sabado 17 de noviembre de 2007
Escribir sin ilusión
Félix Arbolí
E SCRIBIR a gusto de todo es tan difícil, como acertar un pleno en las quinielas y más aún si en sus columnas va el partido del siempre sorprendente y muy querido Atlético de Madrid. Con mayor motivo si se escribe en estas páginas donde los lectores parecen no interesarse si el artículo no lleva dinamita en su contenido. Cuando inicié mis colaboraciones en “vistazo”, me sentí enormemente ilusionado y me consideré una persona afortunada al poder exponer mis ideas y sentimientos ante los lectores. Recordé tiempos pasados de sugestivas aventuras y exclusivas, con las resonancias de un nombre que a pesar de ser el mío, tenía ya algo olvidado y a sentirme querido y leído que para un periodista de vocación y pasión es el premio más plausible y perseguido. Jamás podré olvidar los momentos tan gozosos de ver que mis escritos calaban y gustaban al lector, con esa vanidad que todos tenemos aunque no todos seamos capaces de reconocerlo. Imbécil y yo añadiría cretino, es el hombre que vive encerrado en su concha y no le agrada el cariño y la admiración que genera en su entorno. Yo no me siento identificado para nada con esa “rara especie”. Soy fiel a mis creencias religiosas, mamadas desde la infancia, gracias a Dios, y consecuente y coherente con las convicciones políticas que el ambiente familiar y las circunstancias de la vida que tuve que padecer, me han hecho aceptar libremente. Pero junto a estas posturas firmes en mis sentimientos e inasequibles al desaliento (frase que me agrada sobremanera y que ya saben que no es mía), tengo la norma de respetar y escuchar al contrario, siempre que el tono de su voz y la mesura de su exposición sean dignos de mi atención y comprensión. No soy ni socialista, ni comunista como es bien conocido por mis artículos, que vienen a ser mi forma de pensar y respirar, pero tampoco soy el fanático meapilas y “patriota” que se cree único poseedor de la verdad y no admite voces discordantes a sus soflamas, aunque vengan en forma de susurros. La intolerancia y el rencor no encuentran eco en mi vocabulario, ni hallarán espacio en mis escritos. Esta es la causa de que me haya convertido en un articulista insulso y falto de interés para los lectores y la razón de que haya acortado mis intervenciones en estas páginas, donde a veces creo que no encajo. Huyo del fanatismo intolerante y exacerbado de encontradas tendencias como el gato del agua o el perro cuando le atan al rabo una lata vieja o cualquier otro objeto que arme ruido al correr el animal Me considero de derecha, si ello significa sentir y respetar mi religión, sin menospreciar a las otras creencias, querer con locura a una España fuerte e indivisible y emocionarme ante el himno o la Bandera de mi patria esté donde esté y sea por lo que sea y ser respetuoso y consecuente con símbolos e instituciones, infravaloradas en la actualidad, que dieron sentido y dignidad a mi vida familiar y social. Ahora bien, no me siento identificado, ni menos compenetrado con esa derecha ciega y trasnochada que va bramando y atropellando a todo cuanto se le cruza en su camino. Esa, a mi entender, no es forma de hacer patria, ni servirla como se merece. Hay que vencer y convencer al adversario con un comportamiento digno y ejemplar, una manera civilizada de exponer nuestras ideas y contrarrestar las del contrario y un ejercicio limpio y transparente del poder por parte de nuestros políticos, para que a la hora de elegir democráticamente lo mejor para España, se sepa por parte de todos donde se hallan las papeletas adecuadas. Para mi, tan deplorable e insultante es la ocultación de la verdad y los logros de nuestros políticos que el adversario quiere ocultar y tergiversar para que no se sepa, como nuestros intentos en silenciar y distorsionar los de ellos. Perdónenme la forma tan dura y descarada de expresar mi opinión, pero ya estoy un poco cansado de soportar tanta indiferencia porque mis ideas y razones no son coincidentes con las del lector. A mi parecer, esto supone poner una especie de mordaza a los que no son de nuestra misma opinión y tal proceder en una democracia es intolerable. No estamos tampoco bien considerados los que llamamos a cada cosa por su nombre y relatamos el hecho, la noticia o el comentario sin concesiones a la diestra o la siniestra. Poniendo a cada “i” su correspondiente punto. Aunque soy consciente que con ello me gano el silencio y la indiferencia del lector, al que siempre y en todo momento, jamás he querido faltarle al respeto y la consideración. Creo que este artículo no va a ser de interés, ni recibido con agrado por los que no se encuentran a gusto si no es “chinchando” sin tregua al adversario. Comprendo y me hago cargo de que España no va nada bien. No es de sabio, ni perspicaz, reconocerlo. También me disgusta y contraría en grado sumo que nuestros gobernantes estén haciendo muy mal su papel y la misión para la que el pueblo, (unos por convicción y otros por la extraña circunstancia de los móviles y el atentado), les votó y concedió el poder de gobernar. No me agrada para nada el rifirrafe que tienen armado de continuo Pepiño Blanco, con sus facciones y ademanes de búho nocturno y depredador, Teresa Fernández de la Vega, mi exaltada y sentenciosa “mantis religiosa” y otros ejemplares de esa fauna variopinta, sin excluir al “sonrisita” de Zapatero por parte socialista, ni las intervenciones destempladas y lacerantes de un Llamazares que opina y desautoriza a unos y otros como si tuviera el voto de media España y no el residuo de unos nostálgicos, junto a los desagradables y nada atractivos Acebes y Zaplana, el niño malo y el hombre mustio que no son precisamente lo más parecido a unos ídolos de multitudes, junto al cambiante Rajoy, que unas veces atina y otras desatina según le indiquen o impulsen extraños impulsos y consejos, pero que aún no ha llegado a alcanzar carisma y categoría de político ganador y convincente. Sin olvidar por supuesto a Anasagasti, estómago y amigo poco agradecidos, al zorro Ibarreche con sus jugadas y componendas medrando y consiguiendo todo cuanto desea, al cordobés Montilla que sin la altura y la filosofía de su paisano Séneca, quiere convertirse en un catalán de rompe y rasga, con más raigambre que el propio Maragall y al populachero José Luis Pérez Díaz, turolense e hijo de guardia civil que por medrar en la política e imponer sus tozudos criterios, reniega de su patria, su religión, su nombre y su bandera y se convierte en un extraño Carod Rovira que nadie sabe de qué grado generacional proceden tales apellidos. Estos son hoy por hoy, los que rigen, intentan, hacen y deshacen en nuestra política presente y futura, porque la pasada ya lo destrozaron entre unos y otros. ¿Creen de verdad que alguno de ellos merecen nuestra confianza y voto?. ¿De verdad piensan que debemos sacar nuestras plumas a guisa de espadas para deshacer entuertos y abatir molinos con tales ejemplares en la actualidad política nacional?. Permítanme que haga un mutis solemne y doliente ante tanta desgracia acumulada. España no se lo merece, ni nosotros tampoco. No deben esforzarse en pintar con tintes optimistas y gloriosos ese remedo derechista que nos ha tocado padecer en este tiempo de añoranzas, incertidumbres y pesares. Ni tampoco sufrir y bramar contra los desmanes de una izquierda a la que por cobardía, indecisión y confianza desmesurada, dejamos el camino libre para volver a la España de los años treinta con toda su secuela de retorcidas y parciales memorias, indiscriminadas e injustificadas indemnizaciones, que ellos no concedieron en su época de poder y la lenta y continua desaparición de todo signo y vestigio religioso, de ideal patrio y del respeto y la consideración a valores y modelos que creíamos inmutables y dignos de conservarse. El que quiera ver que mire, el que quiera oír que escuche y el que quiera saber como pienso que me lea
http://www.vistazoalaprensa.com/contraportada.asp?Id=1477
sábado, noviembre 17, 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario