lunes 11 de febrero de 2008
Recuerdos de un lector (y III)
Una de las especies más nefastas divulgadas por la moderna pedagogía consiste en afirmar que a tal o cual edad conviene la lectura de tales o cuales libros. Esto, aparte de garantizar el negocio a las editoriales que se dedican a la comercialización de la llamada ‘literatura infantil y juvenil’, que ya amenaza con convertirse en plaga, ha servido para estabular la curiosidad de niños y jóvenes. Yo más bien pienso que en estos pasajes inaugurales de la vida conviene leer aquellos libros que parecen menos acordes con nuestra edad; porque son precisamente estos libros los que expanden nuestra mirada sobre el mundo, abriendo una veta a horizontes insospechados. Una de las experiencias más demoledoras y gratificantes de mi adolescencia me la procuró la lectura de Crimen y castigo, la novela inmortal de Dostoievski, que acometí con 15 años, en unas vacaciones horrendas que pasé con mis padres en algún lugar de la costa de cuyo nombre no quiero acordarme. Siempre he abominado del turismo playero; y, en la adolescencia, esta abominación se complicaba de rebeldías que, contempladas desde la atalaya de la madurez, se me antojan un pelín grotescas. Me asqueaba bajar a la playa y entremezclarme con aquel turismo agropecuario que se torraba al sol; me asqueaba bañarme en la piscina del hotel donde los guiris se ponían en remojo y echaban una meadita furtiva; me asqueaba la comida del bufé (¡ay, aquellas paellas con textura de engrudo!); y me asqueaba, muy especialmente, dormir la siesta. En la tienda del hotel –una de esas tiendas incongruentes, con vocación de bazar pobretón, donde uno podía avituallarse de crema Nivea y bañadores megahorteras y tarjetas postales que exaltaban los dudosos encantos paisajísticos del lugar– había unos pocos libros de aspecto más bien disuasorio (novelas de espionaje, o de amor y lujo, de títulos tremebundos), entre los que extrañamente –providencialmente, acaso– se contaba un ejemplar de Crimen y castigo, en traducción de Rafael Cansinos Assens. Compré aquella novela, de cuyo autor nada sabía, guiándome por un criterio de elemental decoro estético, pues era la única que no incorporaba una aberrante portada con letras sobredoradas y en relieve. No sabía lo que me esperaba.
Sufrí mucho leyendo Crimen y castigo. Aquel rusazo me hablaba de padecimientos espirituales que yo ni siquiera sospechaba, me pintaba personajes conmovedores y lacerados que exponían a mis ojos las llagas de su humanidad doliente, arrojaba sobre mis hombros un fardo de pesadumbres y expiaciones del tamaño de un planeta. Ningún moderno pedagogo recomendaría a un chaval la lectura de Crimen y castigo a los 15 años; pero ésa es, precisamente, la edad a la que hay que leer Crimen y castigo. Con veinte, treinta, cuarenta o cincuenta años uno podrá seguramente entender mejor las tribulaciones de Raskolnikov y disfrutar más deleitosamente de las excelencias de la escritura de aquel rusazo genial y epiléptico, pero la herida que deja Crimen y castigo a los 15 años, el vendaval de perplejidades y angustias que introduce en los aposentos del alma a esa edad es irrecuperable más tarde. Uno puede leer Crimen y castigo a los cuarenta años y seguir siendo el mismo hombre; si lo lee a los 15 se convierte, por pelotas, en un hombre distinto. Y la razón de ser de la literatura no es otra que transformarnos en hombres distintos.
Una transformación que se produce aun en medio de la oscuridad. Porque las lecturas que a la postre propician esta metamorfosis, las lecturas cuya reverberación nos acompaña hasta el día de nuestra muerte, y más allá quizá, no son aquellas que halagan nuestra inteligencia o nos procuran un rato de solaz, sino las que nos inquieren, las que ponen a prueba nuestra angosta percepción del mundo, las que nos desvelan una secreta –y a veces atroz–verdad humana que hasta ese momento ignorábamos y que, por eso mismo, nos obliga a internarnos por pasadizos nunca frecuentados, a riesgo de testarnos contra las paredes. Esas lecturas erizadas de abrojos y dificultades que ponen a prueba nuestra comprensión y estimulan nuestra capacidad inquisitiva; esas lecturas que nos imponen un tributo de sacrificio y nos obligan a asomarnos a simas que gustosamente habríamos orillado son las que, a la postre, nos dejan una impronta imperecedera, porque son la únicas que nos explican lo que somos. Lo demás es alfalfa que, tal vez, sirva para entretenernos; esto es, para estabular nuestra curiosidad.
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lunes, febrero 11, 2008
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