martes 13 de noviembre de 2007
Chucherías del escaparate electoral
VALENTÍ PUIG
VOTAMOS como adultos que somos, pero no por eso nos negamos la ilusión del niño que empapa con el aliento el escaparate de una pastelería contemplando una tarta de ensueño. En lo que ocurra en los próximos cuatro años van las expectativas racionales del votante y también parte de sueños que puede o no compartir. Si podrá comprarse un nuevo coche, mejorar la educación de sus hijos o confiar más en la sanidad pública depende de la suma de papeletas. También hay mucho pastelillo chino con mensajes enigmáticos y poco sabor. Los partidos políticos ofrecen una suerte de relato, cuentan una historia en la que el cambio o la continuidad son los postores de cada deseo individual. Son determinantes la credibilidad de la voz que cuente ese relato, el tono, la compenetración. No todo es marketing. Ahora están PP y PSOE pensando en qué relato electoral van a contar y cómo. Al perdedor le van a sobrar montones de pastelillos chinos de la suerte con un mensaje de resignación confuciana.
Los recientes sobresaltos que se ha llevado Zapatero le están dejando sin una historia creíble; a Rajoy le ocurre que todavía no sabe con qué tono de voz debiera contar la suya. ¿Es la tarta la integridad de España, las hipotecas, la presión fiscal o la inmigración? Quizá falte la guinda y seguramente vaya a tener que aparecer en el curso de la campaña electoral. En los Estados Unidos, el voto para noviembre de 2008 también anda en busca de grandes relatos. Algunos demócratas añoran el aliento que tuvo el «New Deal» de Roosevelt, y entre los republicanos hace estragos la nostalgia por el optimismo soleado de Ronald Reagan. Los narradores pueden ser Hillary Clinton o Giuliani, por ejemplo. De irse pacificando Irak, el temario cambiará de color y habrá que volver a la gran tarta de un sueño americano.
Las elecciones americanas no son extrapolables a las españolas, pero parte de sus microtendencias no nos son por completo ajenas. Para el votante americano, contará mucho -según David Brooks, columnista conservador moderado del «New York Times»- la distancia que uno crea percibir entre su optimismo privado y su pesimismo público. Ahí hay alguna indicación para los estrategas electorales de Zapatero y Rajoy. En general, el votante americano está razonablemente satisfecho con lo que gana, con su trabajo, con su vida en general. Pero al mismo tiempo se siente más bien descorazonado por el estado de las instituciones de la vida pública. Un 68 por ciento opina que el país está mal orientado. Es un pesimismo más extenso del que se daba con motivo de la guerra del Vietnam o con el descrédito institucional que provocó el caso Watergate. Extraño dilema para acercarse a las urnas: creer que lo público debe reformarse pero temer que el cambio afecte al bienestar privado.
En el caso norteamericano, la conclusión de David Brooks es que la gente quiere que el gobierno cambie pero que sus vidas continúen igual: no desean que se les transforme, sino que se les defienda. Una translación de estas deducciones sugiere que en España todos quieren conservar el poder adquisitivo que generaron los gobiernos del PP y que más o menos prosigue; al tiempo, no se desea aventurismo soberanista, que los gobiernos dependan de ERC, que ETA desaparezca y que lo público se gestione sensatamente. Ni la divisoria entre las alternativas ni la confianza en sus respectivos relatos están muy claras. Al elector español tampoco se le escapa que la configuración postelectoral de un gobierno no responde exactamente a lo que estaba en el escaparate, sino al pedazo de tarta que en caso de mayorías insuficientes queda a disposición de los socios periféricos que estén a mano. Por el momento, por muchas encuestas que se filtren o maquillen, para marzo prácticamente estamos a partes iguales en más de lo mismo o en cerrar el paréntesis del zapaterismo. Con bolsas de insatisfacción, la sociedad todavía anda por el alero del crecimiento económico, aunque suba el precio de la bolsa de la compra. En el IPC está una de las claves de marzo. Lo otro, el desapego o la pérdida de ilusión, también es clave, pero tiene baremos menos cuantificables.
vpuig@abc.es
http://www.abc.es/20071113/opinion-firmas/chucherias-escaparate-electoral_200711130246.html
martes, noviembre 13, 2007
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