miércoles, octubre 03, 2007

Felix Arbolí, La monarquia cuestionada

jueves 4 de octubre de 2007
La monarquía cuestionada
Félix Arbolí
A CTUALMENTE y de manera reiterativa estamos asistiendo, con excesiva indiferencia, a una serie de actos, manifestaciones, quemas de banderas españolas y retratos de los Reyes, más o menos numerosas, que tienen sorprendidos y “mosqueados” a los ciudadanos de a pie, sin etiquetajes políticos, ni hipotecadas libertades. Conste y aclaro de antemano, que no he sido, ni me considero monárquico convencido, ya que los de mi generación, por las filiaciones políticas imperantes entonces, habíamos sido educados en un ambiente contrario a las adhesiones a Testas coronadas y el vaporoso mundo de la sangre azul. Vivíamos en una época donde lo normal era acusar a los Borbones de ser nefastos para España y pésimos gobernantes. Este ambiente estaba impulsado y alentado por el propio gobierno contra todo lo que se relacionaba con la Corona. Sobre todo si se hablaba del Conde de Barcelona, al que Franco, ignoro por qué causa, aunque me lo figuro, le tenía verdadera inquina. Lo acusaba hasta de masón. En más de una ocasión he visto manifestaciones por la calle Alcalá gritando consignas contra esta Dinastía y Don Juan de Borbón, ante la indiferencia no ya solo del viandante, sino de los “grises” que se cruzaban en su camino o la seguían a distancia para evitar incidentes. Era una juventud constantemente adoctrinada, que seguía las consignas recibidas sin la menor vacilación, porque creía que en ellas radicaba la verdad y era lo mejor para esa nueva España, surgida tras la guerra. Yo era uno de ellos. Luego llega Franco e instaura, no restaura, que esto es muy importante para defensores y detractores, una “nueva” Monarquía, nacida a la sombra y bajo la protección del “l8 de Julio” y su glorioso Movimiento Nacional y elige como candidato a ocupar el Trono, cuando él haya pasado a mejor o peor vida, al príncipe Don Juan Carlos, el hijo varón de Don Juan, saltándose los derechos de éste, que era el legítimo heredero y Jefe de la Casa Real Española. Con ello quiso dejar en claro que se trataba de una nueva Monarquía, fundada por él y no la renovación de la existente antes de la proclamación de la República. La elección coge por sorpresa, a los otros aspirantes al Trono, tanto al pretendiente carlista, que alentado por los tradicionalistas que lucharon junto a Franco en la guerra civil se consideraba con ciertos derechos a encabezar esa nueva Institución y también los partidarios de Don Alfonso de Borbón Dampierre, que al casarse con la nieta del Caudillo, se había forjado ilusiones de que sería el favorecido, incluso con el apoyo de algunos ministros y políticos, más empeñados en dar coba al abuelo que fundamentos a lo lógico y razonable. ¿Quién mejor que su nieto político y su nieta para formar esta nueva dinastía?. Pero Franco, dando ejemplo una vez más de sus sorpresivas decisiones, elige como sucesor con el título de Rey, al joven príncipe que ya estudiaba entre nosotros y era educado y preparado por los tutores elegidos por el propio Jefe del Estado, para hacerlo a su imagen y semejanza política e idealista. Esta elección, proclamada ante las Cortes y clamorosamente aceptada por los Procuradores, como era lo habitual cuando se trataba de una decisión del “manda mas”, tuvo en contra a los monárquicos legitimistas, a la Falange y a los candidatos, que veían desaparecer sus esperanzas e ilusiones. Los monárquicos protestan por el salto en la sucesión, omitiendo al que ellos consideraban su único y legítimo Rey, Don Juan III, (así denominado, incluso posteriormente), al que consideraban el único con derecho a ocupar ese Trono por historia, sucesión y legitimación. Los falangistas se muestran contrarios a la instauración de la Monarquía, ya que según las versiones doctrinales y oficiales que les habían estado inculcando, era la causante de los males de España y el origen de la pasada contienda fratricida, ante la “huída” de Alfonso XIII, del Trono y del país. En el Ejército, había reacciones muy variadas, aunque el franquismo era la idea dominante entre sus mandos y aceptaban sin reaccionar las decisiones del Jefe del Estado. Solo la Marina, en especial la oficialidad y mandos superiores, se mostraba más adicta a este nuevo Régimen, ya que el sentimiento monárquico siempre ha estado vigente en esta institución militar. Y a la muerte de Franco, don Juan Carlos es proclamado automáticamente Rey ante las Cortes, aunque Rodríguez de Valcárcel, su presidente, le hiciera jurar solemnemente fidelidad a los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. Algo que supongo no le haría mucha gracia al monarca, ya que no tardó en sustituirlo por Torcuato Fernández Miranda, su antiguo profesor e hizo lo mismo con Carlos Arias Navarro, (dada la nula simpatía existente entre ambos desde que solo era Príncipe), en la jefatura del gobierno por Adolfo Suárez. Los jerifaltes de esa nueva España, estaban convencidos que el nuevo Régimen era una simple continuación del anterior, aunque cambiara el titular de la Jefatura del Estado y éste quedara convertido en Reino. La instauración, no se convirtió en restauración hasta el momento en que el Conde de Barcelona abdicara solemnemente de sus derechos a favor de su hijo y éste ostentara la Corona como legítimo sucesor de la Monarquía y no del General que había gobernado España hasta el momento de su muerte. La llegada del nuevo y joven Rey, fue seguida con inusitada expectación y recelo hasta que el pueblo pudo apreciar su nueva manera de gobernar exenta de autoritarismo y despotismo. Le agradaban esos jóvenes monarcas que se mezclaban con el público, saludaban efusivos y cariñosos sin la menor altanería y distanciamiento y rompían el protocolo de pasada épocas al mezclarse entre la multitud que les aclamaba entusiasmada. El nuevo Régimen, rompiendo tabúes y eliminando temores, trajo la esperanza a toda una nación que vio surgir un nuevo y alentador panorama político, con la restauración de los partidos políticos, la convocatoria de elecciones generales para designar sus gobernantes y representantes legales, ya pasó la época del dedo, y la constitución de unas Cortes Constituyentes donde se fraguaran y arbitraran todas las medidas tendentes a mejorar el futuro de la nación y garantizar el cumplimiento de las normas establecidas previa consulta y aprobación de todos los ciudadanos sin excepción. Don Juan Carlos gozó de una popularidad y simpatía general, sin exclusión de los grupos y partidos de la izquierda, tradicionalmente antimonárquicos, que vieron en el joven monarca la posibilidad de limar asperezas y olvidar antiguos rencores y agravios. Fue la época más ilusionada y bonita de la ejemplar transición que experimentaba el país. La figura del Rey era intocable y sus salidas y viajes oficiales a cualquier lugar de España, estaban acompañadas siempre de un enorme entusiasmo popular. El delegó sus atribuciones mandatarias en el gobierno elegido por el pueblo y se constituyó en el árbitro imparcial de la situación y según la Constitución, en el jefe supremo de las Fuerzas Armadas, aunque este cargo a la hora de la realidad fuera más honorífico y de cara a la galería y el protocolo, que a un mando efectivo y decisivo. Ahora, hasta ese carácter le quieren suprimir los que se afanan en desbaratar todo lo conseguido y los esfuerzos realizados para una España en paz y armonía ciudadana. Actualmente, es del dominio público y constante referencia en la prensa y noticiarios televisivos y hasta emisoras de radio que deberían ser más cautas a la hora de seleccionar sus comentarios y encuestas, dada la Institución que “no es de este mundo” a la que pertenecen, que se afanan en poner en solfa a la cuestión monárquica y destacar bastante más hinchadas de lo que es la realidad las protestas callejeras antimonárquicas. Es una campaña bien orquestada y programada que intenta “beatificar” a la República y endemoniar a la Monarquía, con el apoyo “desinteresado” de ocultas sociedades y personajes que aspiran a regresar a las épocas donde todo lo absurdo era normal y lo correcto anatematizado. Se habla ya sin el menor pudor, ni miramiento, de los errores de la Institución que encabeza el Rey y se le critica a éste abiertamente su posible indiferencia ante los asuntos tan graves que afligen a España (donde opino que debería intervenir con decisión y valentía, ahora que aún está a tiempo), e incluso aspectos más íntimos y personales que deberían ser respetados, ya que todos tenemos derecho a defender y reclamar nuestra intimidad. Se queman sus fotos, aparecen banderas republicanas sin que sus portadores sean reprendidos, (como hicieron los suyos con los símbolos monárquicos y religiosos cuando acaparaban el poder), y se quema la Bandera nacional, símbolo de la Patria de todos los españoles, sin que lleguen a molestar al desgraciado que lo hace. Eso me recuerda pasadas épocas de trágico desenlace y duras represalias. Así empezaron las cosas Comprendo que la Familia Real, cada vez más numerosa y menos activa, no sea del agrado de todos los ciudadanos. A nadie le gusta pagar lujos y caprichos de hijos, hermanas, yernos, nueras y nietos que incrementan excesivamente el gasto presupuestario de la Casa Real. Una cosa son los gastos de los Reyes y hasta si me apuran de los Príncipes de Asturias, como sucesores de la Coronal y otra la de del resto de la familia, cada día más numerosa y ociosa. Sin meternos en las aventuras de enchufismos y bagatelas que miembros del gobierno ofrecen a sus miembros más o menos destacados e incluso de nuevo cuño y condición social en atención al monarca. Este espectáculo aireado “inocentemente” por los que blasonan defender al Rey y aceptar a la Monarquía, da pie a que los enemigos de la Institución obtengan material suficiente para desacreditarla y atacarla. No hay que obviar que los que hablan de los gastos ocasionados por la Familia Real, incluidos políticos apoltronados y excesivamente remunerados, no hacen cuentas de lo que supondría el mantenimiento de un Presidente de la República con toda su corte de secretarios, dignatarios y enchufados, así como atenciones con los familiares , a los que no iban a dejar en la estacada gozando del máximo poder. Tampoco cuentan ni razonan que la formación de tantos gobiernos regionales, llamados comunidades, países y naciones, vaya usted a saber, supone un desembolso económico tremendo, muy superior y mucho más amenazante que en la época anterior, a pesar de lo que hubiera podido “chupar” la familia Franco. Y nadie protesta por ello, ya que a los apaniguados les interesa silenciar estas cosas. Las matemáticas no fallan, aunque si parece que lo hace la memoria. Los que hemos vivido la etapa de la República, con sus debilidades, abusos represivos, enfrentamientos callejeros, destrucción del sentimiento religioso y encono del ciudadano normal ante las tropelías que se cometieron en nombre de la “sacrosanta y proclamada libertad”, no podemos sentirnos tranquilos ante el panorama que estamos viviendo de exaltación de un Régimen que fue nefasto para la convivencia entre los españoles y origen o causa de una posterior y horrible guerra civil, que a nadie satisfizo, pues no es posible celebrar con entusiasmo la pérdida de un familiar en una lucha entre hermanos. No tenemos el fanatismo de los seguidores de Al Qaida que mueren felices matando al prójimo inocente, en el nombre de su Dios. Nuestra Inquisición ya es historia pasada, gracias a Dios, y hoy la verdadera Iglesia de Cristo, tiene fórmulas mejores y más eficaces para afianzar sus creencias y contrarrestar las herejías, aunque algunos de sus miembros más o menos destacados no sean ejemplares en el desempeño de su misión e impidan alcanzar los resultados que se persiguen. Repasando nuestra reciente historia con imparcialidad, los defensores de esa llamada III República parecen olvidar o intentan que lo hagamos los demás, que aquél Régimen legalmente constituido, de acuerdo al resultado de las elecciones celebradas el 14 de abril de 193l, pasados los primeros tiempos de entusiasmo y esperanza por parte de la ciudadanía que creyeron en un futuro mejor y en una sociedad más justa, se convirtió en un desmadre total que ni los propios y sorprendidos gobernantes fueron capaces de controlar. Y el populacho, que no el pueblo, se convirtió en dueño absoluto de vidas, haciendas, derechos y libertades sin que ni los propios militantes de los partidos en el poder pudieran sentirse seguros del chivatazo, la calumniosa traición o la venganza personal, para salvar su integridad. Fue una situación insostenible y espantosa en la que nadie se sentía inmunizado. Salimos de Málaga y habíamos entrado en Malagón. Posteriormente, ese descontrol se hace total cuando a causa de la coalición de los partidos de izquierda se forma el Frente Popular, que triunfa de forma un tanto anómala en las elecciones de febrero 1936 y que tenía más de frente que de popular. Esta nueva formación que se alza con el poder en el gobierno y en los municipios hizo que la situación se volviera extremadamente peligrosa, ya que ni entre los mismos grupos que lo formaban reinaba la armonía y se libraban duros y hasta sangrientos enfrentamientos entre ellos. No fueron buenos compañeros de viaje cuando se instalaron en el gobierno. La Historia nos lo demuestra ampliamente. Recuérdese el mes de mayo de 1937, en Barcelona, entre el anarcosindicalismo de la CNT y POUM (Partido del Movimiento Unificado Marxista), herederos de Lenin , simpatizantes del troskismo y antiestalinistas acérrimos, que no solo consideraban enemigos a la derecha, sino también a sus propios compañeros de viaje, que eran los comunistas estalinistas, el PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) y los republicanos de izquierda, cuyo único objetivo era la lucha antifascista y su fidelidad a la URSS. Los primeros propugnaban la revolución al estilo de la rusa de 1917 y la guerra no solo contra los llamados fascistas, sino contra sus camaradas de coalición que no fueran adictos a sus postulados leninistas y antiestalinistas, a los que incluso consideraban aliados de Berlín. Como se puede entender, un panorama nada tranquilizante y favorecedor para los gobernantes y dirigentes de una República que hacía agua por todos los ángulos y se vio desbordada por los aciagos acontecimientos de cada día, hasta dar lugar al duro y cruento enfrentamiento de una guerra civil. No fue, como intentan presentárnoslo los voceras de la política sesgada actual, la traicionera rebelión del Ejército contra el poder legítimamente constituido, sino el hartazgo de una ciudadanía compuesta por militares, (no todos, díganlo con valentía, que también gran parte del mismo quedó en el otro bando), junto a partidos políticos, tanto monárquicos como republicanos, sí republicanos, disconformes con la nefasta política gubernamental, y todos los que pertenecientes a muy distintas tendencias e ideologías políticas, se sintieron engañados con la traición a los principios cívicos y políticos que habían impulsado el nuevo Régimen. Ese cambio de Institución que el pueblo había saludado con entusiasmo y que la intolerancia, radicalización y hasta la cobarde debilidad de sus líderes, había desacreditado totalmente. Porque el alzamiento no fue contra la República, entiéndanlo bien los neófitos de este nuevo desorden tan ordenado que nos acosa actualmente por todas partes, sino contra un mal gobierno que estaba llevando a España a la pérdida de su identidad y unidad nacional, al encono y rencor entre los españoles y a la ruina total, moral y económica. No se por qué éstas circunstancias me vuelven a resultar argumentos muy manejados actualmente. Dicen que la Historia forma parte de un ciclo que se repite de continuo, si no somos capaces de reaccionar a tiempo para evitarlo. Decir que la guerra fue un alzamiento del Ejército contra el gobierno legítimamente constituido, no es exacto, ya que no fue solo parte del ejército, los que se alzaron, sino otros muchos grupos y ciudadanos que no estaban dispuestos a soportar por más tiempo esa evidente demolición de la Patria, como tampoco es lícito y honesto afirmar que en el otro bando estaban solo los antipatrias y destructores del orden. En ambas trincheras hubo sus lógicas excepciones nada minimizadas, por supuesto. Un ambiente bastante enrarecido y peligroso que los supervivientes de esas nefastas y tristes circunstancias vemos con verdadero temor el como algunos insensatos y mal nacidos, excesivos a mi parecer, se empeñan en revivir y alentar ese horrible pasado, entre una juventud ajena a aquellos tiempos e incluso a la pasada época franquista. Nadie que haya vivido esos trágicos e infernales momentos puede observar con imparcialidad y confianza la situación política actual, que gobernantes sin escrúpulos e irresponsables e intereses bastardos de ocultas instituciones y grupúsculos, nos están provocando solapada pero muy eficazmente, sin que se alce una voz autorizada, o institución importante que levante el clamor popular suficiente y capaz de descubrir su juego y tratar de impedirlo. Una cosa es la Republica, régimen existente en muchos y avanzados países, y otra la alternativa que nos quieren imponer por la fuerza y el engaño a base de recrear pasados rencores y peligrosas revanchas, con saludos de puños cerrados, ya desfasados incluso en Rusia su país de origen, y franjas moradas que no tienen lógica, ni fundamentos, para figurar en nuestra Enseña nacional. No se trata de volver al periodo de las catacumbas y la oscuridad, sino de buscar la luz del sol y respirar un aire nuevo y positivo que nos beneficie a todos sin excepción. Si no es así, mejor dejar las cosas como están y no meternos en camisas de once varas, de las que es muy difícil desprenderse posteriormente.