viernes 16 de febrero de 2007
La hora de la verdad
DESDE ayer, la Justicia es imparable en su tarea de encontrar la verdad sobre los atentados del 11-M. Sin duda, esta es la principal valoración que merece la celebración de la primera jornada del largo juicio oral que va a oír a veintinueve acusados y más de seiscientos testigos. Ese juicio, que tan improbable parecía, toma cuerpo y demuestra, frente a críticas desmesuradas y escepticismos infundados, que el Estado de Derecho funciona en España y que es la única vía legítima para dar justicia a las víctimas y hacer que el peso de la ley caiga sobre los culpables. Aun así, habrá que asumir que este proceso no podrá reparar los terribles daños sufridos por las familias de las víctimas y por los heridos. Hasta ahí no puede llegar la justicia humana, pero sí está en condiciones -debe estarlo- de aclarar qué pasó, quién fue y por qué sucedió.
Muchos se habrán sorprendido al comprobar en directo los medios técnicos y humanos que se han puesto a disposición de este juicio. Sorpresa justificada, pero a la que debería seguir un claro e incondicional voto de confianza para el tribunal, porque, al final, y en contra de lo que anunciaban los agoreros del oscurantismo, están sentados en el banquillo los presuntos responsables de la matanza y todo se va a discutir a la vista de la opinión pública. La aparición de nuevos rastros de explosivo ha podido empañar este arranque de la vista oral. También ha sido motivo, sin duda, para juzgar críticamente la instrucción sumarial, pero aun así lo importante es que también este capítulo esencial del atentado -los explosivos empleados- será aclarado por los peritos, en juicio oral y ante el tribunal sentenciador. Es decir, en el lugar que corresponde.
Parece evidente que el presidente de la sala va a conducir con mano de hierro las sesiones del juicio, porque, en otro caso, se puede romper la cadencia de declaraciones e interrogatorios, que siempre es conveniente mantener, entre otras cosas, para que el propio tribunal tenga una mejor impresión de conjunto sobre el resultado de la prueba. Pero, además, en poco más de un año empiezan a extinguirse los plazos máximos de las prisiones provisionales y, si no hay sentencia -y condena- para entonces, no podrán prorrogarse los encarcelamientos. El tribunal deberá encontrar el punto de equilibrio entre el mantenimiento del ritmo del proceso y las incidencias que vayan surgiendo, sobre todo si éstas pueden comprometer el derecho de las partes a su defensa y a las pruebas.
La primera sesión no deparó sorpresas, ni en la declaración de Rabei Osman El Sayed, Mohamed «El Egipcio», uno de los principales acusados, ni en los interrogatorios del fiscal y de los abogados de la acusación y la defensa. El Sayed anunció que no contestaría a nadie, razón por la que se dio lectura íntegra a su declaración sumarial. Finalmente sólo respondió a las preguntas de su letrado defensor, -después de que por la mañana rechazara hacerlo-, para negar su participación en los atentados y para condenarlos, una vez que la fiscal del caso y el resto de letrados de la acusación y la defensa dieran lectura a sus respectivos interrogatorios al acusado, quien no se inmutó. Interrogatorios que, por otro lado, no reflejaron preguntas con las que se pretendiera dar cobertura a las teorías alternativas que se han construido en paralelo al sumario.
Las que se hicieron sobre la posible colaboración de los islamistas procesados con otros grupos terroristas fueron planteadas de manera que encajaban perfectamente en el interrogatorio a un acusado por delitos de terrorismo. Ahora que el proceso judicial del 11-M entra en su fase decisiva se va a comprobar que es muy fácil propalar versiones extrasumariales que no tienen que pasar el filtro de la prueba, del debate judicial y del veredicto jurisdiccional, porque quien las fabrica actúa como juez y parte, prejuzgando el resultado y descalificando todo aquello que no sirva a su teoría
viernes, febrero 16, 2007
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