miercoles 7 de noviembre de 2007
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
Fraternité, autorité
La razón de su éxito no es que Sarkozy sea más simpático, más hábil, o que tenga una diplomacia más eficiente, capaz de ablandar a las autoridades chadianas. La auténtica explicación es que el presidente africano que con tanta autoridad reñía al piloto español, en la práctica es un prefecto supernumerario de la República Francesa. Ella lo puso, ella lo mantiene, ella lo defiende contra los insurgentes, y sin su apoyo duraría muy poco en el poder.
Así que el beau geste presidencial tiene truco, porque detrás del escenario hay unas tropas estacionadas que refuerzan la simpatía, la habilidad y la diplomacia. La llamada francophonie es un concepto cultural, de acuerdo, y económico también, sí, pero sobre todo militar, porque comprende territorios donde Francia tiene presencia armada, o a donde puede desplazar sus soldados en caso de necesidad.
No sólo eso. Otros refuerzos importantes para la acción diplomática francesa son su continuidad y la falta de escrúpulos. Como ocurre en otras grandes potencias, hay en su política exterior unas líneas inmutables que son seguidas por Napoleón, De Gaulle, Giscard, Mitterrand, Chirac, o ahora por el recién llegado Sarkozy.
Según una de ellas, el norte de África y países como Chad son, por así decirlo, el patio trasero de Francia. Sus regímenes no se miden por la calidad democrática, los derechos humanos y esas cosas, sino por su disposición ante los intereses franceses. En aquella célebre frase que Roosevelt dedicó a Anastasio Somoza (es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta), podrían los franceses sustituir al dictador nicaragüense por cualquier autócrata africano.
No en vano el creador de la diplomacia moderna fue Richelieu. Hasta que él aparece en escena, las alianzas se basaban en afinidades religiosas o dinásticas. Al cardenal le da igual unir sus fuerzas a los protestantes con tal de debilitar a los estados rivales de Francia. En la actualidad, la política exterior de los grandes se mueve igualmente por intereses y no por principios.
Los rusos apoyan a Irán por motivos energéticos, China sostiene al régimen responsable del genocidio de Darfur por lo mismo, los americanos ya se sabe, y Francia conserva aquí y allá sus parcelas coloniales aunque en ellas no haya siquiera una pizca de liberté, egalité, ni fraternité.
Hace siglos, un romance en gallego decía que el rey don Sancho se había ido a terra de mouros a librar cautivas. Eran otros tiempos. Ahora las cautivas son azafatas y no hay un Don Sancho a mano, ni una orden mercedaria que pague el rescate, sino que tiene que ir un monarca de los francos a echar una mano. Menos mal que queda alguien que no fía su política exterior en tiempos de crisis a una evanescente Alianza de Civilizaciones, sino a una simpática habilidad combinada con el garrote.
El error es que las civilizaciones quizá puedan aliarse sin otro móvil que el deseo de paz, pero los estados necesitan otro tipo de ingredientes en sus tratos. Eso era así en tiempos del rey don Sancho, en la época de Richelieu y en los momentos actuales. Es la gran lección que se deduce del episodio chadiano, además de la existencia de organizaciones occidentales que aprovechan el disfraz de ONG para realizar una versión moderna del tráfico negrero.
Con una sonrisa en la boca, Sarkozy hace dos cosas: ayudarnos en un apuro y recordarnos que Francia y España militan en ligas diferentes, gracias a que su habilidad y su simpatía van armadas.
http://www.elcorreogallego.es/index.php?idMenu=13&idEdicion=693&idNoticiaOpinion=229467
miércoles, noviembre 07, 2007
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