jueves 14 de febrero de 2008
Un vampiro despistado
Carmen Planchuelo
C UANDO yo no era más que un “alevín” de bibliotecaria, recuerdo que me encargaron revisar un legado de esos que las bibliotecas recibimos cuando un profesor de la universidad se jubila. De esto hace muchos años pero tengo claros en mi memoria los días que pasé en el Deposito nº 3 sacando libros, revistas y separatas de las cajas de cartón. Por lo que deduje de aquel fondo bibliográfico, el jubilado académico había dedicado parte de su vida, cómo investigador, a la literatura fantástica y dentro de esta al mundo de ultratumba.
En aquel apartado lugar de la biblioteca, sólo iluminado por la lechosa luz eléctrica del techo entré en contacto con una serie de autores para mi desconocidos hasta ese momento: Augustin Calmet, Cyprien Berard, Montague Summers y con otros más familiares como Byron, Bram Stoker, Le Fanu. Mi misión no era documentarme sobre tan atractiva y turbadora materia (que para eso ya estaban las bibliotecarias de “verdad”) sino ordenar alfabéticamente todos aquellos libros en las estanterías preparadas para ello y fue así, cuando encaramada en el ultimo peldaño de la escalera, de uno de los libros que tenia que colocar, si no recuerdo la Berenice de Poe, cayeron unas cuartillas que revoloteando llegaron al suelo. Se me había advertido de la importancia de todo lo que contuviera aquel legado, especialmente de las cartas, papeles sueltos o cualquier otra cosa que durmiera el sueño de los años entre las hojas de aquellos fondos. Nunca se sabe qué tesoros pueden permanecer escondidos entre las amarillentas hojas de los viejos documentos. Después de unos momentos de incertidumbre y pánico, pues las hojas no aparecían, las encontré medio escondidas bajo una de las estanterías. Eran unos folios doblados, de papel de seda tan finos que los trazos de las letras se adivinaban a pesar de no estar la escritura a la vista... la curiosidad en una bibliotecaria no es un defecto, según se me había enseñando, sino una virtud y ¿quién se niega a practicar la virtud? Así que desdoble las hojas con cierta ceremonia y también con algo de temor y esto es lo que encontré, una especie de carta o de cuento o de relato escrito con letra clara, azul noche y picuda igualita a la de mi colegio:
“Según los cuentos, mitos y leyendas los vampiros son unos seres que muerden el cuello de los vivos y les chupan la sangre, una vez ingerido el elixir, estos seres de la noche se sienten renacer. Llenos de “vida” y vigor pues sin sangre fresca la existencia les es imposible; sin embargo la víctima ingresa en otro mundo que nos se sabe muy bien si es de muerte o de muerte viva.
Hay por ahí un vampirillo, creado por una autora inglesa que sin embargo es la antítesis del vampiro de siempre. Muerde pero con su mordisco en lugar de contagiarte muerte y absorber tu sangre, lo que hace es quitarte problemas, penas y preocupaciones.
Dando vueltas por el mundo, quizás en algún lugar perdido de la misteriosa Transilvania -¿dónde si no?, conocí un vampiro muy particular que con su primer mordisco, no en mi cuello, sino en medio de mi corazón y de mi imaginación, me insufló ilusión, absorbió mis penas y contagió de ardor mi sangre. Agazapada bajos sus alas protectoras, me llevó a un lugar de luz fosforescente, de flores pálidas y de noches en perfecta comunión de esas de secretos compartidos y placeres al unísono. Este ser fantástico era tan maravilloso y extraño como las rosas negras, melancólico como los atardeceres de otoño y apasionado como sólo lo es el que sabe de la fugacidad de la existencia; sin embargo también era imprevisible como la primavera.
Unas veces -la mayoría, en su mordisco había miel y hechizos; otras- muy pocas, hiel o restos de sabores venenosos destiladas por cuellos amargos (no dulces como el mío) procedentes de quien sabe que pestilentes tugurios. En sus poderosos dientes quedaban mezcladas las sangres de sus distintas victimas. Era un vampiro atípico pues volaba de noche y también de día. Sin dudar, su reino era la noche, en ella se orientaba y no se perdía. En la oscuridad sus ojos brillaban como faros y encontraba los lugares donde obtener sangre pura, limpia y vivificante, la sabia que hacía sus ojos relucir y penetrar en las sombras, su cuerpo embellecerse y colmarse de vigor con el que subyugar y poseer, su corazón latir con fuerza y extender su poderosa sombra por doquier. En la noche su volar era tan alto que podía llegar a las estrellas, colgarse de un pico de la Luna y sentirse pleno en su volar; sus alas se desplegaban con toda la majestad que le es propia y aunque infundiera temor también emanaba de él seducción y por eso las más cándidas victimas se le ofrecían sin resistencia y con la mejor de sus sonrisas levantaban voluptuosas sus melenas, lisas o rizadas, para que él sin el más mínimo esfuerzo posara sus dientes y mordiera con fruición y bebiera hasta sentirse saciado. Los cuellos cual tallos de flor se inclinaban ante el guardián de la noche, los labios anhelantes se inflamaban de deseo de ser besados. Sin embargo en su volar diurno era torpe, cegado por la luz del día elegía victimas vulgares, endurecidas por la lucha diaria, miserables y de cortas miras, animalillos que se arrastraban al nivel del suelo y que jamás levantaban ni los ojos ni el corazón por encima de sus pobres existencias. Sus sangres eran pálidas, carecían de nutrientes y sólo calmaban un momento de sed, la necesitad imperiosa de un momento de urgencia... pero su veneno duraba un tiempo, como las babas de los reptiles. Bajo su efecto el vampiro daba tumbos, se golpeaba contra las paredes, chocaba contra todo lo que a su paso surgía, sus oídos tan finos en la noche se aturdían con el ruido de las palabras de reproche, con los gritos, la ciudad le hacia enloquecer; y era entonces cuando sus dientes se clavaban haciendo daño sin dar placer y el desorden nadaba por su ser. El vampiro de día era cruel, más que por maldad por miedo y aturdimiento.
A mí me daba mucha pena este pobre vampiro cuando se despistaba porque sé que la luz del día le cegaba, que sus radares no funcionaban, que el miedo a las mil amenazas diurnas le transformaban en un ser dañino incapaz de ver más lejos de el fogonazo cegador... pero también me producía cierto temor cuando sus dientes conservaban las babas del día y por eso cuando esto ocurría yo guardaba silencio o me ocultaba en la florestas y ponía a funcionar la poca o mucha racionalidad de la que una ha sido dotada. Me acolchaba el corazón.
Cuando el efecto del veneno pasaba, el vampiro volvía a la búsqueda de sangres limpias que le vivificasen y de nuevo se transformaba en seductor, romántico, oscuro poseedor del embrujo de la noche y su frío cuerpo volvía a contagiar calor... entonces me acercaba despacito a su lugar de reposo, a ofrecerle mi ser, con un rumor de suspiros leves como el relente del anochecer. Jamás se me ocurrió presentarme ante él con un reproche o una advertencia pues de una dentellada horrible sé que me rompería el corazón y yo lo guardo con mimo para dárselo alegremente no para que lo destruya”
No había más hojas, tan sólo eran dos en las que por ningún sitio aparecían nombres, fechas, explicaciones. Durante un rato me quedé sentada en el suelo con las hojas en el regazo, al pie de la escalera, rodeada de cajas de todos los tamaños, completamente absorta en tan extraño escrito. Durante el tiempo que me tocó trabajar en aquel lugar, todo un verano, revisé a conciencia cada libro, cada revista, en busca de algo que me aclarara el misterio de las hojas azules de letra picuda ¿se puede una enamorar de un vampiro?. No encontré nada mas relacionado con el escrito pero desde entonces este extraño, morboso y seductor mundo de lo que no se ve, no he dejado de perturbarme y sigo preguntándome si un vampiro te pude hacer suya sólo con penetrar en tu imaginación....
http://www.vistazoalaprensa.com/firmas_art.asp?id=4443
jueves, febrero 14, 2008
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1 comentario:
Hola, Carmen. Yo también trabajé en una biblioteca en mis años mozos. Tan jugoso y fluído tu relato, como la sangre que chupan los vampiros; tan de moda ahora, que un nieto de Stoker acaba de continuar la célebre novela.
Un saludo de 'tu primo de valencia' Francisco Planchuelo Uría.
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