miercoles 14 de noviembre de 2007
Cara y cruz de la moneda
Félix Arbolí
L A xenofobia en nuestro país se está convirtiendo en un asunto de obligada consideración y profundo examen. Antes de la invasión masiva que soportamos, no comprendíamos y mucho menos justificábamos el rechazo étnico que sufrían algunos países, donde el hombre de color estaba considerado como de menor categoría, casi como una especie a extinguir. Hasta el cine, con esa cruda sinceridad con la que Hollywood trata el modelo de vida americano, nos servía en “pantalla” argumentos, escenas, diálogos y modos de proceder que nos parecían denigrantes y escandalosos a nuestra inédita manera de pensar sobre el tema. No podíamos concebir esa despiadada y cruel cacería a la que se sometía al ciudadano en razón a su color, procedencia y otras diferencias. Hasta los mal llamados indios, por el terco despiste colombino y despectivamente “pieles rojas” por los violentos invasores de sus tierras, eran siempre los malos y torturadores de las llamadas películas del Oeste, cuando esos “diablos rojos” eran realmente las victimas y auténticos aborígenes de ese extenso y nuevo país. Recuerdo los aplausos de los espectadores, yo entre ellos, cuando la llegada del Séptimo de Caballería llegaba a todo galope, sonando sus cornetas y disparando a diestro y siniestro para eliminar a esos “demonios emplumados” que intentaban descabellar a los “rostros pálidos” que cruzaban y se establecían en sus tierras. Todo el que fuera de distinto color al poderoso y perfecto hombre blanco, no merecía ser tenido en cuenta. Su vida debía ser un servicio permanente a la supremacía de la raza blanca que, por lo visto, era la escogida de Dios. Viviendo en San Fernando, en aquellos inolvidables años de mi infancia, recuerdo que residía en la ciudad un joven negro, procedente de la entonces Guinea Española, al que considerábamos como algo especial. Una especie de “pieza de coleccionista” ( y perdonen la expresión), a la que se debe mimar y cuidar. Era un orgullo frente a las demás localidades que no lo tenían, ni habían tenido la oportunidad de conocerlo y tratarlo personalmente. Nadie le hacía de menos, todo lo contrario, trataban de fraternizar con él al considerarlo un ser distinto a los demás. Era una especie de “chico de todos”. También recuerdo y con enorme agrado, a dos guineanos que coincidieron conmigo en el entonces ministerio de Marina, antes de esta complicada y embarullada reunificación de cuerpos y armas, con los que me unía una buena amistad. Eran de Infantería de Marina, uno Oficial y otro Suboficial. Jamás presencié, ni advertí la menor discriminación de jefes, compañeros y subordinados hacia estos dos militares españoles, pues se quedaron con nuestra nacionalidad tras la independencia de su país. A uno de ellos aún me lo encuentro a veces, ya que vive y se ha establecido en mi barrio. Cada vez que nos vemos nos detenemos a conversar y hasta tengo el privilegio de conocer a su guapa y simpática mujer, de idéntica procedencia. Nunca color, procedencia y religión ha sido causa de modificar mi conducta, aprecio y consideración hacia ninguna persona. Siempre me ha gustado juzgar al prójimo por sus actos y no por detalles que solo son debidos al azar y por circunstancias que nada tienen por que alterar su modo de comportarse. Tengo grandes amigos gitanos, de los que he comentado y bien en algunos de mis artículos, que me han dado una clara lección y ejemplo de amistad y honestidad, que no he podido encontrar en muchos “payos”. Aun recuerdo a mi desparecido amigo Antonio el relojero, patriarca de una familia que honra a su raza y enorgullece a los que nos consideramos sus amigos. Era increíble y admirable el profundo amor a Dios que sentía este hombre e inculcó a su numerosa familia. Yo me he sentido indigno al compararme con él, mientras le oía hablar con un enorme fervor, una inusitada valentía y una consolidada fe y entusiasmo de sus creencias en Jesús, Algo que muchos “payos” que presumimos de cristianos, no nos atrevemos a expresar por el miedo al qué dirán y el que nos tachen de meapilas. Me figuro que ya estará gozando de su Jesús al que tanto quiso y del que tanto habló. Se lo merece. En esto de la xenofobia influyen muchas circunstancias y no ha de ser motivada de una manera genérica por el color de la piel. En un país la convivencia entre los ciudadanos e inmigrantes no está marcada por sus colores y procedencias, sino por su manera de comportarse e integrarse en la vida y costumbres del país que los ha acogido. El hecho de ser blanco, negro, amarillo, aceitunado o marrón, nada influye. Pero si la circunstancia de que al ser razas muy prolíficas y tener una mentalidad especial para cargarse de hijos, como los patios andaluces de macetas, entrañan el peligro para los países anfitriones de que lleguen a ser superados y absorbidos por los foráneos, como ya ha ocurrido en varias ocasiones, entre ellas en Kosovo, provincia servia que ahora pretenden desglosar los albaneses que en ella encontraron protección y mejores oportunidades. Aunque, desgraciadamente se ha podido comprobar que el sistema de echar del nido a sus inquilinos para establecerse él, como en la vida del cuco, es una constante en la Historia. En América, Europa, Asia, Australia, Israel y otros muchos lugares lo sufrieron antes y después sus naturales. Por ello no debemos despreocuparnos de este problema en la actualidad, para caer en tan lamentable error, conociendo sus nefastas consecuencias. Opino y creo que no estaré solo en esta manera de pensar que personas de distintas procedencias pueden vivir juntas y sin problemas, aunque sean evidentes sus diferencias culturales, sociales y religiosas, siempre que los llegados no intenten imponer sus creencias, maneras de vivir y diferentes costumbres al resto de la colectividad. Menos aún, intentar cercenar la integridad de una nación que les abrió sus puertas y los acogió cuando se hallaban desahuciados. La gratitud y el reconocimiento deben ser lo mínimo que estos individuos han de demostrar. El respeto mutuo es un arma muy poderosa para evitar suspicacias y enfrentamientos. Días pasados en un autobús de la línea 35, en dirección a la Plaza Mayor, fui testigo de un suceso que me alteró bastante. En un momento dado, iba bastante lleno, un hombre cincuentón se enfrentó verbal y violentamente contra un señor bastante mayor, de aspecto extranjero y algo agitanado, posiblemente rumano, que utilizaba un bastón, no se si por necesitarlo o por camuflar sus posibles y nada gratas intenciones. Sus gritos e improperios obedecían al parecer, yo no vi nada, a que el anciano le había sustraído del bolsillo sesenta euros. No se lo que hubo de verdad o de casualidad, pero tras el consiguiente alboroto del público, las amenazas del “expoliado” y las protestas de inocencia del supuesto “caco”, los sesenta euros aparecieron tirados en el suelo. Todo daba a entender, según el criterio de la mayoría, que el viejo viéndose sorprendido había arrojado los billetes al suelo, para evitar inoportunos registros y desagradables consecuencias. Bueno, pues ese incidente fue pretexto para que algunos viajeros, los más exaltados, se lanzaran a una algarada general contra los inmigrantes, protestando airados de la ruina que nos estaban causando y de las escaladas de robos, atracos y violencias que por culpa de ellos estábamos padeciendo. Había una mora en el autobús y no pudo evitar que algunas miradas se dirigieran a ella y una voz anónima la llamara “mora de mierda”. La injustamente aludida fue inteligente y precavida y se dedicó a la contemplación del paisaje, sin demostrarles ninguna atención. Me sentí incómodo al no tener clara la postura a adoptar ante los hechos. Días pasados también, en pleno General Ricardos, mi calle, iba con mi mujer a realizar unas compras y al pasar ante nosotros una mujer mora, con pañuelo y chilaba incluidos, se queda mirando con ojos de desprecio, a mi mujer que iba fumando (es un vicio que no logro quitarle), y le dice descaradamente y sin venir a cuento: “!Qué asco. Eres una guarra con ese cigarro!”. Nos quedamos tan sorprendidos que no pudimos reaccionar a tiempo. Fue Maribel la que le contestó “!Pues si te da asco, vete a tu país. La guarra serás tu!”. La mora volvió a insistir en su ataque: “!Racista!”. Mi mujer, no volvió a la carga. Yo, si no me coge por sorpresa, hubiera sido menos comedido. ¿Creen ustedes que es manera de comportarse en un país extraño?. Que en sus países se metan con nuestras mujeres y les obliguen a usar velos y todas esas zarandajas, está mal, pero esas son sus costumbres y leyes y hay que acatarlas y si no, no viajar a ellos. Pero, que vengan al nuestro a ofendernos públicamente y decirnos lo que debemos hacer, me perece un tanto excesivo. La prensa nos cuenta que la “la banda del pegamento” ha vuelto a las calles, en especial, al barrio de Lavapiés, que se ha convertido en una zona extremadamente peligrosa. Esta pandilla de menores magrebíes tiene asustado a todo el vecindario. Tirones, atracos, empujones y caídas para hacerse con las pertenencias de sus víctimas y luego, con el producto, a esnifar pegamento a la vista de todos y en pleno día. ¡Ancha es Castilla y lerdas nuestras autoridades!. Dicen que la forman veinte individuos y tienen atemorizados a los comerciantes del Distrito, a los que chantajean y cobran impuestos. Como Alcapone en los años veinte. ¿Qué pasa con nuestros jueces, policías y autoridades, por ser menores pueden jodernos impunemente, habiendo una frontera donde largarlos de una puñetera vez?. “Te roban, te asustan, te arruinan el mes y si dices algo, te llaman racista”, se queja una vecina.”. Junto a esta noticia, cara o la cruz de la moneda, según se mire, la agresión a un colombiano de color por un grupo de “cabezas rapadas”, a los gritos de “!Viva España!”. Me parece un grito de lo más inoportuno para cometer tan ignominiosa y vergonzosa acción. Pero sin pretender justificarlo, pues no tiene justificación, este hecho obedece a la saturación de inmigrantes incontrolados que padecemos, unos porque son latinoamericanos, otros porque son los de las pateras que llegan a nuestras costas y la mayoría se queda entre nosotros y otros, muy peligrosos por cierto, por pertenecer sus países a la Comunidad Europea y no necesitar pasaportes. Italia y algunos países democráticos y comunitarios están seleccionando y expulsando a toda esa morralla que les viene de las naciones del Este, en orden a sus fechorías, falta de medios y trabajo comprobados para establecerse entre nosotros y sus delitos cometidos. Al menos saben valorar la eficacia y utilidad de su policía, algo que en nuestro país desconocemos. La cuestión es que dentro de poco vamos a ir como Diógenes a plena luz del día y por las calles, no buscando un hombre como el filósofo, sino a un español de origen, como los vinos, el jamón y los quesos.
http://www.vistazoalaprensa.com/contraportada.asp?Id=1470
martes, noviembre 13, 2007
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