domingo, abril 08, 2007

Blanca Sanchez de Haro, Mi abueli y don Gonzalo

lunes 9 de abril de 2007
Mi abueli y don Gonzalo
Blanca Sánchez de Haro
H OY ha salido el sol tras un estirado, en meses, invierno lluvioso y gris en A Mariña Lucense. No sabemos si se quedará. Precioso invierno de todas formas. Violento a días, de aire que riza el mar, de tormentas que traen esa dulce tragedia romántica. Pero siendo honesta sentí, estos meses, morriña gallega por el sol de mi tierra castellana. No sus temperaturas no, eso no. Sí sus 300 días de sol al año, ese sol que lo enciende todo. Me estoy acostumbrando. Había olvidado vivir en el Norte. Hoy salió el sol, dormí bien – por lo tanto durmió bien también mi queridísimo esposo- Será todo eso, o que recordé que todos los días cuando me levanto, por mal que haya dormido o por gris que aparezca la mañana, la vida es un ser inerte del que puedes hacer cualquier cosa, mientras la mano negra de un mal azar no te alcance. Mi abuela decía que la vida no tiene pies, que camina con los nuestros. Mi abuela (mi Abueli, si me lo permiten) se pasaba el día refraneando y cantando coplas, cepillándome el pelo y obligándome a comer bien. Mis conocimientos sobre la discografía de Manolo Escobar o Concha Piquer son excelentes, sobre el refranero español, brillantes. Sobre sus otras dos obligaciones para conmigo, pues bueno; más o menos. Hoy le hice caso a mi Abueli. Le he calzado mis pies del número 36 a la vida, y he empezado a caminar. Primero bajando a la playa a dar un paseo (bendito privilegio), después organizando esas cosas que todos los días dejas para el siguiente. Entre ellas, sacarme al fin unas fotos para renovar el carné de conducir, que graciosa la falta que me hace si yo no conduzco desde hace años. Pero los pies que he puesto a la vida esta mañana están ligeros y deseosos de recorrer. Recorrer, recorrer a pie. He debido ponerle también pies a mi cabeza porque a cada paso me asalta un recuerdo y el hecho de recorrer me trae a la mente a Don Gonzalo Torrente Ballester. En uno de sus últimos años como profesor, allá por el año 80 si no me equivoco, fue mi adoctrinador de literatura en el último año del instituto. Bendito privilegio, esperarán ustedes que diga también. Pues con toda la admiración que le tengo como escritor y por lo que supe de él a través de otros, también como persona… pues va a ser que no. D. Gonzalo era un hombre ya cansado, siempre malhumorado y más ciego que un topo. Acudía a las clases día no y día tampoco porque su salud ya estaba delicadísima. En las pocas ocasiones que acudía, entraba en las aulas golpeando con su bastón de invidente de pared a pared del pasillo. Ese curso nos hicimos todos corredores de fondo. Si no espabilabas, alguno de esos bastonazos se te estampaba en la mismísima geta. Ya no tenía ganas de enseñar sino de que aprendiéramos solos, y quien quiso lo hizo y quien no quiso, no. Yo me sentaba en la primera fila con una de sus hijas. Ella, creo que porque la obligaba su padre, yo porque a que a pesar de todo, me parecía que tenía a “un dios” cerquita y eso me “henchía de gozo”. Aunque las dos le profesábamos más miedo que otra cosa. Y por miedo y respeto que las dos le tuviéramos, algún cuchicheo siempre se nos escapaba, aunque fuera comentar alguno de los libros que nos mandaba leer mientras él escribía apuntes para sus obras o sus reflexiones sobre las páginas de un cuaderno. Don Gonzalo, ciego estaba, pero debía mantener un oído finísimo para la primera fila. El más leve murmullo de su vástaga o mío, era respondido con un bastonazo, y como estábamos perfectamente a su alcance, las dos nos convertimos también ese curso, en habilísimas esquivadoras de giros de bastón. A lo que iba. De todas las frases de su obra, en clase dijo bien pocas, o de las entrevistas que le escuché a mi admiradísimo escritor, hubo una; quizá porque la pronunció desganado para una revista literaria, y la que le hacía la entrevista era yo. Debía decirla en todos lados, se la leí más veces, pero eso da lo mismo... “Me gusta Salamanca porque es una ciudad que se puede recorrer a pie”. Y esa frase lo tuvo siempre conectado en mi cabeza con mi Abueli . Estoy segura de que mi Abueli le hubiese contestado que las ciudades tampoco tienen pies, que se recorren con los tuyos de lado a lado, a menos que la mano negra de un mal azar, te interrumpa el camino. Mi Abueli que viajó siempre hasta el último año de su vida, bien pasados los 80, y que siempre estaba refraneando y cantando coplas, y que siempre estaba de buen humor porque recorrió lo bueno y malo que le trajo el azar con sus propios pies, sus propios errores y aciertos, y sus propias decisiones, mi Abueli, como les decía, pocos días antes de morir en una cama de hospital después del dolor de varios infartos seguidos, con una salud no delicada sino agonizante, no dejaba de sonreírnos. Habló con sus hijas en tono tan amable que parecía estar acunándolas como cuando eran bebés. Después, nos pidió a las nietas que le diésemos un bálago de crema hidratante en los pies. - Aquí te lavan muy bien hijas, pero no te dan cremas después, y yo tengo costumbre de hidratar mi piel tras la ducha diaria. Ya sabéis lo presumida que soy. ¿Cómo no iban a ser sus pies?.. Y fue con ese humor con el que nos regalo una muerte dulce y amable a todos los que la queríamos. No se de qué humor murió D: Gonzalo. Espero que del mejor del mundo, pero mucho tendría que haber cambiado. Quizá haya diferentes tipos de mentes geniales. Aquí tenemos dos ejemplos. Ya recorrí todo lo recorrible con los pies que mi vida calzó hoy; saqué al perro, fui de compras, visité a unos amigos. Descanso en casa ya. Primero me cepillo el pelo que “para presumir hay que sufrir”. Luego me preparo una cena ligera que “de las grandes cenas están las sepulturas llenas”. Y después, me siento a degustar un C.A.F.E =Caliente, Amargo, Fuerte y Espeso. Y releo por encima “El Golpe de Estado de Guadalupe Limón”, mientras agradezco a Don Gonzalo, si no su buen humor, si la dulce y amable lectura de sus obras.

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