jueves, febrero 14, 2008

Felix Arbolí, El poder y la grandeza del amor

jueves 14 de febrero de 2008
El poder y la grandeza del amor

Félix Arbolí

“A las mujeres que en este día esperan una mirada especial,
a las que han olvidado el significado de un beso con amor,
y a las que lloran la ausencia del compañero y amante.
A Maribel, a mi madre y a las que son y fueron capaces
de hacerme sentir querido y enamorado.
A todas ellas, mi modesto homenaje.”

HOY, precisamente, caprichos del azar, se celebra el día de San Valentín, el popular “día de los enamorados”. Pero, ¿es que necesitan los enamorados un día especial para demostrar su amor?. Creo que el que ama de verdad no necesita fecha ni circunstancias especiales para expresarlo y manifestarlo. Es un sentimiento tan arraigado, tan íntimamente unido a la persona como su misma piel. Me refiero al amor de verdad, al que no admite limitaciones, ni condiciones y no está expuesto a las veleidades del azar, porque se trata del que perdura más allá de la vida, ya que ni la misma muerte es capaz de vencer y hacerlo olvidar. El amor que hace a uno desear morir antes que la persona amada, pues mucho peor que los oscuros y siniestros misterios del Más Allá, es la ausencia definitiva del ser amado. El sentirse muerto en vida, porque la ilusión de sus ilusiones, valga la redundancia, le ha dejado para siempre.

Contra el criterio general, no fueron conveniencias comerciales las que idearon esta festividad y su hermoso simbolismo, aunque posiblemente aprovecharan tan oportuna coyuntura para propagarla y convertirla en fecha obligatoria de regalos y pases por caja con efectivo o tarjetas. Siempre hay algún aprovechado que se une al carro de nuestros delirios, sentimientos y querencias en su propio beneficio. Nada que ver con lo que pretendía la tradición cristiana.

Según la Historia, fue un catorce de febrero del año 269 cuando se decapitó a un cristiano llamado Valentín, por negarse a adorar a los ídolos. Era una figura muy querida de niños y jóvenes en su época que le mandaban notas y cartas durante su cautiverio a través de las rejas. De ahí la tradición de las populares tarjetas que se envían en estas fechas. Incluso curó la ceguera a la hija de su carcelero. (Un bonito acto de amor). Se habla de Valentín, como el monje que casaba a los jóvenes para librarlos de ir a la guerra, ya que el emperador era partidario de reclutar soldados solteros por creer que lucharían mejor. El amor de nuevo relacionado con la figura de San Valentín, a quien el Papa Gelasio I proclamó “Patrono de los enamorados” en el año 496. Cuando aún los ascendientes del desaparecido y entrañable Pepín Fernández, el fundador de Galerías Preciados y pionero de la fiebre de los grandes almacenes, aún no figurarían en el censo de los nacidos en Iberia
.
El simbolismo de este día, ha estado presente en multitud de historias y leyendas de todas las épocas relacionadas con el amor. Según la tradición inglesa es el día en el que las aves eligen a su pareja para procrear. El inicio de su vida amorosa. Hasta Shakespeare, se ocupa de esta fecha en Hamlet, cuando pone en boca de Ofelia “Mañana es el día de San Valentín, temprano, al amanecer, yo estaré en tu balcón y tu enamorada seré”. No garantizo la exactitud de esta trascripción ya que no tengo el original delante. De lo que no tengo la menor duda es sobre la consagración de este día al amor en diferentes épocas, circunstancias y maneras. Normalmente, nos referimos al amor de la pareja. El que surge entre el hombre y la mujer, aunque actualmente el abanico se haya abierto a otras situaciones.

El amor es un sentimiento tan hermoso y profundo que no debe limitarse a una fecha, ni referirse al tiempo que convivimos con una persona a la que amamos y con la que hemos unidos nuestras vidas hasta que la muerte nos separe, sino que debe permanecer unido a nuestros más fuertes y sinceros sentimientos más allá del trágico momento en que se produce la ausencia indefinida que nos priva del ser amado. Porque se trata de una separación física solamente pues su recuerdo y añoranza permanecerán fijos en una constante demostración de nuestra fidelidad prometida.

Enamorarse se entiende generalmente como el hecho de sentir amor hacia una persona determinada. Éste es su sentido más comúnmente aceptado. Pero según el diccionario el concepto de enamorarse abarca también a sentir amor y entusiasmo por alguna cosa. Yo me atrevería a puntualizar y exponer que es un sentimiento profundo hacia todo lo que queremos, admiramos y ansiamos cuando no lo tenemos cerca o no podemos alcanzarlo. Y ampliaría mi teoría no solo al amor de la novia o la esposa, las principales protagonistas de esta “dulce enfermedad”, sino al amor a los hijos, a los padres, hermanos y todos cuanto participan del concepto familiar. Amor a la Patria y su Bandera por que las que estaríamos siempre dispuestos a los mayores sacrificios, incluso el de la propia vida. Yo puedo asegurar que estoy enamorado de mi Patria y la Bandera que la representa. Amor, como no, a la vida, agradeciendo a Dios tanta bondad y generosidad. Amor a la Naturaleza, la música, al arte en todas sus facetas, a la escritura y lectura, como exponentes de una belleza y perfección que Dios nos ha regalado para hacernos más leve y confortable nuestro paseo por esta valle de lágrimas. En resumidas consideraciones a todo aquello que nos hace experimentar el inmenso placer de ser dioses, (con minúscula), porque fuimos hechos a semejanza de nuestro Creador y podemos gozar de tantas maravillas y generosidades de su parte. No olvidemos que existimos porque Dios nos ama. .

Alguien dijo que el hombre solo muere cuando deja de amar, porque el amor es la esencia de la vida y su condición le hace no envejecer jamás. Mientras seamos capaces de amar y sentirnos amados, nos sentiremos llenos de vida y facultades. Nos creeremos inmortales. Sabemos que existiremos más allá de nuestros límites humanos en el recuerdo de todos aquellos que nos amaron y a los que dimos nuestro amor. Solo el que no ama está muerto. Sin amor no existe vida, sino una sucesión de incongruencias, distintas circunstancias y extraños complejos que nos convierten en seres errantes y solitarios. Cuando se ama de verdad, ni aún la muerte con su poder de aniquilamiento y obligada ausencia del ser amado, es capaz de eliminar este sentimiento que se incrusta en nuestro corazón y se transforma en nuestra sombra, para hacerse imperecedero. La vida no es nada sin sueños y amar es el sueño más maravilloso que podemos gozar al estar por encima de todas las sensaciones. Es lo que realmente necesitamos para que nuestra existencia tenga sentido. Fernando Pessoa escribió “!Rodéate de rosas, ama, bebe y calla. Lo demás…es nada!. Yo, con permiso del escritor, hasta me atrevería a suprimir las rosas y el beber y me quedaría con el amor y el silencio.

El secreto de la salud mental y corporal está en sentirse enamorado y ser correspondido. Es el estado ideal que hace al hombre diferente al resto de las criaturas, inmune a las posibles desgracias si éstas no amenazan ese amor y esperanzado en un futuro en el que sabe y le consta que nunca estará solo ni se sentirá defraudado. Cuando desaparece para siempre uno de los protagonistas de un gran amor, pocos se dan cuenta que el sepulturero está enterrando dos corazones en un mismo ataúd. Porque si el amor es auténtico, hasta la muerte respeta ese pacto sentimental que se juró eterno.

Yo soy un enamorado compulsivo. He nacido para amar y siempre he pretendido ser amado. Es mi gran virtud y mi tremendo defecto. No he tenido muchas oportunidades de disfrutar del amor. Quizás el fallo ha sido en que me he entregado por completo, a corazón abierto, a las personas que no lo merecían. No me ha importado suplicar y humillarme, incluso llorar, por ese amor que me negaban o daban por terminado, en el que yo había depositado lo más noble y auténtico de mi persona y sentimientos. He sufrido como espinas de rosales los desplantes, indiferencias y negativas de esas personas a las que había llegado a querer más que a mi propia vida y hasta en el colmo de mi desesperación me he revuelto contra Dios por quitarme ese inmenso regalo que antes me había ofrecido. Le he gritado mi dolor y me he considerado el hombre más desgraciado del mundo, sin ganas ni alientos para continuar mis andanzas por un mundo tan lleno de desgracias. Hasta he llegado a contemplar la muerte como una solución y la única forma de liberarme de esa desesperación que me atormentaba y consumía.

Hoy, a cincuenta años de distancia, felizmente casado y enamorado como un cadete de la mujer que acompaña mis días, gozos y penas, me acuerdo de ese gran amor que endulzó y amargó los años de mi juventud. El recuerdo de Pilar, mi primer y gran amor, jamás he podido sacarlo de mi mente. Solo la muerte me proporcionará la amnesia necesaria para tranquilizar mis pensamientos sobre ese pasado tan injusto y doloroso. Pero, ya lo dice el refrán “Dios aprieta, pero no ahoga” y a ese gran amor tan desesperadamente recordado, sucedieron una serie de aventuras con más o menos calado sentimental, hasta llegar a la sublimación con el actual. Ahora comprendo el por qué Dios escribe derecho con los renglones torcidos. Gracias al fallo del pasado he alcanzado el pleno en el presente.

Las heridas del amor no se curan del todo. Solo se cicatrizan superficialmente. El dolor ante la muerte de una madre, un hijo, hermano, o cualquier persona a la que nos unía un cariño especial y sincero, es difícil de soportar, aceptar y resignar. El tiempo podrá ocultarlo a los ojos ajenos, pero el que lo padece lo llevará en su interior como un apretado cilicio que le mortificará constantemente su angustiado corazón. No hay medicina capaz de sanarlo. Los años y esos otros amores que continuaremos disfrutando podrán aminorar sus negativos efectos, pero jamás podrán borrar totalmente las huellas y cicatrices dejadas por el que se fue definitivamente. No digamos si la ausencia se refiere a la persona que comparte nuestra vida y circunstancias. No me extraña que se den casos en que a la muerte de él o de ella, siga en escaso tiempo la del superviviente, cuando la capacidad de aguantar el sufrimiento se hace inaguantablemente espantosa.

El mejor regalo que puedes hacer a ese ser que tanto quieres y del que tanto recibes, no es esa joya, vestido o regalo que se puede comprar en cualquier fecha, sin necesidad de consultar al calendario, sino mirarle a los ojos al iniciarse este día, con todo el amor del que seas capaz de expresar en una mirada, apretarle las manos con pasión y decirle con el gesto y la expresión, más que con palabras, que le quieres. Sencillamente, eso, que le quieres. No hay forma más sencilla y hermosa de demostrarle tu amor. Ese debe ser tu San Valentín. A lo sumo, une a la acción, el detalle de una simple rosa roja a la que has tenido la precaución a arrancarle las espinas.

http://www.vistazoalaprensa.com/firmas_art.asp?id=4445

No hay comentarios: