lunes 18 de febrero de 2008
Adiós, Peter Parker
La muerte, que a todos nos iguala, nos confronta con el misterio. A veces, ese misterio es tan ininteligible y cruel que nos obliga a asomarnos a un precipicio donde anidan las serpientes de la angustia. Hace unos meses, me llamaron de la Clínica Universitaria de Navarra para proponerme un proyecto literario que enseguida me subyugó. Consistía en narrar la historia de alguno de los pacientes que habían pasado durante el último año por la clínica; no se trataba tanto de contar las vicisitudes del caso médico como de captar la palpitación humana que hubiese detrás del caso, la epopeya interior del paciente enfrentado a su enfermedad. Elegí la historia de Leandro, un niño ecuatoriano de apenas cuatro años al que se le había diagnosticado osteosarcoma, un cáncer óseo especialmente virulento a una edad tan temprana como la suya. Los padres de Leandro no se habían resignado a perder a su hijo; y, cuando ya todo parecía perdido, se decidieron a viajar a Navarra, donde al niño le fue practicada con éxito una operación en la pierna izquierda que ponía fin a un año de padecimientos innombrables.
Viajé a Pamplona, donde Leandro estaba realizando rehabilitación antes de regresar a su país. Era un niño de una inteligencia precoz, aquilatada en el sufrimiento; tenía unos ojos grandes, vivaces, que miraban el mundo inquisitivamente, que no dejaban escapar ripio de cuanto acontecía en su derredor. Me sorprendió el aplomo con el que hablaba, un aplomo que parecía nacer de un fondo de resistencia sobrehumana. Y me sorprendió todavía más, entreverada con ese aplomo, la supervivencia invicta de su ingenuidad, que le permitía mirar el futuro con confianza, como si las penalidades sufridas durante los últimos meses no fuesen más que el residuo de una pesadilla extinta. Leandro había sobrevivido al dolor, había sobrevivido a las sesiones de quimioterapia, había sobrevivido al quirófano, y en sus ojos, que apenas parpadeaban, se agolpaba un futuro innumerable. Pasé un par de días en Pamplona y conversé con los doctores que lo habían tratado, con las enfermeras que amorosamente le habían brindado sus cuidados; conversé también, y muy largamente, con su padre, Vicente, un hombre afable y tozudo que no había vacilado en remover Roma con Santiago para salvar a Leandro. Vicente rememoró conmigo las etapas de aquel vía crucis que lo había llevado desde Biblián, un pueblecito al sur del Ecuador, hasta Pamplona: compartí con él los meses de zozobra desde que a Leandro se le declaró la enfermedad hasta que logró reunir el dinero suficiente para cruzar el charco, gracias a la generosidad de sus paisanos; compartí sus momentos de desolación, sus titubeos, su indesmayable tesón. Me contó que su hijo Leandro era un admirador de Spiderman, el superhéroe de los tebeos, y que, como él, aspiraba a poder trepar por las paredes algún día. Se me ocurrió entonces que podría titular mi narración La pierna de Peter Parker. Antes de abandonar la clínica visité a Leandro en la habitación donde ejercitaba su pierna recién operada, la pierna que tan sólo unos meses antes habían estado a punto de amputarle en Ecuador: era una pierna todavía enclenque en la que asomaba la cicatriz de la cirugía como una dentellada pálida, pero Leandro ya la movía con cierta prestancia, como si estuviese a punto de echar a correr (o a punto de trepar por las paredes). Cuando me despedí de él, lo llamé Peter Parker; y él me respondió con una sonrisa traviesa y alborozada, como quien se resiste orgullosamente a compartir un secreto.
Leandro volvió con su padre a Ecuador, plenamente restablecido. Pero, al poco de estar allí, cuando ya parecía que los meses de padecimientos se fundían en una argamasa de olvido, contrajo una neumonía. Y murió, como un pájaro que se cae del nido. Murió antes de que sus padres pudieran hacer nada por evitarlo. Jesús Zorrilla, el director de comunicación de la Clínica Universitaria de Navarra, me acaba de llamar para decírmelo. Me he quedado mudo y encogido, sin capacidad de reacción. Dicen que, mientras vivimos, vemos las cosas como en el envés de un tapiz; y que sólo en presencia de Dios contemplamos el diseño magnífico de ese tapiz, que en vida juzgábamos ininteligible. Yo espero que algún día Leandro me revele el significado de ese tapiz; y espero volver a contemplar sus ojos grandes, vivaces, inquisitivos, y su sonrisa traviesa. Pero sé que, hasta que ese día llegue, cada vez que piense en sus cuatro años recién cumplidos y ya tronchados me asomaré a un precipicio donde anidan las serpientes de la angustia. Descansa en paz, pequeño Peter Parker.
http://www.xlsemanal.com/web/firma.php?id_edicion=2847&id_firma=5531
lunes, febrero 18, 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario