jueves, febrero 14, 2008

Juan Urrutia, Rojo de mierda

jueves 14 de febrero de 2008
Rojo de mierda

Juan Urrutia

N O suelo contar experiencias propias muy a menudo en este espacio por la sencilla razón de que, si quitamos las trifulcas en tabernas costeras, algún niño rescatado del correspondiente edificio en llamas y esporádicos contactos con la CIA, mi vida es tan o más aburrida que la de cualquier ciudadano. Creo, sin embargo, que el caso que nos ocupará, en cuanto comience a tratarlo, será de su interés. Si me equivoco, acepten mis previas disculpas.

Ayer aparqué mi flamante utilitario en el parking de un centro comercial con idea de comprar leche, cebollas rojas, pimientos verdes, pan, azúcar y chistorra de Pamplona. La cosa comienza bien, la tensión se palpa en el ambiente… Cerca de mí, y al tiempo, otro vehículo, en este caso de generoso tamaño y considerable costo, se ubicó de forma poco precisa entre las dos líneas blancas que conforman los límites del lugar establecido para el estacionamiento de coches y similares. Ya están ustedes situados, ahora comienza el follón. Del segundo carromato se bajaron unos cuantos jóvenes y jóvenas muy sonrientes que, al ver cómo me apeaba de mi ilustre automóvil, comenzaron a reírse porque la puerta del mismo chirriaba. Hecho esto, se fijaron en mis barbas, en mi camisa a cuadros y en el resto de mi indumentaria. Claramente les escuché expeler varios comentarios peyorativos sobre mi persona que culminaron con un estridente “rojo de mierda.” Sinceramente, les confesaré que me sentí desconcertado y entristecido, evité siquiera dirigirles la palabra, no por temor, sino porque sé por experiencia que con ciertos primates no merece la pena malgastar saliva, que bien podríamos aprovechar en pegar sellos o escupir con desprecio al escuchar alguna promesa electoral.

Efectivamente, la puerta de mi coche chirría sonoramente al abrirse, pero es que a mí me gusta ese sonido. Las puertas de todos los coches se abren igual, silenciosas y traicioneras. El chirrido le da a la mía cierta elegancia y distinción, le da solera. No lo negaré, mis barbas son, desde hace tiempo, frondosas matas capaces de albergar a mis queridos vencejos en invierno, espeso arbolado que frena el viento cuando me enfrento a las inclemencias del tiempo y matorral de monte bajo, donde se oculta el jabalí. No son modernas ni bellas pero me agradan así, son aquella parte de mí persona que, completamente animalizada y feroz, desea volver al bosque del cual salió hace tres millones de años. Acabo de describirles mi, absurda tal vez, idiosincrasia. Detrás de ella, como detrás de todas, se encuentran historias tristes y alegres, experiencias aterradoras y maravillosas, se encuentra mi vida, que es de lo que se burlaban aquellos muchachos sin cerebro. ¿Acaso me importa? La chanza malsana de quien ya es en sí un chiste por su escasa humanidad, no puede herirme. Sin embargo, me siento muy triste, no puedo evitar pensar que esos semiadultos son nuestro futuro y no son capaces de respetar al otro, no saben de valores y mucho menos lo que es la democracia. Quizás tengan razón, es posible que sea un rojo de mierda, pero respeto su derecho a no serlo. Es curioso, no creo que ya existan los rojos ni los azules, tan sólo quedan los valores que nos son comunes a todos de forma intrínseca y natural dándonos la oportunidad de olvidar antiguos rencores para poder seguir viviendo.

Aquellos muchachos, que ni siquiera habrán vivido la transición, sienten un odio transmitido de padres a hijos contra los hijos, nietos, bisnietos y demás descendientes de unos y otros. Les diré algo, pueden odiarme ambos bandos pues mi abuelo por parte de padre fue franquista y, fíjense como son las cosas, por parte de madre rojo hasta la médula, exiliado y miembro del ejército republicano. Los dos fallecieron hace tiempo, como supondrán. Resulta estéril y hasta tétrico, abrir sus tumbas para resucitar los odios, temores y atrocidades que sintieron, vieron y puede que hasta cometieran.

Qué estamos haciendo… seguiremos odiándonos eternamente, han pasado treinta y dos años desde que muriera Franco y treinta desde que estamos en democracia, ya está bien de inculcar a nuestros hijos esas historias de buenos y malos, ese odio sin sentido, dejémosles empezar de cero y sentirse conciudadanos, no enemigos de una fantasmal guerra.

http://www.vistazoalaprensa.com/firmas_art.asp?id=4448

No hay comentarios: