domingo, febrero 11, 2007

Felix Arbolí, Hemos convertido la vida en pesadilla

lunes 12 de febrero de 2007
HEMOS CONVERTIDO LA VIDA EN PESADILLA.
Félix Arbolí

L A incomprensible actualidad que estamos viviendo en todos los aspectos, nos está ofreciendo una serie de ejemplos, detalles y circunstancias que me tienen totalmente desorientado. Me figuro que no seré el único que sufre estas alucinaciones. Porque, ¡válgame Dios, en qué mundo y en qué época nos ha tocado vivir!.¿Quo vadis, Domine?. Yo más bien diría ¿Dónde vamos, Señor?. Porque esta epidemia de locura, esta carencia de valores morales, sociales y humanitarios que hoy nos invade, abarca a todo el planeta en mayor o menor medida. Me temo que sólo pueden estar inmunizados contra esta ola de despropósitos y vacíos mentales los que aún vivan alejados y ocultos en esos desconocidos reductos que han escapado a la contaminación del “civilizado” hombre blanco. Lo que más me asombra de este maremagno en que nos hallamos sumergidos es la pasividad y exasperante tranquilidad con la que hemos aceptado este estado y situación de auténtica demencia. Solo alzamos nuestras voces para alentar discordias, ofender al prójimo nos incumba o no sus asuntos y someternos al juego dañino y por desgracia eficaz de calumniar, que algo quedará. Estamos faltos de esa fuerza interior y relajación que proporciona la tranquilidad de conciencia y la satisfacción de haber obrado bien, porque en nuestro interior, solo hay espacio para el rencor, la indiferencia y la insensibilidad. Hemos ausentados de nuestras dormidas conciencias la dignidad y la honestidad, a base de experimentar una y otra vez los engañosos “placeres” de la discordia, el infortunio ajeno y la mentira expuesta con habilidad y sutileza para que prevalezcan nuestras bastardas intenciones sobre la verdad que intentamos ocultar. ¿Qué mundo estamos preparando a nuestros hijos y nietos?. Nos quejamos los de mi generación de haber sufrido una terrible guerra, unos largos e inolvidables años de aislamiento, revanchas y rencores, falta de los necesarios alimentos y un período excesivamente largo e incomprensible, entonces, de falta de libertad para hacer y deshacer a nuestro capricho y libre albedrío. Hoy y se que no soy el único, sin ser amigo de dictaduras sean de la índole que sean, aunque tampoco me haya sentido importunado, presionado o víctima de ningún abuso de autoridad durante el régimen anterior, que quede claro, no me encuentro cómodo con este desmadre que padecemos en todos los aspectos. Pienso que del control posiblemente excesivo de la etapa anterior, en la que todo estaba prohibido y mal considerado, por un exagerado celo en salvar nuestras almas antes de abandonar nuestros cuerpos y librarnos del famoso contubernio “judeo-masónico del comunismo internacional”, hemos pasado al libertinaje total, donde cada uno es dueño absoluto de hacer lo que le venga en ganas, sin preocuparse del perjuicio que pueda causar a terceros en este enloquecido vivir. Se nota la corrupción en las altas esferas del poder, la sociedad y el dinero, que dejan impunes actos delictivos graves mediante el uso descarado y bien elaborado de artimañas y enchufismos. Contemplamos impotentes como el delincuente que te asaltó ayer y te dejó hasta sin aliento, se pasea ufano y alegre, buscando nueva víctima, a los dos días de su captura, sumando un nuevo antecedente a su larga lista de detenciones y consiguientes puestas en libertad, porque es menor y por lo tanto debe tener licencia para robar, atacar y delinquir, sin problema alguno. ¿Así pretenden insertarlo en la sociedad, demostrándole una total impunidad a sus numerosos delitos, mientras no lleguen a los años de su mayoría legal?. A otros porque su delito no sobrepasa los límites de la pena de cárcel y por ello, hábiles que son en grado sumo, van cometiendo sus fechorías procurando que ninguna llegue a los límites que signifique ir a la cárcel. Sin olvidarnos, por supuesto, de los grandes depredadores, esos que aprovechan sus privilegiadas posiciones en la política y la sociedad, para cometer auténticos pelotazos financieros, tan habituales en la actualidad, donde se llevan quinientos y salen bajo fianza de diez, para que puedan poner su obra a buen recaudo y bien oculta a pesquisas e investigaciones. ¿De donde sale el dinero de la fianza si han declarado bajo juramento que no tienen nada?. Pero ese padre de familia, trabajador honesto y considerado por sus jefes y vecinos, incluso con la recomendación del propio alcalde de su municipio, que en su adolescencia hurtó cualquier mercancía de un centro comercial, cuyo valor no superaba las ocho mil pesetas, es requerido para que cumpla la condena de cárcel impuesta en su día, a pesar del tiempo transcurrido. Para él no hay excusa válida. Y ha de abandonar su familia, ocasionar el correspondiente escándalo y vergüenza en su entorno y ante sus hijos para cumplir esa deuda con la justicia. Ante tales absurdos, a uno le hace pensar que hasta para ser ladrón hay que ser de altos vuelos y selectos alternes y que tu delito supere con creces los cien millones. De esta manera, tendrás los mejores abogados, las más firmes y eficaces coartadas y la casi segura oportunidad de que el turrón lo tomarás con tu familia en esa espléndida finca que, lógicamente, no figurará ni a tu nombre, ni a ningún miembro directo de tu familia”. Y otro consejo, huye de los niños y chavales que se te acercan en plan mendicante o con ánimos de hacerte un servicio. De esta forma evitarás verte envuelto en un buen lío, si por no dejarte robar, intentas darle un sopapo al pequeño y diestro amigo de lo ajeno. Tendrás todas las de perder y encima te verás metido en juicios de faltas, indemnizaciones y otras lindezas de nuestro eficaz sistema judicial. No sé que hubiera dicho Cristo en estas fechas y este país, pero seguro que no obraría igual que cuando pidió a sus discípulos “dejad que los niños se acerquen a mí”, refiriéndose a los que andaban correteando por sus cercanías. Hasta sin túnica le hubieran dejado en menos tiempo que tardó en cantar el famoso gallo del Evangelio. ¡Ojo con las mañas y rápidos movimientos de esos infantes callejeros, especialmente los rumanos, que se llevan la palma en estos menesteres. Según Rousseau el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad, las circunstancias que le conforman, las que le hacen malo coincidiendo en este criterio con Robert Owen. Por el contrario, Hobbes, dice que si no existiera un poder público al que temer, cada hombre querría satisfacer todos sus caprichos y deseos, aunque con ello perjudicara a los demás. Yo no estoy en absoluto de acuerdo con ninguno de los tres, aunque pienso que todos tienen su parte de razón. Rousseau, la tiene al afirmar que es el entorno donde se convive el que va moldeando nuestro carácter y marcando nuestra manera de ser. Pero estimo que para ello debemos ser proclives a dejarnos influenciar por el ambiente y olvidarnos de lo que nos dicta nuestra propia conciencia, la moral y el concepto natural que todos poseemos sobre el bien y el mal. Evidentemente, por regla general, no se criará en las mismas condiciones, ni convicciones, un niño educado en un barrio elegante donde tiene resueltos sus problemas familiares y superadas con creces sus necesidades, que otro niño que no sabe lo que es vivir más allá de esa chabola de lata y cartones, donde sufre las inclemencias del frío y los calores del clima dominante, se atufa con el humo que suelta el carbón donde se guisa y oye de continuo las broncas y borracheras del padre, ante su injusta calidad de vida y sus inútiles esfuerzos por llevar a diario lo necesario para alimentar a su familia. Este chaval, casi en un ochenta por ciento, será un futuro delincuente que robará, asaltará, dará el tirón y utilizará todas las artimañas posibles para librarse en el futuro de las penalidades padecidas en su infancia. Excepcional, caso digno de estudio y diploma de honor, seria el que criado en ese angustioso y deprimente ambiente salga honrado, logre su sitio en la comunidad y viva una existencia al margen de la condena social. También el otro chaval criado entre comodidades y cumplidos caprichos, podrá salir rana, porque la vida en el futuro podrá mostrarle un panorama muy diferente al disfrutado hasta entonces y en algunas ocasiones ignorará qué camino será el adecuado. Estoy también de acuerdo con la postura de Hobbes de que hace falta un poder público al que temamos, ya que si no existiera éste, nuestra convivencia sería peor que la estampida en las películas americanas del Oeste. Cada cual iría a toda velocidad pisando y avasallando a todo cuanto se le pusiera por delante para dar rienda suelta a sus deseos. Una auténtica “jauría humana”, continuando con el símil cinematográfico. Sir Francis Bacón afirmaba que “es muy difícil hacer compatible la política con la moral”. Una frase certera y muy a propósito para el momento que vivimos, aunque su autor, haya desaparecido hace quince años. Alguien dijo que un político honrado es una pieza tan poco fácil de encontrar como un diamante. Afirmo y así lo creo, que en todas las reglas hay excepciones. Otra figura destacada, en este caso no un pintor, sino el escritor y poeta, León Felipe, escribió: “Ahora que la justicia vale menos que el orín de los perros, nada se respeta. Ni la otra vida de los muertos. No creo que tirar mierda sobre los muertos y a la cara de la gente, sea ejercer la libertad de expresión”. Todos parecen profetizar en lo que se iba a convertir nuestro mundo en la actualidad y eso que cuando lo abandonaron, nada de cuanto ocurre y nos preocupa, estaba sucediendo. ¿Adonde vamos llegar en esta espiral de violencia, insensibilidad, chabacanería y desvergonzada forma de enfocar la vida que hemos elegido y al que nos hemos entregado sin detenernos a reflexionar que nos estamos destruyendo lentamente?. Estamos confundiendo nuestra misión en este gran teatro del mundo donde se representa la tragicomedia de nuestra existencia, ya que nos empeñamos en perseguir espejismos y ambicionar imaginaciones y entre todos, los que mandan, los que obedecen, los que politiquean, los que suben y los que bajan, todos sin excepción, nos olvidamos que la realidad bien vivida, sin sobresaltos ni desagradables sorpresas es siempre más relajante, segura y estimulante. “El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace”, la frase es de León Tolstoi. Creo que no es posible definir cual es la perfección de la realidad con tanta precisión y en tan pocas palabras.

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