martes, junio 06, 2006

Ciudadano Espada

miercoles 7 de junio de 2006
Ciudadano Espada

CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS
No me gustaría que Arcadi Espada tuviera que venir a refugiarse a Madrid como han tenido que hacerlo tantos vascos ahora y tantos catalanes en los períodos liberales del XIX. Así, Víctor Balaguer, o así, Aribau, autor de la oda a «La Patria». Por aquel entonces pintaban bastos carlistas en Cataluña y las masías tenían que ser defendidas como ciudadelas. He recordado en esta columna el relato que nos ha dejado George Sand de cuando pasó por Barcelona, camino de Mallorca, con su hijo y con Chopín. Cuenta que durante toda la noche no dejaban de oirse ruidos de disparos de armas de fuego... hasta el amanecer. Pero Cataluña ha tenido una «leyenda blanca» que ha venido a tapar piadosamente sus horas más negras. O más rojas. Gracias a la mitificación de «todo» lo catalán, que hemos hecho siempre desde «Castilla» y de forma muy especial a partir de los años sesenta, ha podido organizarse sin dejar huellas el «totalitarismo» que ahora comienza a mostrar su espantoso rostro en el sistema de partidos, en el periodismo, en la vida cultural.
Con ser de hierro, la ley del silencio que imponen los nacionalismos, hay fugas de información, ciudadanos díscolos, testigos molestos. Como Arcadi. Entonces, surgen los guardianes de la comunidad y su honorabilidad. Celosos y violentos. Su corporativismo los lleva a defender a los totalitarismos hermanos. Así, no soportan, por ejemplo, que Acebes haya denunciado el compromiso del Gobierno con ETA. ¿Acaso aquel no sigue la hoja de ruta de Antza? Les parece bien que se legalice a Batasuna, pero les gustaría más que ni siquiera se hablara de ello. Corrupción y silencio. Vulneración del Estado de Derecho y silencio. Estatuto anticonstitucional y silencio. Y en éstas llega Arcadi, con el apoyo de la Red. Con la palabra. Remueve el agua. La ciénaga dorada. Hay otro aspecto en la personalidad de Espada que le resulta insoportable, personal caciquil y endogámico de Barcelona. Serios como burros, no pueden soportar el lenguaje irónico y volteriano del escritor. Les descompone. Por eso también, les saca de quicio Vidal-Quadras. Con la diferencia de que este les abruma con sus ocho apellidos comarcales y a veces compuestos.
Una cosa me gustaría saber. ¿Le parece exagerado a Pascual Maragall que podamos considerar nítidamente fascista a los que se dedican a acallar a gentes como Espada, en nombre de la patria que él defiende y que, posiblemente, tenga ya poco que ver con la que cantó Aribau en un banquete celebrado en Madrid?

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