jueves 7 de febrero de 2008
La penitencia del pecado
Óscar Molina
C REO que ya les he contado alguna vez que no sé mucho de Economía; por suerte sé leer y escuchar, por lo que me he formado una idea bastante ajustada de las causas de la crisis económica que sufrimos. También me doy cuenta, aliviado, de que la velocidad a la que pueden tomarse medidas hace improbable que esto pueda llegar a parecerse al desastre de 1929; aunque no por ello consigo deshacerme de una lógica preocupación, más pesada aún cuando entiendo que quienes nos gobiernan no escatiman en absurdos caramelos para hacernos olvidar que el lobo ya enseña algo más que las orejas.
Todos los analistas señalan como factor clave de la situación “una crisis de confianza prestataria”. La elevada tasa de morosos, particulares y empresas, en muchos lugares del Mundo, y las escasas o inexistentes garantías con las que se han concedido créditos a personas y corporaciones, hacen que los dueños de la pasta anden muy cautelosos a la hora de prestarla. Ello conlleva un parón en el consumo, un frenazo a la adquisición de inmuebles y un lodazal para las expectativas y planes de crecimiento de las empresas.
El caso es que a mí no me sorprende en absoluto. Es más, creo que la enfermedad que sufre nuestra Economía tiene una causa última que anda a caballo entre su propio éxito y la inconsciencia de quienes ahora amarran los caudales, y antes los repartían con una alegría dolosa. No son los únicos responsables, pues multitud de gobiernos han saludado con entusiasmo una de las metamorfosis más aberrantes y dañinas para nuestra sociedad: la de ciudadano a consumidor, que ha terminado rompiendo el saco de la avaricia de muchos y amenaza con explotar en los propios transformados que, a fin de cuentas, son los que suelen pagar el pato.
El roto en la buchaca de los codiciosos se veía venir. Durante casi una década los ciudadanos hemos sido rebajados, con nuestra complacencia, al rango de meros compradores de bienes y servicios. Se nos ha cegado para que aceptemos sin conciencia que lo único realmente importante, más allá de valores, virtudes o consideraciones morales, era poseer; adquirir de todo como vía directa a un Edén de placer cuya puerta se abre con la sola llave de nuestra satisfacción personal. Las empresas encargadas de proporcionarnos nuestros placebos de felicidad no han asumido la competitividad en términos de supervivencia o de ocupación de un lugar razonable en el mercado, sino bajo el prisma irrenunciable de aumentar los beneficios cada año. Cualquier cosa que supusiese un beneficio menor al del ejercicio anterior venía a ser algo así como el preludio de un Apocalipsis corporativo que justificaba expedientes de regulación de empleo y reducciones de costes en empresas que no perdían dinero. Por supuesto, con la aquiescencia dolosa de los Poderes Públicos, necesitados de que los antaño ciudadanos, hoy sólo consumidores, habitemos este Mundo irreal en el que los méritos políticos se miden por la capacidad de mantener bailando la rueda de la ciudad alegre y confiada.
Además, la carrera para no perder comba ha obligado a las empresas a entregar productos más baratos, y la disminución de su precio no ha venido sino por la vía más sencilla: la minoración de su calidad. El resultado es que esta sociedad de Bajo Coste encuentra un obstáculo adicional para su complacencia, consistente en la decepción que provocan las expectativas no colmadas; si a ello añadimos que la amoralidad nos ha situado en la indecente situación de insatisfacción permanente, tenemos un cuadro evidente de consumo desmedido y compulsivo que retroalimenta a un sistema necesitado de girar cada vez a mayores revoluciones… hasta que se rompe.
Y se ha roto por el canal de su propia alimentación. Para que todo esto fuese posible, ha hecho falta un dinero que no existía, no ha existido nunca, ni existirá jamás. Se han puesto en manos de consumidores y consumidos ingentes cantidades de precio no respaldadas por valor alguno. Se nos ha hecho depositarios, de una sola vez, de mucho más dinero del que pueden llegar a aportar nuestros sueldos recortados por los costes empresariales necesarios para competir; se nos han concedido préstamos por teléfono, anticipos cuyo vencimiento era muy posterior a la fecha en la que aparecía nuestra hartura y cansancio por lo adquirido con ellos. Se nos ha diferido el abono por nuestra absurda y animal satisfacción hasta límites que van mucho más allá de lo que dura el orgasmo de poseer, clímax que posiblemente hemos pagado con el dinero de nuestros hijos. Nadie se ha rebelado contra esta sinrazón, menos aún esta sociedad anestesiada del “Carpe Díem” que se estremece con la subida del Euríbor y no se inmuta por el troceamiento de un ser humano de 7 meses en el seno materno.
El sistema retributivo de los directivos se ha sumado a la orgía; sus percepciones, lejos de vincularse a una política de asentamiento de bases empresariales, entrega de calidad al comprador y equidad en las condiciones laborales, se han atado a un cortoplacismo dependiente del beneficio empresarial inmediato. Ese término fugaz que sólo entiende de la nada imaginativa y escasamente meritoria táctica de rebajar costes, se ha cebado en el trabajador, tonto de esta película, que ve cómo su poder adquisitivo se desangra, y soporta apretando los puños que bancos, financieras y demás buitres del crédito fácil le reclamen pagos, mientras los sueldos de los Directivos crecen una media de un 204% más que el suyo.
La tercera pata del siniestro taburete, el político, anda a medio camino de consolidar el artificio. Ya ha conseguido que la mentira, la indignidad y la carencia de los más elementales principios coticen en las urnas. Ya ha convencido a la clientela de que nada importa mientras podamos seguir a bordo de este ilusorio y tramposo crucero del placer inmediato. Ya ha sentado la creencia de que vivir sin complicaciones, sin remordimientos, sin enfrentarnos a nuestros problemas, disponiendo de mecanismos que nos liberen de la responsabilidad de nuestros actos, ocultando las cosas a base de cambiarlas el nombre o aceptando que los conceptos y los principios sean tan de Bajo Coste como las cosas que se compran a cuenta, sigue siendo el pasaporte para la Felicidad.
Total, ¿Qué más da? ¿No? Enhorabuena a los premiados.
http://www.vistazoalaprensa.com/firmas_art.asp?id=4429
miércoles, febrero 06, 2008
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