domingo, febrero 18, 2007

El cambio climatico, Un bien publico a preservvar

lunes 19 de febrero de 2007
El cambio climático Un bien público a preservar
Mª CARMEN GALLASTEGUI ZULAICA/CATEDRÁTICA DE ANÁLISIS ECONÓMICOS
Quedan ya pocas dudas. Los científicos han logrado, por fin, convencer a la mayoría de los ciudadanos y de los políticos, reacios a oír lo que no nos interesa escuchar, de que la quema de combustibles fósiles realizada por el hombre está pasando y va a pasar factura porque el clima de la Tierra está ya cambiando.Nos ha costado pero a día de hoy, y después del último Informe del IPCC (Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático), apenas quedan diferencias entre los científicos. Están los optimistas, los que creen que aunque se produzca un cambio climático las consecuencias no serán catastróficas, y los pesimistas, que anticipan y prevén efectos desastrosos derivados del calentamiento global y el efecto invernadero. También están los que creen que ya sólo disponemos de margen para adaptarnos a las consecuencias del cambio climático y los que todavía albergan esperanzas de que sea posible actuar para mitigar los efectos de la acción humana. En cualquier caso, el cambio en el clima está ya aquí y las preguntas relevantes están, por tanto, en el terreno de las medidas. ¿Cómo mitigar o evitar, en su caso, los efectos del cambio climático? ¿Qué hacer para adaptarnos al mismo? Las preguntas son relevantes porque el clima de la Tierra es uno de los mejores ejemplos de bien público puro que un economista puede caracterizar y la sociedad desear conservar.Los británicos han dado ya muestra de su pragmatismo. Han adoptado una medida bien sencilla. De ahora en adelante los que viajen en avión pagarán un canon que variará en función de las horas de vuelo así como de la categoría del billete. Pagarán más quienes efectúen viajes más largos y quienes viajen más cómodamente. Con el extraprecio los viajeros contribuirán a subsanar los costes medioambientales que originan con su decisión de viajar en avión. Ya era hora de que algo así se produjera. Sabiendo como sabemos que una de las causas del cambio climático son las emisiones de gases producidas por el tráfico aéreo, ¿por qué no hemos pagado antes el verdadero coste social que los viajes ocasionan? Se me dirá que la medida tiene implicaciones en términos de distribución de renta que dificultan su puesta en marcha; simplificando el asunto, los ricos podrán seguir viajando y los pobres no, pero este tipo de impactos negativos han de resolverse utilizando otros mecanismos y no propiciando el consumo masivo de bienes que ocasionan efectos perniciosos sobre el planeta.El ejemplo concreto sirve como ilustración: hay medidas que se pueden adoptar de forma sencilla y los ciudadanos podemos, si queremos y si nos incentivan a ello, aportar mucho a la solución del problema. Somos una gran mayoría y tenemos, en este terreno, una gran influencia. Pensemos en la disposición a pagar más (usar menos) por la energía comercial que no es renovable y genera CO2, en el replanteamiento de nuestros hábitos de consumo de electricidad, agua caliente, viajes en coche y cualquier actividad que propicie la emisión de gases de efecto invernadero, en la minimización de la utilización de vehículos poco amistosos con el medio ambiente y del transporte de mercancías por carretera, en la utilización de bombillas de bajo consumo, el mantenimiento de los aparatos eléctricos en posición de apagados; todo un sinfín de medidas pequeñas, y poco costosas a nivel individual, pero eficaces si millones de ciudadanos adquirimos los hábitos adecuados. La persuasión moral que el sector público puede ejercer en este ámbito ya ha comenzado, pero queda todavía margen porque nos hemos acostumbrado a malgastar bienes que, o son escasos, como el agua en ciertas latitudes, u originan efectos perversos como la energía del carbono. Es evidente que en nuestras ciudades, estas últimas Navidades, por citar el ejemplo más reciente, no hemos sabido dar ejemplo. ¿Necesitamos tantas luces y tanto consumo de energía para crearnos un ambiente navideño? Seguro que no. Las mejores prácticas en los hogares, en las empresas, en las ciudades, en los centros de trabajo, en los viajes son, a corto plazo, una de las formas más eficaces en las que podemos comenzar a abordar el problema al que nos enfrentamos. Pero esto no va a ser suficiente y hay otras actuaciones que son también imprescindibles. Entre las que quizá son más relevantes y bien conocidas se encuentran: la potenciación de las energías renovables; la transición hacia la era del hidrógeno -utopía en el presente en tanto que el hidrógeno es sólo un elemento que almacena la energía pero no la produce-, que puede dar lugar a un cambio de paradigma si se combina, como sugieren muchos expertos, con formas de transmisión a través de redes bien conectadas; la reducción en las emisiones de gases de efecto invernadero (objetivo perseguido a través del Protocolo de Kioto); la innovación tecnológica que permita capturar el carbono y encapsularlo sin producir otros efectos perniciosos, por ejemplo, en la biodiversidad marina, y en general cambios en los modelos de producción, en la tecnología, y en la combinación de factores utilizados.Entre las medidas de corto plazo, mencionadas en primer lugar, y las de mayor recorrido existe una diferencia sustancial. Las últimas implican inversiones fuertes, decisiones políticas complicadas, una discusión serena e inteligente acerca del tipo de energía a utilizar (¿qué hacemos con la energía nuclear y sus residuos?, ¿por qué modelo energético nos decidimos?) y nos van a exigir, reflexión, estudio y acierto.Pero también las primeras deben plantearse de forma inteligente. Esto equivale a decir que su diseño debe buscar la consecución de los objetivos al menor coste para la sociedad y con las implicaciones distributivas menos perversas. Hay mucho conocimiento acumulado en este terreno; no podemos alegar, por tanto, que no se puede abordar el problema. Nada es fácil pero todo es posible si nos empeñamos en conseguirlo. Y me temo que ha llegado el momento. No tenemos escapatoria. Nuestra relación con el planeta Tierra tiene que cambiar; los humanos no podemos constituir una especie invasora que, sin pretenderlo, va destruyendo y consumiendo la nave en la que viajamos y vivimos en el espacio. El cambio climático es un ejemplo de esta destrucción pero hay otros muchos más que se convertirán en urgentes si el género humano no firma un nuevo pacto de convivencia con la naturaleza que le sostiene y le permite vivir.

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