domingo, abril 08, 2007

Ignacio San Miguel, La ley de la vida

lunes 9 de abril de 2007
La ley de la vida
Ignacio San Miguel
C ONVIENE detenerse en el estudio de los llamamientos a la paz de los pacifistas tanto seglares como clérigos (que son muy parecidos) para ir comprendiendo su desviación moral. Parecería que no pueda ser así, porque ¿quién no desea la paz como algo moralmente bueno? Lo que ocurre es que la paz que se desea (y se predica) es antinatural. Y una cosa es domeñar a la naturaleza, encauzarla, corregirla, y otra, contrariarla, negarla, darle la espalda. Todo en la Naturaleza está en constante lucha. Todo lo viviente lucha por su vida contra los factores adversos y los enemigos que lo rodean. Y esto trae un equilibrio en el conjunto. Un hermoso paisaje placentero, un cielo puro, unas suaves praderas, un mar tranquilo, unos bosques umbrosos, todo ello resulta muy bello, pero no hay por qué olvidar que esa paz, ese equilibrio se sustenta en una guerra perpetua, de la que nuestros ojos no están capacitados para captar más que esporádicos atisbos. Es más, es producto de ella. Y lo mismo ocurre con nuestro propio organismo. Cuando sentimos una sensación de bienestar y tranquilidad, síntomas seguros de nuestra buena salud, debemos considerar que ésta depende y es el producto de la lucha feroz de nuestras defensas contra los microorganismos que tratan de invadir y destruir la vida de nuestro cuerpo. En la vida de las sociedades humanas, no hay por qué decir que tendrán tanta mayor paz cuanto más y mejor luchen contra el crimen, contra la delincuencia, contra el terrorismo. Y todas las naciones, además de policía, tienen ejércitos que mantienen la paz en sus territorios. Es decir, que la paz es siempre producto de un estado de alerta, de disposición a la lucha, y hasta de la lucha misma. ¿Y en la vida espiritual? Hay una frase muy significativa en el comienzo del documento “Gaudium et spes”, del Concilio Vaticano II. Dice así: “Toda vida humana, individual o colectiva, se nos presenta como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas.” Es la misma situación antes descrita. Y habrá tanta más paz cuanto mayor sea la victoria del bien sobre el mal. A fin de cuentas ¿qué es el Decálogo sino un conjunto de mandatos cuya obediencia y realización exigen esfuerzo, pugna contra los instintos, lucha al fin y al cabo? La paz de Cristo es la que resulta de la victoria del bien sobre el mal en esa lucha. Sin embargo, no es en estos términos como en Occidente se presenta la realidad ni en el campo político ni en el religioso. El discurso habitual de laicos y clérigos apunta a un deseo apremiante de rehuir el combate. Presentan la ausencia de conflicto como el supremo bien, como la auténtica paz. Esto no es verdad, porque se trata de la engañosa paz de la podredumbre, de la muerte; la misma paz que se va apoderando de un cuerpo cuyas defensas dejan de luchar. En las iglesias no se predica el Decálogo. No se menciona el esfuerzo, la lucha. Tampoco se habla de justicia, ni de castigo. Sólo se predica un amor indiscriminado de un dios que nos acogerá a todos sin mayor problema (la mejor “buena nueva” que podían tener los criminales y terroristas). Se trata de una prédica enfermiza que parece derivarse directamente de J. J. Rousseau. Sentimentalismo morboso, adogmático y muy poco católico. En efecto, la recia religión católica está siendo suplantada por una religión de decadentes, de derrotados. Con lo cual estamos dando la razón a F. Nietzsche, quien consideraba al cristianismo como una religión de esclavos. La piedra de toque que nos revela la veracidad de lo expuesto, es el problema del aborto. Siendo como es un crimen, no se predica en las iglesias contra esta práctica, lo que supone favorecerla. No le dedican la menor mención. En vez de ello, babean sobre lo mucho que nos quiere Dios y lo mucho que tenemos que querernos todos. Demostración incontrovertible de su nula combatividad en la defensa de la doctrina que dicen profesar y que condena el aborto (entre otras lacras que tampoco se mencionan). Es lo más cómodo, lo más pacífico. Pero se trata de una paz desviada, pervertida, de consecuencias mortales. Es la paz sin vitalidad de los organismos que van muriendo. Es, por referirnos al documento citado, la derrota del bien ante el mal. Es la paz de la derrota. Esa huída del conflicto por deseo enfermizo de paz se manifiesta en la vida social y política por la apatía ante el avance de las fuerzas de la descomposición. Se hacen concesiones graciosas a los delincuentes, considerando que basta tratarlos bien para que se vuelvan buenos. Por la misma razón, se pretende llegar a acuerdos con los terroristas. Se obedece a una filosofía humanitarista que es la coartada del cansancio y su consiguiente tendencia a la cesión. Un ejemplo prominente es el presidente Rodríguez Zapatero, y todos estamos viendo el resultado disolvente, destructivo, de su gestión. Porque la consecuencia de esta actitud benevolente y pasiva es, como obviamente tenía que ser, un aumento del vicio y la criminalidad; de la misma forma que, en el plano religioso, la no predicación de la doctrina moral y su sustitución por un pacifismo amoroso, han coadyuvado en el enorme aumento de los abortos, la promiscuidad sexual, etc. El sol de Occidente se está poniendo. El cuerpo de sus sociedades se va descomponiendo por la infiltración de teorías pacifistas antinaturales que condenan la lucha. Las defensas han cedido y en gran parte han desaparecido. La población va disminuyendo rápidamente, siendo substituida por oleadas inmigratorias de todas las razas, de todos los credos. Los elementos adversos aumentan y los factores de defensa desaparecen. La ley de la vida ha sido traicionada, y el resultado ha de ser la muerte.

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