domingo, abril 08, 2007

Miguel Martinez, La polvora del Rey

lunes 9 de abril de 2007
La pólvora del Rey
Miguel Martínez
D ECIMOS “disparar con pólvora del Rey” cuando queremos expresar que alguien hace uso o abuso de un bien que no le pertenece. Lo decimos del funcionario que se aprovecha personalmente de los recursos que la Administración le suministra para el desempeño de su trabajo, del político que no escatima en gastos y prescinde de los más elementales criterios de economía de medios cuando contrata bienes o servicios en nombre de la Administración y, en definitiva, de cualquiera que disponga de un bien o servicio, o se beneficie de su uso, cuando es otro quien se hace cargo de su coste o precio. Y aunque sea mucho más fácil ser espléndido cuando se dispara con pólvora del Rey que con pólvora propia, es incuestionable que eso de la generosidad varía en función de las zonas, siendo sin duda el Levante español el área más propensa a aportar políticos generosos, seguramente para estar en consonancia con la floreciente exuberancia, fruto del estallido turístico-inmobiliario, de esa afortunada porción del Mare Nostrum. Recordarán mis queridos reincidentes cómo en la edición 202 de esta misma publicación, quien les escribe se hacía eco del magnífico regalo que el Presidente de las Cortes Valencianas obsequió a los 89 diputados de su Asamblea -que coincidió por otra parte con el que la Diputación de Alicante confería a sus diputados-, y que no fue otro que un pedazo de televisor de plasma y pantalla plana de ultimísima generación. En otras Comunidades Autónomas, por el contrario, sus homólogos -mucho más avaros y roñicas- obsequiaban a sus diputados con libros o pañuelos. ¿Recuerdan aquel artículo? Pues parece que de casta le viene al galgo y que las tierras valencianas, además de serlo de flores, de luces y de amores, lo son también de excelsos regaladores donde los haya. Y son datos que nos constan aunque a veces los políticos guarden celosamente las cifras que revelan tal generosidad –obviamente en un afán de pudorosa modestia y no porque tengan algo que esconder como probablemente ya estén rumiando algunos malpensados-, y estos datos no aparezcan en los medios de comunicación sino de manera casual cuando en cierto ministerio algún funcionario, en exceso puntilloso, pone reparos en pagar insignificantes y exiguas facturas, como -por poner un ejemplo- los 23.000 euros de nada gastados por Zaplana en unas tabletitas de turrón en sus tiempos de Ministro de Trabajo. ¿Que usted es también puntilloso y cree que gastar 23.000 euros en turrón es excesivo? Pues siéntese y aflójese el cinturón y la corbata, o lo que sea que le apriete, porque esos 23.000 euros correspondían sólo a una parte del pedido, cuyo total ascendía a 55.000 euros -sí, han leído bien, nueve millones y pico de las antiguas pesetas-, que efectuó el Ministerio de Trabajo para la adquisición de las referidas tabletas que regaló entre sus compromisos. La empresa suministradora fraccionó las facturas de manera que todas fuesen inferiores a 12.000 euros, más adelante les elucubro sobre el motivo de este fraccionamiento. En cualquier caso, lo realmente decepcionante fue que pese a los 55.000 euros del ala que costaba el turrón éste no fuera de la marca 1.880, que ya sabrán ustedes que es –o al menos así se publicita- el más caro del mundo, lo que indudablemente restó glamour a la noticia. No me negarán ustedes que puestos a pagar tal millonada, se digiere mucho mejor el dispendio cuando va éste destinado a sufragar el coste de un producto exclusivo -el más caro del mundo-, y no de un simple turrón, normal y corriente, o tirando a baratillo incluso, como el que cualquiera de nosotros pueda comprar en Mercadona para el cuñado gorrón inherente a toda comida familiar navideña. Y ustedes se preguntarán –aunque no se lo pregunten un servidor piensa ofrecerles el dato de cualquier modo- cuánto turrón se puede comprar con nueve millones y pico de pesetas. La respuesta es la misma que daría Aznar a la pregunta de quién puso las bombas del 11-M. Depende. Depende –hablamos nuevamente del turrón y no de bombas- de su calidad, depende de si lo compra usted en fábrica o al por mayor o si lo adquiere usted en una tienda, depende también de la marca y depende del tipo o clase de turrón. El caso es que el Ministerio de Zaplana pagó nueve millones y pico de pesetas por unas 4 toneladas de turrón que equivalen, si consideramos 300 gramos por unidad o tableta, y si no se ha equivocado la calculadora que un servidor es de letras, a 13.333 unidades (la operación da decimales periódicos por lo que si notan que al resultado le faltan 0’3333333333 tabletas no piensen que se trata de un fraude, no, la porción restante está aquí, entre estos paréntesis) que Zaplana encargó para atenciones protocolarias. Y, una de dos, o bien Zaplana adquirió un turrón de muchísima calidad -que no en vano, pese a comprarlo al por mayor, por tanto directamente a fábrica y prescindiendo de intermediarios, cada una de esas tabletas cuesta más dinero del que cobran por la más cara que se encuentra a la venta en la página de compra por Internet de Carrefour, y casi cinco veces más que la tableta más barata de la misma página-, o bien a Zaplana, que disparaba con pólvora del Rey, le colocaron trece mil y pico tabletas de turrón del baratillo a precio de turrón del bueno. De cualquier modo, a la empresa que hizo la venta le acabó saliendo el tiro por la culata ya que sólo cobró algo más de la mitad del total, pues el nuevo equipo del Ministerio de Trabajo no encontró los certificados que justificaran ese gasto ni consiguió que nadie los validara en los meses siguientes, pese a lo cual la empresa turronera no planteó demanda alguna por el impago de facturas no obstante quedar pendiente de cobro casi cuatro millones de las antiguas pesetas. Si somos bien pensados, como lo es quien les escribe y todos mis queridos reincidentes, achacaremos esta falta de ambición en el cobro a cualquier pretexto, como el simple olvido o constituir la misma una manifestación solidaria de la contribución de la empresa a la reducción del déficit público, mientras que los reincidentes malpensados de otros malpensados columnistas a buen seguro atribuirán esta desidia en el cobro a que muy limpia no debe tener la conciencia una empresa que se presta a chanchullos, fraccionando los pagos en siete facturas distintas que fueron presentadas con pocos días de diferencia, para evitar que –al superar el montante los 12.000 euros- la tramitación tuviese que llevarse a cabo, conforme a la ley, mediante consulta a varias empresas o incluso mediante concurso público con mayores controles y trámites, y no a dedo y expeliendo la operación un tufillo a fraude de ley, a causa del fraccionamiento indebido del objeto del contrato, que tira de espaldas al más pintado. De lo que no nos ha de quedar duda alguna es de que don Eduardo Zaplana es un tío espléndido y generoso al igual que lo fueron sus colegas que regalaron televisores de plasma a destajo, eso sí, con cargo al erario, o lo que es lo mismo pagados por todos nosotros. Por este motivo no es casualidad que Zaplana duplicara, para poder ser aún más generoso, la dotación presupuestaria personal para protocolo de la que disponía su antecesor en el Ministerio. La referida dotación fue además invertida durante su mandato, única y exclusivamente, en actuaciones protocolarias, que nadie elucubre sobre posibles beneficios propios con recursos públicos ni dé crédito a todas esas informaciones que están apareciendo estos días en prensa que pretenden hacer creer que Zaplana utilizó aviones privados, pagados con fondos públicos, para actos de partido o que se gastaran en el Ministerio auténticos dinerales en chicle. “Los gastos se deben (…) a la celebración de cenas y comidas oficiales de Trabajo”, manifestaba Zaplana, y así ha de ser, que de todos es sabido que la imposibilidad de fumar en la mayoría de restaurantes determina que no haya cena oficial que no culmine con un buen chicle. De igual modo hay que hacer caso omiso de aquellas informaciones que defienden que desde Trabajo se enviaron regalos de Navidad a familiares de Zaplana. A buen seguro que el hecho de que determinados obsequios de Navidad procedentes del Ministerio, fueran enviados a los domicilios de las tres hermanas de Zaplana tiene una explicación lógica que responde a la máxima “no es lo que parece”. Y es que hay mucho ingenuo por ahí que se toma al pie de la letra aquello que se le oyó decir a Zaplana en cierta conversación telefónica con un amiguete: “Yo estoy en política para ganar pasta”. Seguro que ese día estaba de guasa porque ¿a qué político honrado se le podría ocurrir decir en serio tamaña inmoralidad?

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