martes, noviembre 13, 2007

Josep Borrell, Convulso Caucaso

martes 13 de noviembre de 2007
Convulso Cáucaso
Josep Borrell
De Lisboa, donde se han celebrado los Días Europeos del Desarrollo, dedicados al impacto del cambio climático en los países más pobres, que son también los menos responsables de este problema, salto al Cáucaso, a la ex república soviética de Georgia, que ha vivido momentos difíciles en el cuarto aniversario de su “revolución de las rosas”.
Al llegar al nuevo aeropuerto de Tiblisi, que quiere ser imagen de la modernización del país, una enorme imagen de G. W. Bush te da la bienvenida. Con los brazos abiertos, el presidente de EEUU, que fue recibido aquí como un salvador, parece proteger a los georgianos de la amenaza rusa. A su vez, en la frontera de Georgia con la provincia separatista de Osetia del Sur, el presidente ruso Putin aparece, en una imagen tan grande como la de Bush, como el protector de los osetios.
Ciertamente, el Cáucaso aparece como la frontera de la nueva guerra fría, la línea de fricción más tensa con una Rusia de nuevo emergente que ve con recelo cómo la OTAN se extiende por su flanco sur.
Formar parte de la Alianza Atlántica es la ambición más clara de Georgia, patria de Stalin, que accedió violentamente a la independencia en 1991. Sus gobiernos postsoviéticos fueron notablemente corruptos e ineficaces, mientras Rusia apoyaba los movimientos separatistas de Osetia, Abjasia y Adjaria. El país llegó al borde de la desintegración cuando la “revolución de las rosas” llevo al poder a M. Saakachvili, elegido presidente ahora hace 4 años con el 95% de los votos, al frente de un movimiento democrático prooccidental.
Cuando en julio pasado visité Georgia como enviado especial de la Presidencia española de la OSCE, para analizar la situación del conflicto separatista de Osetia del Sur, nada hacía presagiar la explosión popular que en los primeros días de octubre ha convertido el centro de Tiblisi en campo de batalla y me ha traído de nuevo urgentemente por este Cáucaso convulso y fragmentado, frontera de imperios, rusos, turcos y persas, punto de encuentro entre Oriente y Occidente, mosaico de minorías étnicas y de conflictos territoriales que enfrentan a los vecinos Azerbaiyán y Armenia, a Armenia con Georgia y a ésta con Rusia.
Las calles de Tiblisi están tranquilas y la presencia policial es discreta. El estado de emergencia decretado por Saakachvili y ratificado por el Parlamento puede ser levantado en los próximos días, pero el Gobierno no parece dispuesto a reabrir algunos medios de comunicación privados como la cadena de televisión Imedi, propiedad de un hombre de negocios en guerra abierta con el presidente, que fue expeditivamente cerrada por la Policía.
Los periodistas de Imedi aseguran que todo fue destruido en la emisora. El Gobierno lo niega y asegura que Imedi era el portavoz de una conspiración para derribar el Gobierno dirigida por agentes rusos en la que habrían participado algunos dirigentes de la oposición. Una y otra vez, Rusia es señalada como la gran responsable de lo ocurrido y algunos de sus diplomáticos han sido expulsados.
Los ministros del interior y de Exteriores aseguran que el estado de emergencia fue decretado para evitar la toma violenta de edificios oficiales como parte de un plan cuidadosamente preparado. Pero la espontaneidad de las manifestaciones y la dimensión de la violencia en las calles parece tener más que ver con el malestar social de un pequeño país cuyo crecimiento económico no mejora la situación de pobreza de la mayoría de la población, y con creciente abuso de poder ejercido por una clase dirigente extremadamente joven que aplica recetas económicas ultraliberales y una dura represión policial que ha multiplicado por cuatro, desde el 2003, el número de presos en las cárceles.
Una de las víctimas de la violenta represión de las manifestaciones, mientras intentaba evitar los excesos policiales, fue el propio Defensor del Pueblo. Su descripción de los hechos es bastante elocuente de lo ocurrido, pero el que el Defensor del Pueblo, reconocido como tal, haya sido apaleado en el centro de la capital por policías de paisano no parece conmover a las autoridades gubernamentales ni parlamentarias. ¡Imagínense lo que ocurriría en España si el Sr. Mújica fuese apaleado en Cibeles por policías de paisano ante la indiferencia del Sr. Marín!
En todo caso, Saakhasvili y sus ministros son conscientes del daño que estos acontecimientos han causado a la figura idílica de una Georgia presentada como campeona de la regeneración democrática. El estado de emergencia, la suspensión de las libertades civiles, el cierre de medios de comunicación críticos con el Gobierno y la violenta represión de manifestaciones son un serio inconveniente para sus ambiciones de formar parte de la OTAN y aproximarse a la UE.
Por ello, y ante la fuerte presión internacional, norteamericana incluida, un día después de la más fuerte de las manifestaciones Saakhasvili decide convocar elecciones presidenciales anticipadas en el próximo enero e iniciar un diálogo con la oposición.
Queda ahora por ver las condiciones en las que esas elecciones se van a desarrollar. La posición abiertamente prooccidental y pronorteamericana de Saakhasvili, y su determinación para hacer frente a las presiones rusas, le ha dado hasta ahora carta blanca y le ha evitado muchas críticas por el creciente autoritarismo con el que ejercía el poder desde que fue abrumadoramente elegido en el 2003.
Lo ocurrido demuestra que el camino hacia una democracia real está siendo más difícil de lo que el entusiasmo de los días revolucionarios del 2003 hizo creer. Ahora la comunidad internacional, y en particular EEUU y la UE, tiene una grave responsabilidad en garantizar la seriedad democrática de las próximas elecciones. De lo contrario las convulsiones del Cáucaso agrietaran más la frontera de la nueva guerra fría en un país por donde transita el petróleo del Caspio hacia Occidente.

http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=13/11/2007&name=borrell

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