jueves, noviembre 08, 2007

Ignacio Camacho, Nana de la cebolla

jueves 8 de noviembre de 2007
Nana de la cebolla

Por IGNACIO CAMACHO
UN jeque del Golfo Pérsico decide subir el precio del barril de petróleo hasta los casi cien dólares y pocos días después un ama de casa de Leganés o de Dos Hermanas ha de pagar el kilo de cebollas un veintidós por ciento más caro. En la economía cotidiana el «efecto mariposa» provoca auténticos terremotos a distancia, no siempre bien explicados ni explicables, sobre todo si los encargados de dar las explicaciones son los políticos. El presidente del Gobierno, que desconocía el precio de un café, no sabe descifrar la causa de la subida del pollo (tres euros el kilo), las naranjas, los tomates, los huevos o el atún en lata. Los gobernantes tocan un timbre para pedir una ensalada, y se la sirve en el despacho un camarero de guantes blancos en cuyo sueldo sí repercute el alza de la cesta de la compra. Las dos tardes del profesor Sevilla no daban para entender por qué se desbocan los alimentos mientras sube la Bolsa, de modo que Zapatero abre su sonrisa elástica para responder a una oposición encabronada que le interpela por el precio de las salchichas y los yogures, como Fraga clamaba por los garbanzos. «Sea usted más feliz», es la receta buenista del presidente a un senador quisquilloso que lleva en el bolsillo la lista de la caja del hipermercado. Be happy. Y cómo demonios puede ser más feliz un ama de casa a la que se le pone cuesta arriba el litro de leche y cuesta abajo la pensión o el sueldo de mileurista.
A la alta política no le gustan las cuestiones pedestres, esa clase de problemas sencillos y concretos para la que los dirigentes suelen carecer de respuestas porque contradicen la retórica de la macroeconomía. Por eso cada vez se les ve menos por los mercados, donde antes iban a hacer populismo de campaña. Ahora no se quieren arriesgar a discutir con un pescadero. El debate de los presupuestos es un fárrago de conceptos que la gente común no entiende, y si los entendiese daría igual porque a los ciudadanos que van al súper les importan una higa los déficits de caja: ya sufren el suyo propio a la hora de pagar la cuenta del frutero.
La inflación cabalga al galope sobre todo el menú de las familias españolas. Ha subido el desayuno (leche y pan de molde), el almuerzo (spaghettis, pollo, conservas de pescado), el postre (naranjas, peras de agua) y la cena (verduras y huevos). Los proveedores de argumentarios de urgencia procuran ofrecer proposiciones simples, y han dado en cargar la responsabilidad sobre el petróleo, un elemento distante y ajeno que evoca remotos millonarios con turbante. La culpa no es nuestra, el del petróleo, musitan los políticos con una convicción perfectamente resistible. Lo peor no es que no puedan frenar los precios, lo que no siempre está, en efecto, a su alcance, sino que se les nota que en realidad no saben por qué suben, y con frecuencia es bastante posible que ni siquiera les importe. Desconcertado por la terca resistencia de la realidad a su optimismo electoralista, el presidente Zapatero se encoge de hombros y entona, sin saberlo, las Nanas de la cebolla: «No te derrumbes, / no sepas lo que pasa / ni lo que ocurre».

http://www.abc.es/20071108/opinion-firmas/nana-cebolla_200711080257.html

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