viernes 9 de junio de 2006
Mister Mouse o un ratón a los postres
Carmen Planchuelo
M ISTER MOUSE llegó a mi vida como regalo de cumpleaños, un regalo procedente de un país lejano (como siempre pasa en los cuentos) y para mí desconocido –da igual el nombre - y vino como la expresión de una mezcla de sentimientos muy variados, de esa mezcolanza en la que viven en total caos la ternura, el deseo, el cariño, las ganas de sorprender y a la vez una búsqueda y confirmación de una complicidad más que intuida. Mister Mouse llegó a casa bastante pasado mi cumpleaños, yo diría que como un mes después. Apareció un día de junio. Cuando llegué a mi hogar, un paquete dirigido a mí nombre – y de un tamaño medio- me esperaba en la mesa de cristal. Sabía que había decidido enviarme algo elegido por él que no fuera ese regalo comprado por la pareja como tal, ese regalo de cumpleaños que llegó en su momento y que en cuanto abrí supe que aunque con el nombre de los dos, era el regalo de una (de las partes). Ver el paquetito me produjo una enorme emoción, ya hace meses de ello, pero recuerdo que no lo abrí inmediatamente, que preparé la comida, que almorzamos y que no di ni la más mínima sensación de nerviosismo aunque una especie de euforia y un revoloteo de mariposas crecía dentro de mí. Cuando llegamos al postre entonces sí que decidí descubrir que objeto mi amigo había elegido para mí. Papel de embalar, una caja, más papeles, y más papeles y por fin una pequeña cajita verde como de piel. Pensé “será bisutería”, la abrí como si de la puerta prohibida de Barba Azul se tratara: allí estaba, una pequeña figurita de porcelana que representaba a un pequeño ratón tripa arriba, recostado en una taza azul en la que las hojas del bosque forman un mullido colchón. El ratón se frota los ojos con un gesto perezoso, un ojo redondo y negro me mira, el otro está oculto por la garrita cerrada de dedos delicados como delicadas son las uñas tan chiquitas y que parece son de verdad, con la otra se agarra a la tacíta que le sirve de lecho, el rabillo descansa en la blanca panza; las orejas redondas y color melocotón maduro están atentas a cuanto puedan escuchar. Me nació una sonrisa hacia el interior, me sentí emocionada y supe que con esa figurita de un ratón perezoso él me estaba expresando deseo (el ratón lo simboliza en su lenguaje) y ternura (un muñequito siempre la provoca), y me sentí tan bien, tan querida, deseada, objeto de placer y querencia. Pensé en cómo habría surgido la idea de ese presente ¿Fue buscado intencionadamente? ¿Apareció por casualidad? No sé, pero siempre me he decantado por la primera opción y me le he imaginado deambulando a la deriva por las calles desconocidas, buscando algo sin saberlo y de repente le he visto paralizado delante de un escaparate donde unas cuantas figuritas conviven con portarretratos, recuerdos del país, bisutería y he visto como sus ojos se han posado en un lindo, coqueto, pícaro y perezoso ratoncillo y algo se ha iluminado en su interior – “Sí, esto es para ella ” – y ha entrado en la tienda y con su vacilante y cantarín inglés ha comprado para mí esa cosita tan llena de significado, para que mi ya muy pasado cumpleaños, cuente con un regalo elegido por él para mí, un regalo que solo él puede hacerme y que solo yo puedo interpretar. Mister Mouse vive en mi dormitorio, en la repisa de mármol sobre el radiador de la calefacción, convive con un retrato de mamá antes de casarse, con otro de toda mi familia cuando mi hermano era casi un bebé y yo no superaría los cuatro años, en la que mamá está muy joven y guapa, mi padre satisfecho y con su bonita sonrisa saluda al mundo, mi tía Julia con ese aspecto seductor años cincuenta que le daba un aire de mujer fatal, mi abuela tan ella, tan señora mayor y respetable: “de antes” … es una foto chiquita y descolorida por el tiempo, tomada en un merendero de un domingo por la tarde en un lugar llamado Los Arenales, al lado del río Tajo en la provincia de Toledo, quizás es sólo mi imaginación, pero tengo la sensación de estar viviendo ese instante. Flores de tela de colores pochos, una cajita de marfil, una reproducción de “El nacimiento de la Primavera” regalo de un viejo amo,r son los compañeros de espacio de mi pequeño ratón. Mister Mouse me ve vestirme y desvestirme, se alegra con mis sonrisas que nunca han sido tan radiantes, observa mis coqueteos conmigo misma ante el espejo; el pequeño ratón sabe cuanta felicidad alberga mi corazón, también sabe de mis arrebatos, de mis lágrimas – menos escasas y ocasionales de lo que yo quisiera- de lo que siento cuando dejo deslizar mi seductor camisón de seda y encaje a lo largo del cuerpo. Mister Mouse se ha convertido en testigo mudo de una parte de mi vivir; y si no fuera un ratón de porcelana sino un pajarillo de pluma y hueso, podría volar y cruzar tierras y mares para posarse en la barandilla de una terraza allá casi al otro lado del mundo y contar al oído del que hace vibrar mis fibras, qué me pasa, cómo siento, cómo vivo, qué deseo… claro que para ello el mensajero y el receptor del mensaje deberían poseer un lenguaje común, como los personajes de los cuentos infantiles y así entablar provechoso diálogo. También debería guardarse de los fieros gatos… pero Mister Mouse es sólo un ratón de porcelana, su corazón yo diría que está albergado en ese ojito redondo y negro con el que vigila cada uno de mis movimientos. Muchas veces le beso, poso mis labios en la tripita blanca, rosada ó paso la yema de los dedos por ella e imagino que esa caricia vuela por las ondas y alguien la percibe como leve temblor en la piel, y dado que una es fantasiosa por naturaleza, fue niña a la que le contaban cuentos de hadas y príncipes encantados, pues alguna que otra vez pienso que Mister Mouse va a seguir el mismo camino que aquella rana que al ser besada se transformó en príncipe… y ¿qué pasaría entonces? Pues eso ya – queridos míos- es materia de otro relato.
jueves, junio 08, 2006
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