jueves, noviembre 08, 2007

Ferrand, Azaña, Aznar y Zapatero

jueves 8 de noviembre de 2007
Azaña, Aznar y Zapatero

M. MARTÍN FERRAND
EL recuerdo de Manuel Azaña tiene, además de su propio valor histórico -ni tanto como predican sus devotos, ni tan poco como quisieran sus enemigos retrospectivos-, el de constituir una unidad de medida que nos permite tallar a nuestros líderes contemporáneos. Adolfo Suárez sobrevoló sobre su memoria. No estaban aquellos hornos de la Transición, calientes con la inercia franquista, para muchas concesiones republicanas. Leopoldo Calvo-Sotelo le aplicó una dosis de desdén que, seguramente, es lo que más se ajusta a los méritos políticos del personaje. Felipe González le trató con cautela. Muchas de las incongruencias socialistas que hicieron fracasar la II República se ponen en evidencia en los escritos de Azaña, y el pragmatismo de González, su mayor virtud, no tiende a gastar pólvora en salvas ni a perder el tiempo con santos de otras cofradías.
En días más cercanos, José María Aznar padeció un ataque de fervor azañista de difícil explicación y, al tiempo, de valor sintomático para la mejor comprensión del refundador del PP. Recuerdo, en 1994, con motivo de la presentación de un libro de Federico Jiménez Losantos -«La última salida de Manuel Azaña»-, un canto aznarita de honor y gloria al «Azaña español que siente la España plural e integradora». Luego se enfrió su devoción; pero buena parte de los zigzagueos aznaríes vienen de aquello, de una mala digestión de la lectura de quien Miguel de Unamuno dijo: «Cuidado con Azaña. Es un escritor sin lectores. Sería capaz de hacer la Revolución para que le leyeran». Así lo certifica Salvador de Madariaga en «España».
Ahora, el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales ha editado, sobre una solvente compilación de Santos Juliá, las Obras Completas del que fue presidente de la República y, en tan solemne ocasión para las zetas que conmueven el ánimo de José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente del Gobierno es el nuevo propagandista del nunca eficaz y siempre sombrío Manuel Azaña. La democracia actual, ha dicho Zapatero sin reparar en su pequeñez y en sus crujidos, es «la España que soñaba Azaña». Qué pesadilla.
Azaña es una pieza imprescindible para entender la retahíla de fracasos nacionales que se engarzan a lo largo de los noventa últimos años; pero, de ahí a su veneración, media la distancia que marca la inteligencia. «Mi dios es la Ley», decía Azaña y decía bien desde el sentido democrático y la pretensión de un Estado de Derecho; pero, siempre atrapado por el oportunismo y el rencor, podía pasar a decir con idéntica energía: «Perezca la Ley para que la República se salve». Es la maldición de la Z que, con génesis en quien nunca debió pasar de secretario del Ateneo de Madrid, utilizó Aznar en sus más erráticos sermones y ahora asume y ensalza Zapatero. Cualquier cosa menos mirar al futuro con un ojo puesto en la ciudadanía.

http://www.abc.es/20071108/opinion-firmas/azana-aznar-zapatero_200711080300.html

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