miércoles, noviembre 07, 2007

Juan Bas, Malcarados

Malcarados (Juan Bas)
07.11.2007 -

No me refiero a los aquejados de extrema fealdad, tipo Picio, al que el cura le dio de comulgar con la punta de un largo palo para no tener que acercarse. Por malcarados entiendo a los tipos, tanto hombres como mujeres, que van por la vida poniendo mala cara, ocasional o perenne.Desde un punto de vista subjetivo, es decir, toparte con ellos, los malcarados se dividen en dos grupos: los que te conocen y los que no. Y desde el más o menos objetivo, en otros dos: los que te miran con cara de asco, como si te vieran en estado de putrefacción, y los que su expresión torva es de franca hostilidad y agresiva, los que parecen desear verte putrefacto después de matarte con sus propias manos.Entre los malcarados que no te conocen, observas que algunos son democráticos o de tendencia igualadora y le ponen a todo el mundo la misma jeta de asco o de mala hostia. Éstos son los que menos agreden y los consideras aquejados de un mal endémico de resentimiento o rencor universal y los afrontas con el mismo sentido de penitencia que al vecino de asiento en transporte público al que le rugen los alerones reñidos con el agua.Más mosqueo producen los malcarados desconocidos que no lo eran -malcarados- hasta que te ponen a ti la vista encima. Entonces me pregunto si se tratará de una incompatibilidad química y soy yo el que les huele mal o si por un albur han leído algo mío y me han reconocido.Los malcarados conocidos que reparten hiel facial selectiva no tienen misterio. Te ponen mala cara porque les caes como el culo -suele ser mutuo- y tienen que demostrarlo cada vez que te encuentran. Es su carácter.El colmo se da con los malcarados generalistas desconocidos, pero que te conocen a ti y tienen sus razones para detestarte. Me pasó hace poco. El malcarado era de expresión difícil, la cual hacía juego con una cabeza de trazo lombrosiano. Como debía de ser consciente de su mala cara habitual, tenía que mostrarme un añadido, una propina de animadversión, pues el desapacible 'careto' lo llevaba siempre puesto, como los calzoncillos -supongo-. Así que como por cuestiones laborales era inevitable que nos presentaran y estrecharme la mano, cuando llegó el momento, mientras me la daba, brevemente pero al menos no demasiado fláccida, volvió la cabeza lombrosiana a un lado para no mirarme a la cara en el trance de la presentación y el saludo. Aunque al principio me pareció una pequeña afrenta, luego pensé que su desprecio en realidad era un alivio, y tal vez una cierta consideración por su parte, ya que me evitaba tener que verle en plano corto y frontal el avinagrado rostro. Y uno va teniendo una edad en la que el corazón le pide esquivar los sustos innecesarios.

http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/prensa/20071107/opinion/malcarados-juan-20071107.html

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