miercoles 7 de junio de 2006
Maulas
IGNACIO CAMACHO
SE llama «maulas» a los inútiles, a los torpes, a los perezosos, a los que no sirven para nada. También, Academia al canto, a los tramposos, a los cobardes, a los despreciables. En Cataluña llaman «maulets» a un grupo de maulas agresivos y particularmente cretinos, enardecidos por su propia estupidez y por la de ciertos discursos majaderos que incendian la convivencia y fomentan la exclusión. Algunos de estos retrasados mentales llevan tiempo entregados a la enriquecedora tarea de boicotear con violencia física y verbal los actos de un grupo de ciudadanos dispuestos a levantar su voz contra el pensamiento único del nacionalismo, ante la sorprendente pasividad de una policía autonómica que recuerda el peor absentismo de la «Ertzaintza» frente a los abusos del terror callejero vasco. La otra noche, en la campaña del referéndum estatutario, los maulas independentistas, hijos putativos de ERC, la emprendieron a coscorrones contra el escritor Arcadi Espada -cuya cabeza amueblada de dignidad e inteligencia está por fortuna blindada a prueba de pescozones-, en un gesto que simboliza la escalada de impune provocación contra la disidencia que se empieza a vivir en el oasis catalán. No es un hecho aislado, porque se repite con indeseable recurrencia, como bien saben Albert Boadella, Francesc de Carreras o Xavier Pericay, en un clima político complaciente en el que la única reacción es la de quitarle importancia a este vandalismo coactivo reduciéndolo a la sobada condición de «gamberrada de incontrolados». Pues si están incontrolados, que los controlen, que para eso acaba de recibir la Generalitat todas las competencias de orden público.
Esta crecida de la persecución al discrepante, al opositor, al aficionado a pensar por cuenta propia y hablar sin miedo, testimonia de algún modo el envilecimiento de una atmósfera civil que los arúspices del «no pasa nada» tratan de disfrazar de cordial normalidad democrática. No son los «Ciudadanos de Cataluña», ni el Partido Popular, los que crispan la convivencia al negarse a aceptar un Estatuto delirante de esencialismo y exclusiones, sino los talibanes de la imposición, los fundamentalistas de la uniformidad que pretenden imponer un modelo totalitario bajo la premisa del garrotazo al que disiente. Y aunque esta clase de tipejos siempre existen en cualquier parte, lo inquietante es que quien puede hacerlo no tome las medidas necesarias para preservar los más elementales parámetros de normalidad democrática.
Este fascismo coactivo de una minoría que actúa a favor de corriente recuerda demasiado a la amenaza intimidatoria tristemente conocida en la tierra vasca, y da que pensar sobre el futuro inmediato. No sólo del futuro de una Cataluña ensimismada en su presunta diferencialidad, sino del de un País Vasco «normalizado» bajo coordenadas que amparen la intolerancia contra cualquier expresión de rechazo al nacionalismo obligatorio. Conviene recordarlo porque está escrito en la Historia: los fascistas empiezan siempre por sus enemigos y acaban imponiendo el terror hasta a los indiferentes.
martes, junio 06, 2006
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