viernes 9 de junio de 2006
De asaltos, asaltantes, inmigrantes y de chorizos/as de hipermercado
Miguel Martínez
A NDABA quien les escribe en un híper, realizando la ineludible tarea de aprovisionar de víveres su despensa y ensimismado en el terrible dilema de decantarse por un bote de zanahoria rallada patria o hacerse con una foránea de más conocida marca, cuando por fin se decide por hacer país y agarrar la propia, y se apercibe de que su carro -y el euro que llevaba dentro- que instantes atrás se hallaba a la espalda de un servidor, se había volatilizado, como volatiliza la alegría una carta de Hacienda. - Pssst, caballero. Le acaba de quitar el carro aquella señora que va por allí -le sopla un testigo solidario-. Lo ha cogido mientras usted miraba los botes de zanahoria. Y un servidor, atónito y con un bote de zanahoria rallada en cada mano, observa cómo una abuelilla de unos sesenta y bastantes traspone el pasillo de las conservas hacia los congelados, llevándose el carro otrora mío con mi botellita de rioja, mi bote de suavizante, mi pasta de dientes y un niñito rubio dentro que antes no estaba. Iniciada la persecución, quedó constatado el envidiable estado de forma de la anciana, que, alertada por mi persistente seguimiento, miraba de reojo y se escabullía por los pasillos, derrapándole el carro en las curvas -agarrado el niño a los barrotes como el que se agarra en la montaña rusa-, obteniendo de esta forma la ventaja suficiente para confundirse con la numerosa clientela que satura los hipermercados los viernes por la tarde. Quiso San Cristóbal –patrón también de los conductores de carritos de híper- que una congestión de carros la retuviera el tiempo suficiente como para que un servidor llegase a la altura de la abuela delincuente, verificara que del carro habían desaparecido los productos de higiene –o los soltó en cualquier estante o los perdió en un derrape- pero que conservaba el rioja, y que el niño se estaba divirtiendo de lo lindo con la carrera. -Perdóneme señora. Este carro es mío. -¿Mande? Es que estoy un poco sorda. -Que ese carro que lleva es mío. Me lo ha quitado usted mientras yo elegía las zanahorias. -Eso es mentira –muy ofendida- ¿Por quién me toma? Este carro lo he cogido yo en el aparcamiento. ¿A que sí, nene? El nene mantuvo la cara de pocker y los ojos muy abiertos unos segundos, transcurridos los cuales rompió a llorar desconsoladamente. - ¿Ve usted lo que ha conseguido? Ha hecho llorar a mi nieto. ¿No le da vergüenza? - Señora, que yo no he hecho llorar al niño, que sólo le digo que ése es mi carro, ése mi rioja y el euro que lleva el carro también es mío. - Eso es mentira. Y o me deja tranquila o llamo a seguridad y les digo que está molestando a mi nieto. Pónganse ustedes, mis queridos reincidentes, en el pellejo de un servidor, con un bote de zanahorias en cada mano, con la abuela choriza frente a mí con los brazos en jarras y cara de mala leche, el niño con un berrinche de padre y muy señor mío, y la gente alrededor mirando la escena y cuchicheando. - Pues nada, señora. Muchas gracias. Que Dios se lo pague y Hacienda se lo investigue. Total, carro nuevo, euro nuevo y vuelta a empezar –eso sí- sin perder de vista el nuevo carro con su nuevo euro durante toda la compra. Al relatarle el atraco a niño llorado que acabo de sufrir al vigilante de seguridad de la puerta, éste se sonríe y me suelta: - Una abuelilla bajita, regordeta, con el pelo blanco, medio sorda y con gafas ¿a que sí? - Sí, sí. La misma. - Lo hace siempre. No sabe “na” la tía. Y si yo fuera Rajoy o Acebes, culparía a Zapatero de la política de pensiones que hace que las abuelas tengan que recurrir a estas y otras tretas para llegar a fin de mes, a fin de hacerse con el mísero euro del carro, de la misma manera que culpan al gobierno de la ola de asaltos a viviendas que estamos sufriendo en el sur de Cataluña, achacando estos delitos a la política de inmigración y a lo que ellos denominan efecto llamada que llena de inmigrantes sin papeles nuestro país. Saben Rajoy y Acebes perfectamente –que para eso fueron ambos Ministros de Interior y disponían de informes y de magníficos expertos a su servicio- que ese tipo de delitos no son llevados a cabo por los inmigrantes que puedan colarse en una patera, o en un desvencijado autobús de falsos turistas proveniente de los países del Este. Saben de sobra que nada tienen que ver con los pobres desgraciados que llegan a nuestra tierra huyendo del hambre y dispuestos a trabajar en lo que sea, muchas veces en aquellos empleos de los que nosotros no queremos ni oír hablar. Saben que los autores de este tipo de delitos entran en nuestro país en comandos organizados y con formación militar, viajando en coches de lujo alquilados, trajeados y con documentación falsa, muchas veces comunitaria. Se desplazan a nuestro país –y a otros- sólo con la intención de pasar una temporada delinquiendo. Organizan cada golpe con precisión y táctica militar. Viven separados y se reúnen sólo instantes antes de cada operación, o bien se instalan en bosques apartados y viven y se ocultan empleando tácticas de guerrilla y supervivencia. Cada uno de los integrantes de esas bandas está especializado en una materia concreta: desactivación de alarmas, apertura de puertas o cajas fuertes, armas, conducción evasiva, telecomunicaciones, apoyo táctico, etc… Existen grupos búlgaros especialistas en vehículos de lujo, kosovares expertos en butrones en naves industriales y robos silenciosos de chalés, especialidad que también llevan a cabo grupos de rumanos y sudamericanos. Incluso existen especialistas en robar los botines obtenidos por otras bandas. Se estima que estos delincuentes pueden llegar a reunir en pocos meses ingresos que suman varios cientos de millones de euros con los que regresan a su país, muchas veces para retirarse y llevar una vida “honrada”. O sea que cualquier parecido de los que cometen este tipo de delitos con el estereotipo que tenemos de inmigrante es pura coincidencia. Quienes llevan a cabo este tipo de actos son auténticos profesionales, que pasan la frontera de la misma manera que lo hace usted cuando sale de vacaciones al extranjero con su vehículo, que comen en buenos restaurantes, visten en buenos sastres, conducen mejores coches y que no le producirían a usted sensación de inseguridad alguna si se los cruzasen en la puerta del colegio de sus hijos. Afirmar que la libre circulación en Europa facilita el tránsito de esas bandas sí es acertado. Sí sería opinable, e incluso justificado, valorar si el precio que tenemos que pagar por la “Europa de las Naciones” nos compensa de los inconvenientes que la libre circulación nos acarrea, pero culpar de este tipo de delitos a la inmigración en abstracto, cuando lo que a cualquiera de nosotros nos viene a la cabeza al hablar de inmigración es la imagen de subsaharianos bajando de la patera medio desfallecidos, o a inmigrantes del Este recogiendo fresas en Huelva a pleno sol, es -además de demagógico- cínico, xenófobo y ruin. Por cierto, la abuela del híper era la mar de española.
jueves, junio 08, 2006
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