jueves 8 de noviembre de 2007
Pesadilla o sueño de Zapatero
Por VALENTÍ PUIG
A estas alturas no tiene tan siquiera rango de contradicción que los socialistas celebren el despliegue de banderas de España entre la población entusiasta de Ceuta y Melilla pero no den importancia alguna a que no ondeen en ayuntamientos vascos y catalanes en los que el socialismo tiene poder decisorio. El surfeo político de Rodríguez Zapatero es de superficie, esquiva los túneles oceánicos y recela de los desplazamientos trasatlánticos. Incluso, más allá del Estrecho de Gibraltar, usa de la superficialidad sin atender a los peligros de la recámara berebere. El diputado Tardà, en nombre de ERC, define la visita de los Reyes a las plazas autónomas de Ceuta y Melilla: «Orgía nacionalista española». Por sus precedentes históricos, mucho sabe Tardà de lealtades y de Estado. En 1921, los partidos políticos Acció Catalana -una escisión fatídica de la Lliga camboniana- y Estat Català enviaban un telegrama a Adb El-Krim, quien encabezaba la revuelta contra España en el Rif: «Ante vuestra valiente resolución en defensa de la Patria marroquí amenazada por España, los hijos de Cataluña os envían un mensaje de simpatía. No es la primera vez que la tierra catalana demuestra su protesta por la invasión de Marruecos». Desde luego, tampoco ha sido la última porque para ERC la real visita a Ceuta y Melilla es un acto colonialista, otra agresión contra Marruecos.
El superficialismo histórico de Zapatero actúa con la misma indiferencia ante la contradicción en cuestión de banderas, respecto a sus alianzas parlamentarias o refiriéndose a Azaña. Zapatero presenta las Obras Completas de Azaña y afirma que la democracia actual es «la España que soñaba Azaña». En realidad, hoy sabemos que en el caso de Azaña lo más acertado fueron las pesadillas y no los sueños. Defiende el estatuto de autonomía catalán como una pieza clave del nuevo orden republicano y tiene el apoyo de ERC, según una formulación poco transparente de los pactos de San Sebastián. Las discrepancias entre Azaña y Ortega en aquel debate parlamentario siguen vigentes hoy. Muchas serán las quejas de Don Manuel Azaña contra el nacionalismo catalán cuando, como presidente de la República, se ve institucionalmente extraviado en una Barcelona de retaguardia en la que estalla una guerra civil en el seño de otra guerra civil. Negrín le dice que, si después de la guerra, se modifica la Constitución llegará en esa materia tan lejos como el que más; «y si el pueblo catalán quiere separarse pacíficamente, no se opondría». Azaña anota: «Ahí no llego yo», le digo.
Zapatero, al contrario, siempre parece dispuesto a llegar un poco más allá, en política territorial, en estrategia exterior, en laicismo o en lo que sea. Pero parte desde la superficie y llega a la superficie. Tiene algo de político unidimensional, por contraste con las introversiones políticas y humanas de alguien como Azaña. El sueño placentero de Rodríguez Zapatero parece estar en las antípodas de las pesadillas de Azaña cuando de una vez por todas comprende que no habrá paz ni piedad ni perdón. De algo se siente responsable. Algo le angustia. Percibe lo trágico. Su final es un insomnio sin nombre.
En este aspecto, Zapatero es un ser afortunado. Es el presidente de Gobierno de una España que ha superado algunas pesadillas, unos pocos atrasos. Tiene, eso sí, socios parlamentarios parecidos a los que padeció Azaña, ha instalado imprudentemente el banderín de enganche del laicismo, hurga de forma irreflexiva en lo que llama memoria histórica y pretende truncar el consenso de un sistema más o menos bipartidista. De los primeros tiempos de la Segunda República, es un comentario de Pla que viene al caso para las escenificaciones histéricas de Mohamed VI. Pla habla de las relaciones Francia-España y dice que el error consiste en creer que «Francia nos hará un trato especial porque hemos adoptado su forma de gobierno». Puesto que la política internacional sólo se mueve por intereses, lo único que les convenía a los demás países era la debilitación que hubiese causado el cambio de régimen en España. Esa es siempre la clave en las relaciones de vecindad. Eso sí que Manuel Azaña lo sabía. Celebremos y leamos ahora sus Obras Completas. Algo siempre se aprende, sea sueño o pesadilla.
vpuig@abc.es
http://www.abc.es/20071108/opinion-firmas/pesadilla-sueno-zapatero_200711080301.html
jueves, noviembre 08, 2007
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