miercoles 7 de junio de 2006
Ruptura en defensa del Estado
EL presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, empezó ayer a recoger el fruto de la discordia que ha venido sembrando desde que ETA anunció el alto el fuego permanente. En buena medida es un fruto que venía madurando desde mucho antes de la tregua etarra, desde que el PSOE comenzó a difundir un mensaje sobre las nuevas oportunidades para la «paz». Lo que entonces parecía ser sólo un acto de voluntarismo del presidente del Gobierno, hoy ya asoma ribetes de lo que podría haber sido un largo proceso de diálogo oculto con el brazo político de ETA, mientras los etarras asesinaban y las víctimas enterraban a sus muertos. En estas condiciones, es lógico que el Partido Popular haya llegado al límite de su paciencia, un límite con el que se ha topado después de ignorar a conciencia y con generosidad, como recordaba ayer Mariano Rajoy, hechos, declaraciones e informaciones inquietantes. Pero el anuncio de la reunión entre los socialistas vascos y Batasuna ha rebasado el más amplio de los márgenes que una oposición democrática y responsable puede conceder al Gobierno.
Rajoy anunció ayer que rompía su relación con el Ejecutivo y que retiraba su apoyo a Rodríguez Zapatero. Es una reacción comprensible. Lo hizo después de desgranar en un discurso sólidamente argumentado todas las contrapartidas que ETA ha recibido hasta el momento, pese a que no ha cumplido ninguna de las condiciones que el propio jefe del Ejecutivo se impuso como requisito previo a cualquier diálogo. Rajoy, al mismo tiempo que propuso un resolución basada en los principios del Pacto Antiterrorista, liberó ayer a su partido y a la mayoría social opuesta a la negociación con ETA de seguir acompañando en silencio forzoso a un Gobierno que ha actuado con doble fondo en este grave asunto. También demostró el presidente del PP que el Gobierno se equivoca si cree que este «proceso» es viable en compañía únicamente de los firmantes del pacto de Estella, de los interlocutores de Perpiñán o de los partidos acomodaticios a cualquier coyuntura. Sin el PP, sin las víctimas y en contra de la ley de Partidos, de las sentencias judiciales y del Estado de Derecho, el Gobierno socialista camina hacia un callejón sin salida.
Rodríguez Zapatero no ha sido leal con el PP, y los acontecimientos confirman que lo que ha pretendido es utilizarlo como coartada para el «proceso», con un discurso que era inmediatamente desautorizado por sus propios actos y los del Partido Socialista de Euskadi. Ni la paz será antes que la política, ni Batasuna tendrá que ser legal -porque ya lo es de hecho- para hablar con el PSE, ni ETA tendrá que disolverse para sentarse en la misma mesa de negociación con el Gobierno. Y lo peor es que, descubierta la trama, la respuesta no ha sido la rectificación, sino la imputación al PP de querer que se frustren las oportunidades de la paz.
Sin embargo, lo cierto es que ETA y Batasuna saludan la reunión con el PSE como una victoria política histórica, porque entraña la aceptación del diálogo político en lo que sólo es un mero paréntesis en la actividad terrorista, y no el cese definitivo de la violencia. Otegi, acostumbrado últimamente a contar sus apariciones públicas como celebraciones, lo reconocía ayer mismo al interpretar el cambio radical del PSE como «un compromiso en favor del debate político, de reconocer nuestra interlocución y de una apuesta en favor de la mesa». Pero advertía, dejando en evidencia al Gobierno, que «vamos a hablar de nuestra legalización». Quizá por eso va a pasear estos días a Gerry Adams, ese terrorista que puede jactarse de que en su «proceso de paz», que ya dura más de quince años, ni el IRA se ha disuelto, ni el Gobierno británico ha verificado el desarme -sino dos clérigos y un general canadiense al que el IRA ha engañado cuantas veces ha querido-, ni ha impedido que los presos de uno y otro bando -porque el «modelo irlandés» sí es un intento de paz en una guerra civil- se hayan convertido en mafias delictivas.
El PSOE no tiene motivos para escandalizarse por las críticas que está recibiendo, porque se apoyan en hechos concretos que desvelan su voluntad de negociar políticamente con ETA. El presidente del Gobierno se vio ayer reflejado en el implacable discurso de Rajoy, pero no podrá decir que se vio distorsionado. Una vez más, Zapatero ha elegido estar donde quiere y con quien quiere
martes, junio 06, 2006
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