Autonomía municipal
Miguel Ángel García Brera
L A visita a uno de los pueblos más bellos de España me ha hecho pensar en la fiebre autonómica desarrollada, desde el inicio de la transición, por las que fueron regiones españolas; está alcanzando tales grados que se aproxima al independentismo en algunas propuestas de los partidos nacionalistas, al socaire de un Gobierno débil que, sin el apoyo de los votos suficientes, se juega cada día su permanencia, de no aquietarse en buena parte a las exigencias de sus socios. A mi modo de ver, sin embargo, las autonomías regionales, si bien tienen logros evidentes, en buena parte debidos a la asistencia de la Comunidad Europea, a veces se comportan con evidente énfasis de centralismo y repiten, respecto de los pueblos y ciudades que las integran. los esquemas de aquél. Tal comportamiento resulta inconveniente a las provincias y especialmente a los municipios, instituciones que han ido perdiendo autonomía, a favor de las nuevas Comunidades, convertidas, en sus territorios, en otro poder centralista. Resulta curioso que no sean muchas voces las que han clamado en este tiempo por esa situación paradójica de unas instituciones nuevas que reclaman constantemente del Estado más competencias y llevan adelante su política invadiendo cuanto pueden las áreas municipales, donde precisamente el gobernante está más en contacto con el pueblo y con sus necesidades. Sólo a Paco Vázquez oí en varias ocasiones referirse a este fenómeno, y hacer patente la necesidad de dotar a los municipios de más medios y mayores competencias. El Gobierno prefirió enviarle a sestear en el Vaticano, donde el brillante alcalde de La Coruña no puede hacer otra cosa que templar gaitas – lo que evidentemente se le da bien a un gallego – sin el mínimo apoyo de un país, cuyos dirigentes faltan al respeto a los principios del catolicismo, y, en uno de sus “gestos” subvencionan una reunión de gays en las vísperas de la visita del Santo Padre. Y no es que sea yo quien vaya a desaprobar la subvención a cualquier tipo de reunión legal, pero sí el que piensa que seguramente a los homosexuales, no les agradaría mucho que se subvencionara, mientras ellos se reúnen y en el mismo lugar, un Congreso Médico de esos profesionales que no tienen claro si no es la homosexualidad una enfermedad, para tratar sobre la cuestión. Pero volvamos a Calaceite. Con motivo de celebrarse sucesivamente el Día de Santa Ana, el de San Isidro y el de la Santa Espina, el pueblo al completo – 1.500 habitantes – y numerosos forasteros se han congregado para oír una Misa en la ermita de la Santa Madre de la Virgen y, para preparar una paella o una parrillada en las barbacoas construidas a la sombra de las encinas centenarias. Aunque los no creyentes sólo han participado en la parte gastronómica, me ha perecido ejemplar la tertulia entre todos, la conversación amable y la ayuda de unos y otros para ir aparcando los coches, o esperarse en los caminos de una sola dirección, allí donde había mejor lugar para ceder el paso. Por lo que hace al Día de la Santa Espina – una de las que, en número de 72. formaban la Corona de Cristo, según la tradición, y traída desde Palestina a la Parroquia donde se venera, por un peregrino en la Edad Media – el animoso y joven párroco Don Roberto, consiguió que el Arzobispo de Zaragoza oficiara la Santa Misa, acompañado de once sacerdotes, entre los que se encontraban varios naturales de Calaceite. El arzobispo saludó a los fieles en catalán y español, dado que el pueblo – lindando ya con Tarragona - normalmente habla catalán y lo ha hablado siempre, sin la menor traba en época alguna, y sin ningún énfasis, de modo que, sí se dan cuenta de que desconoces esa lengua, se comunican contigo en perfecto castellano. La Misa fue rezada en castellano y en latín –que es la lengua de la Iglesia- y se cantó solemnemente por el Coro de la localidad y por el propio Arzobispo de excelente voz aunque algo más rápida. El esfuerzo de la Coral es de destacar, pues el día anterior habían cantado la emocionante Misa Baturra en honor de San Isidro, que se celebra en Calaceite el 4 de Junio. Por la tarde hubo procesión y adoración de la reliquia. Si Calaceite hubiera tenido que esperar a que desde la Junta Aragonesa se aprobara el programa de cuatro días del que estoy escribiendo, y se subvencionara su presupuesto, me temo que no se habría llegado a tiempo de hacer nada ni de concitar tanto interés, porque, si el Párroco hubo de movilizar a su Pastor y a sus hermanos en el sacerdocio, no fue menor el afán con que los Quintos del 2006 – ahora que ya no hay Servicio Militar obligatorio, sigue agrupada cada generación – proveyeron de grupo musical a las fiestas – ni el Ayuntamiento habría ofrecido su Toros de Fuego y su colección de Fuegos Artificiales, ni la Comisión de Agricultores “San Isidro” habría invitado a pastas típicas – ¡y como esas pastas, sobre todos los “ almendrados”, hay pocas en el mundo! – ni en la Plazuela de la Lonja se hubiera servido un vino español por todo lo grande, al que ni el Arzobispo pudo renunciar, aprovechando para saludar a todos los vecinos; ni se hubiera dado una merienda en la Plaza de España, amenizada de charanga, gracias, ambos ágapes, al Ayuntamiento y al desvelo y gasto de la Cofradía de la Sangre de Nuestro Señor y la Santa Espina. En fin, fiesta religiosa, de imponente ceremonial casi vaticano, para el creyente o el curioso o el amante de la estética; fiesta civil, lúdica y gastronómica para todos. Lenguas muertas resucitadas en la liturgia, lenguas ancestrales enraizadas en el habla diaria, lengua española viva, querida. utilizada con gusto cuando se ha de menester. No es extraño que un pueblo así sea diariamente visitado por autocares con turistas de todas las regiones; ni tampoco que buen número de extranjeros, -literatos, pintores y otros artistas- se hayan instalado en él. La compañía de todos los vecinos, solícitos ante la pregunta o el interés del forastero, mientras el día ilumina la belleza de un casco urbano, que procede de los siglos XVII y XVIII, y el silencio de sus calles al anochecer provocan sana envidia. Y uno piensa que es en ese mundo municipal donde la autonomía tiene que extenderse más y más, porque nadie gobierna mejor su pueblo, su ciudad que quienes los habitan.
viernes, junio 09, 2006
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