del 36, se instauró revolucionariamente la III República o República Popular.

La agresividad anticatólica del socialismo bananero de Rodríguez y compaña succiona de un humus revolucionario muy anterior a la II República y de la que ésta se alimentaba. “Enemigos serán los que pretendan castrar á este pueblo con idioteces religiosas”, puede leerse en la declaración programática “A qué venimos” de “Vida Socialista” (num. 1, 2 de enero de 1910), escrita por su fundador y director Pablo Iglesias. Una actitud que se reitera en sus crónicas “Vida Política” del órgano socialista cuya colección conservo. Así, cuando arremete contra Canalejas, escribe (Num. 10, 6 de marzo de 1910): “ No hay, pues, que pensar en que él favorezca el movimiento de los que quieren que España se libre de la maléfica tutela de la Iglesia”.

ANIQUILAR LA IGLESIA PARA DESTRUIR ESPAÑA

EL socialismo, fuera el marxista o el ahora bananero, no sólo ha perseguido desde sus orígenes deshacerse como sea de la Iglesia católica. Su internacionalismo disgregador, fuertemente impregnado de influencias masónicas, persigue erradicar algo más que la Iglesia católica y su arraigo social. Está persuadido de que la eliminación de la religión católica en nuestro pueblo es indispensable para liquidación de España, a la que abrió sus puertas las constitución de 1978 con la creación falaz del Estado de las Autonomías en seguimiento de lo preconizado por la de 1931. También a este respecto debo apoyarme, por rudo contraste, en el discurso del Jefe del Estado francés.

“Más allá de los hechos históricos –sostuvo Sarkozy-, si Francia mantiene con la sede apostólica una relación tan particular es sobre todo porque la fe cristiana ha penetrado en profundidad la sociedad francesa, su cultura, sus paisajes, su forma de vivir, su arquitectura, su literatura. Las raíces de Francia son esencialmente cristianas. Y Francia ha aportado a la irradiación del cristianismo una contribución excepcional”.

¿Y acaso la fe católica no está tanto o más entrañada en nuestra historia y nuestra cultura que en Francia? ¿Y no ha contribuido más que ningún otro pueblo a la difusión de la fe y de la cultura hispánica a lo ancho del mundo? Privada de esas raíces cristianas, España queda en nada. Desaparece. Se esfuma. El aplastamiento de la fe católica, su reducción a minoritarias catacumbas, configura para nuestra izquierda retrógrada y de caverna el supuesto indispensable para hacer de España, sin resistencia, una figurativa nación de naciones reales. Una monstruosa balcanización tribalista cuyo ulterior desenlace sería, a no dudar, el retorno a contiendas medievales de índole taifal.

TOTALITARISMO EMBRUTECEDOR FRENTE A LIBERTAD AUTÉNTICA

Y por último, para no alargarme más, el blanco y negro entre Francia y España respecto del derecho de la Iglesia en lo relativo a la libertad en materia de educación.

Copio de Sarkozy su reconocimiento a la labor de la Iglesia católica: “Lo que quiero decirles como presidente de la República, es la importancia que otorgo a lo que ustedes hacen. Su contribución a la acción caritativa, a la defensa de los derechos del hombre y de la dignidad humana, al diálogo interreligioso, a la formación de las inteligencias y de los corazones, a la reflexión ética y filosófica es de primera importancia (…) Al dar en Francia y en el mundo este testimonio de una entrega a los otros y llena de la experiencia de Dios, crean ustedes esperanza y hacen ustedes que crezcan los sentimientos nobles. Es una suerte para nuestro país, y yo, como presidente, lo considero con mucha atención. En la transmisión de los valores y en el aprendizaje entre el bien y el mal, el profesor nunca podrá sustituir al pastor o al cura, porque siempre le faltará la radicalización del sacrificio de su vida y el carisma de un compromiso transportado por la esperanza”.

¿Y qué tenemos aquí? Un gobierno empecinado en sustraer a los padres el derecho fundamental a la educación de los hijos. Y a la Iglesia el derecho a educar en la fe cristiana a los alumnos que los padres les confían. Un gobierno que impone por las bravas a colegios públicos y privados una asignatura llamada Educación para la Ciudadanía, encaminada a convertir las futuras generaciones en masa gregaria, inmoral, hedonista, mediocre, aborregada, encerdada, sumisa e incapaz de rebelarse contra el Gran Hermano que busca tiranizarlas. Aunque con veinticuatro años de retraso, a España parece llega la hora de sumergirse en la más sórdida e inhumana de las tiranías. Aquella que Orwell, escarmentado tras su experiencia en la sovietizada República Roja, anticipaba en su novela, nada fantasiosa, “1984”.

Pero tanto o más pernicioso es que la FERE, amén de dos congregaciones religiosas que parecen haber perdido el camino señalado por sus fundadores, se avengan a doblar la cerviz y prostituir el alma de sus alumnos aceptando, con ligeros retoques encubridores, la asignatura EpC. Más que como católicos que no teman afirmar su fe, se comportan como mercaderes temerosos de perder las subvenciones. Su cobardía contemporizadora les sitúa fuera de la Iglesia militante. De nada parece haberles servido la lección de los muchos miles de mártires por la fe.

EL EPISCOPADO CUMPLIÓ CON SU DEBER ADOCTRINADOR

LA Comisión Permanente no ha sido imprudente, como los enemigos de izquierda y los timoratos de derecha pretenden hacernos creer. Ha cumplido con su deber de alertar a la grey. No para que voten al Partido Popular, sino para que lo hagan con fidelidad al mandato evangélico y a la inequívoca doctrina de la Iglesia.

Una lectura rigurosa de la Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española de noviembre de 2006 y del recordatorio que de la misma hace la Nota de la Comisión Permanente del 30 de enero de 1938, no sólo pone en entredicho la presunción católica de esos 600. 000 que el P(SOE) les atribuye, pues no se puede estar a un mismo tiempo con la Iglesia y contra la Iglesia. Tampoco es admisible el fariseísmo de partidos secesiones que, como los de CiU, se dicen católicos.

Esa lectura pone en evidencia, asimismo, algunas de las elusiones, dejaciones y consentimientos del Partido Popular. Dice estar a partir un piñón con Sarkozy. Pero carece de valor para sostener con igual gallardía a la de éste, pese ser cuando menos agnóstico, los valores cristianos de nuestro pueblo y los grandes servicios de todo orden que la Iglesia presta a la sociedad. También a los conservadores que se pasan de cautos afecta la Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, a la que, como era previsible, ha respaldado la Santa Sede frente a las amenazas de los energúmenos que rodean y siguen a Rodríguez.

CON Z DE ZARRAPASTRO

EN uno de sus sustanciosas artículos glosaba el limpio escritor y español íntegro Aquilino Duque , publicado en El Risco de la Nava, glosaba las páginas que el profesor Gonzalo Sobejano dedicaba al general Burguete en el libro “Nietzsche en España”. Partidario exaltado Burguete de un totalitarismo regeneracionista, terminó al servicio del totalitarismo rojo durante la guerra. Uno de los libros de Burguete se titulaba “Así hablaba Zorrapastro”. Burguete, aclara Aquilino Duque, “ no caricaturiza al personaje de Nietzsche, sino que procura adaptarlo a tierra de garbanzos y da a entender de paso que es una reencarnación de la zorra y el cerdo. Y es este ejemplar zoológico el que predica “el culto a la personalidad egregia”. Duque se pregunta para cerrar su incisiva glosa: “Será por ventura ZP el Zarrapastro que pedía Burguete?”.

Frente a cualesquiera Zarrapastros que mantienen una insidiosa persecución actual contra la fe católica, sin reparar en medios, los creyentes estamos en el deber, no sólo moral, de dar testimonio de nuestras creencias con serena, vigorosa y esperanzada valentía. Lo necesita la Iglesia. Lo exige el futuro de España. Y seremos también bienaventurados.
http://www.vistazoalaprensa.com/firmas_art.asp?id=4436

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