¡Son las ideas, idiota!
Óscar Molina
H AY una pregunta que se repite insistentemente en los últimos días. Mucha gente se pregunta cómo es posible que la España de hoy no sea un clamor. Razones no faltan: tenemos un Gobierno que ha mentido reiteradamente para sacar adelante su presunto “Proceso de Paz”; que desprecia al partido político al que votaron cerca de diez millones de personas en este delicado asunto y muchísimos otros, que ha desmentido con los hechos y renegado de sus intenciones expresas en lo relativo a la negociación con ETA, acortando los plazos al ritmo que dictaban los terroristas y sus representantes o que presiona sin el menor recato al Poder Judicial, comprometiendo su más elemental independencia para llevar el agua al molino de su conveniencia política. Una legislatura donde el Ejecutivo se ha pringado de la forma más obscena poniéndose al lado de uno de los contendientes presentes en una disputa empresarial privada; un Gabinete, en fin, que ostenta el penoso orgullo de ser el primero en el que se han producido detenciones políticas desde la aprobación de la Constitución de 1978. Si sumamos a esta relación de desmanes, nada exhaustiva, el hecho repugnante de que quien nos gobierna hoy ya hizo manitas con Batasuna cuando estaba en la oposición, es decir cuando ETA todavía mataba, me temo que el cuadro es ciertamente propicio para que se monten parejos saraos a los que provocó en su día el hundimiento de un petrolero que, al parecer, iba a dejar las costas gallegas muertas aproximadamente hasta la jubilación de nuestros nietos, y que visto el bochinche, parece que había hundido Aznar a pachas con Álvarez- Cascos. Y sin embargo, no es así. Existe un ambiente tenso en España, existe preocupación, debate político apasionado, pero no un clamor. Ni mucho menos. Parte de la razón hay que buscarla en el carácter aborregado, egoísta y de culto a lo individual que predomina en nuestra sociedad, sin duda; pero no es menos cierto que este mismo rebaño fue el que hace poco tiempo puso España patas arriba por temas que si bien tenían su relevancia, no llegaban ni de lejos al desmontaje burdo y doloso de nuestro marco de convivencia que hoy vivimos. El problema, creo, son las ideas, las ideologías, y cómo durante muchos años se han labrado clichés ideológicos por parte de unos sin que los otros demostraran la menor oposición, más bien al contrario, se retrajeran y acomplejaran de una forma que me atrevo a calificar de culpable. La Izquierda Política quedó ayuna de ideología hace ya mucho. Es mucho el camino que hemos recorrido desde que sabemos que la utopía socialista no es más que un tremendo engaño que sólo genera pobreza y tiranía. Sin embargo, la Izquierda se ha adaptado muy bien a los tiempos, y en busca de su supervivencia ha sabido engancharse a otras banderas que la dotan de nuevos bríos. Ya nadie habla de los Pobres de la Tierra, del Paraíso Soviético, de los Esclavos Sin Pan. Ya no hay quien defienda la Lucha de Clases, ni tampoco quien considere que nuestros Sindicatos de Clase (auténtico vivero de subvencionados) son Correa de Transmisión de nada. Sin embargo, la transformación se ha producido, y el envidiable acomodo a nuevos dogmas ha dado a la Izquierda un triunfo nada desdeñable: La victoria en el monopolio de todos aquellos conceptos por los cuales la sociedad es capaz de apasionarse en una controversia, plantear un debate e incluso convertirse en un clamor. La tarea ha sido, además fácil, pues ha sido precisamente quien más fácil tenía la batalla, quien renunció a librarla. Esa omisión culpable de regalar la partida en el terreno ideológico, por lamentable dejadez o injustificados complejos tiene hoy un precio mucho más alto del que sus culpables pudieron llegar a imaginar. Hoy por hoy, desde la Izquierda no hay propuestas ideológicas propiamente dichas. Lo que hay son cuestiones mayormente laterales que administradas en forma de píldoras y magníficamente envueltas se entregan a la sociedad. Hoy, los autoproclamados “progresistas” han quedado para defender los derechos de los homosexuales, apropiarse de la Ecología, practicar el pacifismo de doble rasero, hacerse ilegítimos dueños de actitudes políticas como el Diálogo o la Tolerancia, defender el suicida multiculturalismo, y en general, dar alas a todo aquello que pueda suponerse dogma o pilar de la sociedad en que vivimos. Son auténticos adalides del cambio por el cambio, independientemente de que las transformaciones que propugnan arruinen nuestras sociedades. Para ellos lo importante es moverse, da igual hacia dónde, porque en la demostración del movimiento a ningún sitio parecen encontrar su oferta, y su éxito. Enfrente, nadie. Un campo desierto. Un enemigo invisible que se limita a ofrecer situaciones económicas más favorables como aval, sistemas que funcionan mejor, pero que se olvida siempre de decir algo tan esencial como que las cosas son así cuando el timón es suyo porque su ideología, su modelo de sociedad, sus presupuestos, son superiores. Un grupo de políticos que sólo son capaces de exhibir su más o menos brillante gestión en el terreno económico, y que se equivocan cuando piensan que lo que enamora son las hipotecas baratas. Todo el mundo quiere bajos tipos de interés, pero llegado el momento del enfrentamiento político, y teniendo en la otra trinchera a quien usa de la pasión para ganar, hay que saber también convertir la Política en un sentimiento, en algo que otorgue algo más que créditos baratos. Hay que saber instalar a la gente en la convicción de que los principios que les llevan a disfrutar de bienestar, lo hacen porque siguen vigentes, aunque evolucionen y cambien. Porque son mejores. Y no sólo siguen vigentes, sino que nos han traído hasta aquí. Nadie se ha ocupado de hablar de la Libertad y su búsqueda como motor de la Historia Moderna, nadie defiende la Institución Familiar si no es con la boca pequeña, nadie se puso desde el primer día que llegó al Gobierno a elaborar una Ley de Educación que pusiera a España, su Historia y su Cultura en el lugar que merecen. Nadie defiende nuestra obra en América, y sólo se conmemoran las batallas que perdimos, como la de Trafalgar. Nadie se atreve a hablar del Cid, o ponerlo como ejemplo, por miedo a que el imperante pensamiento único le tilde de carca. Nadie glosa en una tertulia la obra de Pizarro, para no ser acusado de admirador de un supuesto genocidio. Nadie dice que lee a Cela, ni confiesa admirar al Ejército de Flandes, ni afirma algo tan evidente como que no existe en la Historia ingenio literario como el de Quevedo, ni Teatro como el de Lope. Nadie. Al marasmo de incoherencias, clichés, lugares comunes y palabras vacías que se manipulan a conveniencia para transformarlas en supuesta ideología por quienes ya no tienen ninguna, pocos se oponen para decir que lo que piensan, en lo que creen y aquello que aman, y menos aún para defender que todas esas cosas son tan respetables como la pretensión de que a los padres de un niño se les inscriba en un Registro como “Progenitores A o B”. Nadie parece dispuesto a exponer (tampoco los políticos de la oposición) algo tan claro y simple como que no puede existir un “Proceso de Paz” donde no hay guerra, ni tampoco nadie nos explica que la misma expresión tiene un subliminal efecto legitimador para el terrorista, que al negociar la Paz aparece inmerso en un conflicto. Es muy fácil, hay que ir a la raíz, y desenmascarar a quienes se agarran a las hojas del rábano para tener qué llevarse a la boca, y además lo consiguen. Quitar la careta a quienes han conseguido hacer realidad el cuento de Alicia y hacen de las palabras y su significado aquello que les conviene. A los impostores del mínimo rigor en el lenguaje que consideran el concepto de Patria como discutido y discutible referido a España, pero ponen viento a favor a las reivindicaciones de Patrias que jamás existieron. Destapar el burdo truco de esos trileros de los significados que encandilan porque aunque su producto es bazofia conceptual, no existe oferta alternativa en el mercado de los principios. Si no lo hacemos desde ahora, no debe extrañarnos que existan asuntos que calen más hondo que otros en la sociedad española. Y no por su gravedad o importancia, sino por el manto de superioridad moral y legitimidad “a priori” que algunos saben otorgarles mientras quienes más tienen que perder en esto, simplemente no hacen nada.
viernes, junio 09, 2006
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