miercoles 6 de febrero de 2008
El agua sigue igual
Enrique Badía
Algunos territorios, Cataluña entre ellos, han comenzado a sufrir estos días restricciones en el suministro de agua, con amenaza de mayores recortes en los próximos meses si no empieza a llover con intensidad. No es la primera vez que se plantea una situación de este tipo, como tampoco es novedoso que reaparezcan ideas, proyectos y planes para solventar el problema, aunque por lo general la mayoría se olvide o aplace tan pronto como los pantanos se vuelven a llenar. Habrá que ver si el asunto toma o no creciente protagonismo en las próximas semanas, cara a las elecciones generales del 9 de marzo: no estaría de más.
El problema del agua es en muchos sentidos secular. De siempre, unas partes de la Península son húmedas, en tanto que otras, igual que los archipiélagos balear y canario, tienden a la sequedad. No ha habido Gobierno, en cambio, capaz de pergeñar un modelo tendente a compensar la escasez que padecen unos con lo que sobra a otros. Unas veces por dejación, otras por bloqueo de pugnas interterritoriales, y casi siempre porque el carácter cíclico del clima ha liberado presión y urgencia… la realidad es que todo sigue poco más o menos igual.
La amenaza persiste, en unos lugares más que en otros, pero quienes debieran no acaban de tomársela del todo en serio. Año tras año, la amenaza de restricciones se hace patente en más de un sitio, aunque llega sin el suficiente dramatismo para que los responsables no tengan más remedio que hablar menos y actuar más.
A nivel estatal, la responsabilidad compete al desdibujado Ministerio de Medio Ambiente. Su actual equipo rector, con el correspondiente aval del Gobierno en pleno, abrió la legislatura en el 2004 con la cancelación del plan hidrológico elaborado por el Ejecutivo anterior. Su formulación, basada sobre todo en la realización de grandes trasvases, era tan discutible como cualquier otra, pero aportaba un diseño de solución al problema endémico para las zonas más secas del territorio nacional. Derogarlo, por tanto, demandaba una alternativa creíble y como mínimo igual de eficiente… pero sobre todo exigía que se ejecutase con repidez.
Transcurridos cuatro años desde entonces, la realidad es que se ha pasado de un plan —mejor o peor— en marcha a poco más que la nada.
La solución alternativa a los macrotrasvases, en particular de los caudales del río Ebro, se presentó basada en la construcción inmediata de más de una veintena de plantas desaladoras en el litoral mediterráneo que, en teoría, debían aportar las mismas disponibilidades, a un coste más reducido y mejor impacto ambiental. Pero, dejando aparte que la certeza de esas bondades ha sido y sigue siendo discutida por muchos, lo cierto es que al día de la fecha las desaladoras no han pasado en su mayoría de estar plasmadas sobre el papel.
Desde el 2004, sólo dos instalaciones de ese tipo han entrado en funcionamiento; ambas, por cierto, proyectadas, adjudicadas e iniciadas antes del comienzo de la legislatura recién concluida. Y únicamente otras dos están en fase de construcción. ¿Qué ha pasado con las demás? La pompa y relativa suficiencia con que se anunció el plan contrasta con la falta de explicaciones sobre su no ejecución.
El resultado es evidente: el problema de la falta de agua persiste planteado en su habitual dimensión. Es decir, este Gobierno ha hecho más o menos lo mismo que sus predecesores para solucionarlo.
El actual periodo presenta, además, la curiosidad de que la principal responsable de la materia, la ministra Narbona, ha abjurado de su propia actuación. El plan finalmente aprobado en tiempos del Partido Popular era, en gran medida, el mismo en cuya realización había participado de forma muy activa en la legislatura 1993-96, a las órdenes del entonces ministro José Borrell. Sus sucesores decidieron congelarlo varios años, pero acabaron lanzándolo con leves retoques, sin variar su fundamento: la realización de grandes trasvases entre cuencas. Y así lo encontró la actual titular de Medio Ambiente, que tardó horas en descartar ese tipo de infraestructura y apostar por llenar de plantas desaladoras el litoral mediterráneo como mejor solución. Lo cierto, al final, es que ni lo uno ni lo otro: el agua sigue faltando donde casi siempre ha faltado y, en el caso de Cataluña, vuelven a emerger propuestas como traer agua del Ródano (Francia) mediante un gigantesco acueducto u organizar el abastecimiento más inmediato fletando barcos para transportarla desde donde se pueda obtener.
ebadia@hotmail.com
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=06/02/2008&name=badia
miércoles, febrero 06, 2008
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